“El compadre López”
Víctor Manuel López
Wario
Una mínima ventaja de este confinamiento es la
posesión absoluta del tiempo y, con ello, la posibilidad de aclarar todas las
dudas en la memoria colectiva de la biblioteca. Salvo temas considerados de
riesgo para la seguridad personal, uno obtiene en préstamo los textos deseados.
Fuera quedan los que tratan de posiciones, venenos, armas o artilugios para la
destrucción colectiva o personal —lo que reduce enormemente el acervo—. A más,
bajo el principio de inscripción, disponemos de quince minutos en el uso controlado
de la herramienta moderna del internet. Si bien, bajo circunstancias normales,
quince minutos son prácticamente nada, aquí uno espera tranquilamente el turno
correspondiente para consultar; porque el tiempo aquí, es todo.
Un
día entre muchos amanecí con el penoso complejo napoleónico. Hurgué
desesperadamente hasta saber de buena
tinta la estatura del Napoleón, de” le Petit Caporal” (el pequeño cabo), el
general Bonaparte. Supe que su altura era —según las variadas medidas tomadas
en vida— 1.68 o 1.69 o 1.70 metros. Él,
que apareciera generalmente entre la Guardia Imperial y junto a sus mariscales,
aparentaba menor estatura. Esa noche dormí apaciblemente ya que esforzadamente
erguido, llego al 1.70 metros.
El
horario estricto y disciplinadamente practicado día con día aporta poco a la
adormecida tensión personal matizada por la persistencia en la interrogante de
¿qué es éso lo colocado en el plato con membrete de alimento? o los murmullos
de los asilados durante la noche, el enojo de más de uno por el obligado baño
diario o la pérdida de un calcetín, la privada elección musical que no a todos
gusta…etcétera.
Un mal día, en este
mundo de seres subterráneos, esquivos, de los que raramente descubrimos en
nuestro entorno, supe de la visión y versión común —que no oficial— de: “Cuando el general
Miguel Miramón planeó romper el sitio, el fin se precipitó con la traición del
coronel Miguel López, quien, en la madrugada del 15 de mayo, entregó la vital
posición de la Cruz a los sitiadores, quedando la ciudad a merced de los
liberales.” Entonces, con todo y el
gerundio, el hecho de que algún antecesor —tío tras tatarabuelo quizá—
cometiera tal acto afrentoso me privó del descanso necesario en esta
continuidad ilimitada de los quebrantados por el déficit de atención.
En búsqueda de la
salvación familiar hurgué entre los pocos libros disponibles. Fue una labor
abrumadora pasar páginas y entender los diferentes testimonios vestidos con
tipografías diferentes y lenguajes antiguos o apropiados al momento del historiador.
Encontrar la vergüenza y rencores acumulados sobre alguien que ahora es sólo un
nombre, una mancha sobre un expediente. Páginas para el deshonor y la frase
supuestamente expresada por la esposa “del propio López la cual —según el Barón Magnus—, cuando
el coronel regresó a su casa en Puebla clamara: “¡Ay, Miguel!, ¿qué le
hiciste a nuestro compadre? ¡Si no lo traes aquí a salvo, no te volveré a
hablar nunca!”.
Con respecto al
fusilamiento al Emperador Maximiliano y con él, a los generales Tomás Mejía y
Miguel Miramón (a las 7:15 de la mañana del 19 de junio de 1867 los tres al
mismo tiempo que contradice las versiones de un fusilamiento individualizado de
derecha a izquierda—Maximiliano, Miramón, Mejía—), una amplia bibliografía
dictamina que el asunto no fue de importancia exclusivamente local, el pintor Édouard
Manet realizó una gran pintura al óleo denominada “El fusilamiento de
Maximiliano” conocida en su momento en su
Francia natal.
Al principio
aquello resultó un caos mayor: nombres y uniformes, galas y explosiones,
muertos apilados, números de bajas de un lado negadas por el otro con
afirmación contraria, hoy triunfan aquellos, mañana apabullan al enemigo.
Pausadamente encontré “el
perfil”. En lo general, “los buenos” aparecían en conjunto y de entre hojas y
hojas —que en incontables ocasiones me lastimaran los dedos—, encontraba
aislado el nombre maldecido del coronel. Parecía que aquel infausto personaje
viviera separado de los demás contemporáneos. ¿Cómo era posible que alguien con
mérito menor y desconectado del gran reparto heroico fuera, al final, el
catalizador de la tragedia? “Es difícil explicar cómo, conociendo estos antecedentes, Maximiliano
accedió a llevar a la pila del bautismo a un hijo de Miguel López. Aunque por
otra parte, es fácil explicarse la traición del coronel: traidor una vez,
traidor siempre. Pero... ¿de verdad López fue un traidor? Hay traiciones, en la
historia, que siempre han aparecido bastante claras, por así decirlo. Pero de
otros sucesos no se sabrá nunca si fueron eso, traiciones, o no lo fueron. Por
ejemplo, a nadie, en Querétaro, le quedaba duda de que Márquez había
traicionado a Maximiliano porque no regresó a esa ciudad como había prometido.
Sin embargo, algunos historiadores dicen que Leonardo Márquez, a quien lo
maldito no le quitó nunca lo buen militar, calculó que si Porfirio Díaz tomaba
Puebla, el general republicano quedaría en libertad de avanzar sobre la capital
y evitar así que Querétaro recibiera auxilios. La decisión de Márquez de atacar a las tropas de Díaz, dicen esos
historiadores, fue la correcta. La derrota que en San Lorenzo le infligió el
general oaxaqueño al ‘Tigre de Tacubaya’ le impidió a éste marchar más tarde a
Querétaro: no hubo, pues, traición alguna.” En
las historias, él —el coronel Miguel López— quedaba relegado en el reparto para
no contaminar la referencia de otros seres mejores y sin imperfección.
En su tesis
“Análisis de la narrativa testimonial sobre el sitio de Querétaro” (UAM, 2011), Juan Alfonso Milán López, inserta
escuetamente en la cronología de hechos: “Mayo 14-15. El coronel Miguel López se
entrevistó con Mariano Escobedo para negociar la entrega de la plaza.”
Y más adelante (en
las páginas 70 y 71): “Si por un lado Albert Hans reconoció siempre las virtudes de los
oficiales republicanos, por otro calificó severamente (a) sus adversarios de
línea, a quienes tildó en varios momentos como ‘insurrectos’, ‘traidores’ o
‘disidentes. En lo tocante a personajes importantes en la historia del sitio,
Hans sostuvo una marcada animadversión hacia el doctor Vicente Licea y su
compañero de armas, el coronel imperialista Miguel López. Por ambos expresó
menosprecio, y les atribuyó los vicios de la injusticia y cobardía. Contra el
primero, por haberle confesado a las autoridades republicanas que en su casa se
encontraba Miramón, herido de una bala. Respecto a López, señaló que el origen
de su vicio se relacionaba con el inminente peligro que corría su vida al
momento que cayera la plaza. ‘Muchos buscan la salvación, [...] sacrificando,
si necesario es, a sus compañeros y a sus jefes’. Hans argumentó que era
natural que ante una situación tan desesperada como se encontraba el Emperador,
existiera un traidor, y el coronel Miguel López fue una traidor ‘universalmente
conocido’, cuya ingratitud e infamia, no alcanzaba a manchar a aquellos que
pelearon con honor durante la guerra. Hans acusó a Miguel López de actuar con
alevosía y ventaja ya que había entrado en relación con el enemigo mucho antes
de la caída de Querétaro, el 15 de mayo había conducido hasta el interior de la
Cruz al general republicano Francisco Vélez. Alegó que procedió como lo hizo
por venganza, al no poder obtener el grado superior al que siempre había
aspirado. ‘Su espíritu limitado, su corazón sin nobleza no le permitieron contemplar
a sangre fría una muerte próxima y sacrificarse como lo hicieron Miramón, Mejía
y Méndez’. .. Además de traicionero, había actuado con interés y avaricia, pues
la entrega del Emperador le había significado obtener una retribución
económica.”
En la página 263 de “Maximiliano y
Carlota”, Egon Caesar Conte Corti asienta:
“Entre los oficiales subalternos que Maximiliano trajo consigo, sobresale el
coronel López, un oficial de aire completamente europeo, de bien torneada
figura, facciones agradablemente dibujadas y refinadas maneras, impecable y
elegante en su cabalgar. Pertenece al cuartel militar de Maximiliano desde
1864; a la llegada del Emperador… supo en seguida captarse la gracia de éste,
aunque no la de sus compañeros, de los cuales no era muy querido.” Amplía en las páginas 271 a 274: “Entre
tanto, el coronel López ha substituido al Príncipe Salm- Salm como consejero.
El nuevo privado sabe despertar en el Emperador la confianza que una
inteligencia con los republicanos y con Juárez es algo que podría aún
obtenerse. López distingue claramente que las cosas no pueden continuar ni un
momento más en aquella forma. Y tiene a todos, y por lo tanto a él también, por
perdidos, si en los últimos instantes no logra hallarse una solución pacífica.
“Según parece,
había recibido algunas indicaciones del campo republicano. Los generales
conservadores contemplan con desconfianza la creciente intimidad de Maximiliano
con López, y especialmente el plan que parece tener el Emperador de entregarle
el mando superior del ejército. Nunca les ha sido simpático aquel hombre y
temen que les traicione para salvar al Emperador y salvarse él mismo. Se
dirigen, pues, a Maximiliano y le hacen presente, que en cierta ocasión, en el
año 1847, fue expulsado López del Ejército por desobediencia, y que es una
personalidad tenida por turbia y sospechosa. Si López pensara al principio
obtener el perdón para todos, y vino a topar con una rotunda negativa a sus
pretensiones, ahora, luego de lo acaecido, no se cree obligado a guardar consideración
alguna a los demás. Sólo pretende ya salvar su persona y la de Maximiliano, que
fue su bienhechor en todo momento.
“Los
generales convencen al Emperador de que intente otra salida, y escogen para
ello el día 10 de mayo. Pero López hace presente al Monarca la inminencia de un
acuerdo, el Emperador decide diferir el ataque y fija para el 14 el Consejo
militar que ha de resolver en última instancia. El 13 por la tarde se dirige
López, a espaldas de Maximiliano, al campo enemigo y comienza allí unas negociaciones.
Un día después, el Consejo militar de Querétaro señala que el ataque ha de
comenzar a medianoche entre el 14 y el 15. Se han llevado ya a cabo todos los
preparativos. Hacia las once de la noche se presenta López al Emperador y
permanece largo rato con él en animada conversación. Maximiliano concede al
coronel una medalla del valor y le ruega una bala liberadora para él en caso de
que no logre escapar del cautiverio. López le expone que existen todas las
probabilidades de obtener un acuerdo moderado que ponga a salvo el honor tanto
del Emperador y de su ejército, como de la ciudad y sus habitantes. En general
es un cuadro optimista en exceso; pero López ha de presentarlo así a los ojos
del Emperador, para decidirle a que aplace para la noche siguiente el
proyectado ataque.
“Poco
después de su entrevista con el Emperador, dirigióse López secretamente al
campamento de Escobedo. Fue acogido como el día anterior y conducido a
presencia del Comandante general. Éste, ya en la primera entrevista, pudo ver
corroborada por las palabras de López la desesperada situación de los
imperiales, que conocía sobradamente por las manifestaciones de los fugitivos.
Y de estos datos dedujo, naturalmente, la actitud a tomar. Implacable, exige
una rendición sin condiciones y aun amenaza al propio López, si no se pone
inmediatamente al lado de los republicanos y les entrega el convento de la
Cruz, cuya guarnición manda. Pera el caso de que López acceda a tales
pretensiones, le prometen seguridad y libertad para él y facilidades al
Emperador para ponerse a salvo. Escobedo considera que si Maximiliano cae en
manos de Juárez no significaría para éste más que una perplejidad y cree que el
Presidente le quedaría agradecido si dejaba escapar bajo mano al Emperador.
López acepta en principio la propuesta. En favor de los generales conservadores
que le calumniaron y desacreditaron no está dispuesto a dar un solo paso.
Escobedo le deja comprender que ha de encargarse de apartar al Emperador
oportunamente, al cual no se pondría ningún obstáculo para dirigirse donde le
pluguiese, aunque no podía prometer nada en concreto. Bien entendido de que
López entregaría a los republicanos cuanto estuviese en su mano.
“El coronel
acepta el pacto y se dirige al convento de la Cruz, donde tenía su Cuartel
general, para comenzar los preparativos relativos al caso. Da la orden de que
sean retiradas las guardias y los cañones en las encrucijadas y caminos.
Mientras, Escobedo dispone se prepare con gran sigilo la ocupación del convento
de la Cruz y de la ciudad a las dos de la madrugada. En el intervalo regresa
López al Cuartel general de Escobedo para ponerse, con los jefes republicanos,
a la cabeza de las columnas de avance.
“Cuando
alcanzan las líneas imperiales, López se da a conocer a los guardias que
quedaban aún; éstos rinden las armas y son detenidos inmediatamente. Todos los
destacamentos de vigilancia fueron sorprendidos de tal manera, en forma que los
juaristas ocuparon el Cuartel general de los imperiales sin disparar un solo
tiro.
“Entre
tanto, el Emperador, que después de la entrevista con López no se acuesta hasta
la una de la madrugada, de puro excitado no puede en manera alguna conciliar el
sueño. A las dos y media se ve atacado de una tan fuerte descomposición de
vientre que es preciso despertar al doctor Basch para que le atienda. El médico
permanece con el Emperador cerca de una hora, hasta que éste cae en un breve
sopor.
“Ya en
esto, a las cuatro y media de la madrugada, después de haber dado entrada a las
tropas enemigas en el Cuartel general del Emperador, irrumpe López en el
dormitorio del Príncipe de Salm- Salm y le grita con voz alterada y rostro
descompuesto: ‘Aprisa, salvad al Emperador, el enemigo ocupa el convento de la
Cruz’. Y sin más cierra la puerta de golpe y huye. El secretario privado del
Emperador, Blasio, recibe un aviso igual de uno de los conjurados de López. Al
punto acude a donde está Maximiliano y le expone la situación. Aplanado y pálido
por la mala noche, pero relativamente sereno, se levanta el Emperador, se viste
y se ciñe la espada. Mientras Maximiliano baja la escalera, se le acerca el
Príncipe Salm-Salm y agarrándole con
fuerza, en su excitación, el brazo izquierdo, le dice: ‘¡Majestad, hemos
llegado al instante decisivo: el enemigo está aquí!’
“Cuando el
Emperador, con sus cuatro acompañantes, traspone el portal de la casa, de
pronto, unos soldados juaristas le cierran el camino. Aparecen entonces López y
un general liberal, y señalando a los hombres que salían de la casa dicen: ‘Son
simples ciudadanos y pueden pasar’.
“Así se
cumple la promesa dada a López de facilitar la fuga al Emperador. Pero las
ideas de Maximiliano no van en sentido de su propia seguridad, sino antes en la
del destino que aguarda a sus generales Miramón y Mejía, a quienes manda buscar
al punto para comunicarles que él se dirige al Cerro de la(s) Campana(s), que
acudan allí sin pérdida de tiempo con las más fuerzas que puedan. Con ello no
había contado López. Maximiliano rehúsa también el ofrecimiento de procurarle
un escondrijo seguro. En el momento del peligro no quiere esconderse.”
Adelante, en la
página 293: “En
Inglaterra, corre de boca en boca el juego de palabras de que el archduke (el
archiduque) había sido el archdupe (el gran engañado) de Napoleón. El Emperador
(Napoleón III) ha de contar con un resultado político muy grave, el
apartamiento de Austria en unos momentos en que Francia se ve amenazada por
Prusia.”
Y éste posible
antepasado aparece incluso en el descrédito a Carlota bajo la infamia de frágil
en asuntos del sexo: “…Carlota cede muy poquito ante Eros, tal vez en el primer encuentro
con Maximiliano y en el principio de su matrimonio, pero no pierde el dominio y
no se habrá de rendir a la invitación del sexo, por ello es que pienso además,
que no se puede sostener el argumento de que tuvo unos affaires amorosos con
algunos personajes como el teniente coronel Van der Smissen, el capitán francés
Charles Loysel, su compadre Miguel López de quien se dice traicionó a
Maximiliano en el sitio de Querétaro, su caballerizo (de quien se dice, pudo
estar embarazada), o el coronel Feliciano Rodríguez. Es evidente a través de la
correspondencia de Carlota y del análisis histórico de sus intervenciones en el
Imperio y aun antes de su llegada a México, que el interés de Carlota esta
puesto en el ejercicio del poder. Hay un planteamiento de Quignard, que me
parece muy acorde al lugar en el que está situada Carlota y es cuando señala,
cómo es que el poder no puede estar ligado al amor, sólo puede estar ligado al
deseo, así él se pregunta: “¿Cómo podría la dominación ser dependiente de la
dependencia?”
A falta de más
libros, por cerca de un mes esperé la aprobación para otros quince minutos de
internet. Las festividades exigían y los habitantes del reducido mundo
compartido reaccionaban a la obligada convivencia a distancia.
En ese lapso
paseaba por los pasillos y el jardincito al rítmico repiquetear de los
improperios machacones de don Martin De Las Torres al reproducir íntegramente
la carta del príncipe de Salm-Salm: “Por si al lector le quedase la curiosidad de
saber lo que se hizo el tristemente célebre jefe que vendió la guarnición de
Querétaro, diremos algo que llene este vacío aun que nos cause cierta
repugnancia ocuparnos de un hombre que faltó a lo más sagrado que hay en el
mundo.
“El traidor
López fue despreciado hasta por los mismos republicanos, siendo tan grande el
sentimiento de repulsión que a todos inspiraba, que poco después de la entrada
de Juárez en Méjico se dijo que el antiguo jefe de la escolta del Emperador
había sido asesinado en una fonda por un ciudadano mejicano.
“La noticia
no resultó exacta; pero acusado sin duda López por los remordimientos que
continuamente deben atormentarle, publicó un manifiesto tratando de disculparse
por su feo delito, á el cual contestó el príncipe de Salm-Salm en estos
términos:
“Sr. López.
“En el
manifiesto que habéis dirigido a vuestros compatriotas, a la Francia y al
mundo, apeláis a mi testimonio en apoyo de que Querétaro no cayó por traición,
y aunque por hallarme preso hace cinco meses no he tenido conocimiento de
vuestro audaz llamamiento, ahora que me es conocido me cumple declarar que
vuestros asertos son en todo y por todo mentirosos.
“A mi vez,
apelo a la respuesta que os ha sido dirigida por mis compañeros de cautividad
en Morelia, titulada: ‘Refutación del folleto de Miguel López sobre la toma de
Querétaro’ y declaro que cuanto en dicha refutación se contiene es conforme a
la verdad y expresa mi propia opinión sobre el asunto. Os atrevéis a decir a la
faz del mundo que Querétaro fue tomado á viva fuerza; que el Emperador os mandó
en aquella fatal noche que trataseis con el enemigo; que el ejército estaba
desmoralizado; que no era posible salir de la plaza, y que retáis a que se os
pruebe que hubo traición por parle vuestra.
“Declaro
pues a la faz del universo que Querétaro cayó por traición y que esta fue obra
vuestra exclusivamente; que fuiste traidor a ciencia cierta y que vuestras
manos se hallan tintas con la sangre del que fue vuestro soberano y vuestro
bienhechor.
“Es falso
que el Emperador os encargase de tratar con el enemigo.”
Aquí sigue un
enlistado iniciado con el “¿cómo?” repetido insaciablemente en la Historia del
Segundo Imperio en México para cerrar:
“Retáis a
que os hagan cara los que os acusan de traidor. —Yo acepto el reto y os
denuncio como a tal. — Confío que el gobierno no se opondrá a lo que deba
seguirse. Dentro de pocos días salgo, con varios de mis compañeros de
cautiverio, para Oaxaca. — Allí me encontraréis pronto a responderos con las
armas en la mano de cuanto acabo de decir. — Os declaro al mismo tiempo, que
declino sostener con vos más contiendas por escrito.
“Félix,
príncipe de Salm-Salm, prisión de los Capuchinos.
“Querétaro
22 de octubre de 1867.
“Después de
lo que afirma el ayudante de Maximiliano, no debe quedar la más mínima duda
sobre la perversa conducta observada por López. Este desdichado ha sido
exonerado de la cruz de la Legión de honor que ostentaba en su pecho, y por
doquiera que se le ve se oye exclamar: ‘Ahí va el traidor que además de vender
a sus compañeros de armas, faltó a la confianza y la gratitud que debía a su
soberano’.”
En su aporte a la
tragedia en Querétaro, Martin De Las
Torres remata a renglón seguido en su aporte histórico con esta frase
desconcertante:
“Miguel
López es hijo de Méjico.”
Un contribución más
al cargo de traición: “…Pero el coronel Miguel López, en quien confiaba el Emperador (que
era padrino de uno de sus hijos), traicionó a las fuerzas imperiales. Los republicanos entraron a
Querétaro y el 15 de mayo de 1867 Maximiliano y su séquito se rindieron.”
Abajo, en la nota
del editor queda: “Miguel López (1825-1891), militar nacido en la ciudad de Puebla. Fue
jefe de escolta de Maximiliano y Carlota.”
En “Juárez y Maximiliano” de Enrique Krause yace escuetamente la
acusación: “La defección de un coronel López, a quien había hecho su
compadre, precipita su captura.”
Y don José C.
Valdés va más allá, contradice la descripción que del coronel Miguel López deja
Egon Caesar Conte Conti y desacredita al mismo general Escobedo: “Aseguró don
Mariano (Escobedo), luego de hacer algunos ridículos políticos en la posguerra,
que el coronel Miguel López, comandante de un regimiento imperial había llevado
cerca de él la misión del emperador a fin de tratar la entrega de la plaza; y
para justificar el hecho, López exhibió un documento supuestamente escrito y
firmado por Maximiliano, que ha quedado como documento falso, presentado no
para servir a la historia, sino a la política nacional.
“López no era individuo con
alcances ni figura para hablar en representación del emperador ni éste, educado
en la escuela del Alto Honor, y poseedor de incuestionable majestad, que sólo
el partidismo vulgar le pudo restar, capaz de entregar su dignidad a un coronel
que no veía más allá que un sargento…”
Eduardo Philibert
Mendoza a más de narrar el estado físico del Emperador y las circunstancias
durante la noche del 14 de mayo, afirma los hechos acaecidos por la traición e
inclusive asienta el monto y el cómo de la muerte vergonzante del traidor: “…. Por una
traición cayeron prisioneros un emperador, once generales, seiscientos
oficiales y siete mil soldados, dando término al sitio más prolongado de la
historia de México…
“El
traidor, coronel Miguel López, recibió un pase que le garantizó absoluta libertad
de movimiento. Abandonado y desprestigiado aún por su familia, López vivió
algunos años en la ciudad de México, donde fue mordido por un perro rabioso que
le causó la muerte”. Versión grosera y
tremendamente diferente a la de don Martin De Las Torres.
De la Carta del
general de división en retiro, Mariano Escobedo al Presidente de la República
(Porfirio Díaz Mori), con fecha del 8 de julio de
1887, selecciono con gran dificultad —dada la importancia de cada uno de los
conceptos— únicamente los siguientes pasajes:
“Los
acontecimientos pasados hace 20 años en Querétaro, ha venido a removerlos en la
actualidad la aparición de un folleto escrito en francés y publicado en Roma
por el señor Víctor Darán y cuya publicación tiene por título ‘El general
Miguel Miramón.’
“Estando la
narración… escrita bajo un color enteramente inexacto… y que se relaciona con
la supuesta traición de López… a su soberano y vendiendo a peso de oro su
consigna, la plaza cayera en poder del ejército mexicano…
“La cuestión se reducía únicamente a dos
personalidades: la mía… y la del coronel imperialista Miguel López,
intermediario, en efecto, entre el archiduque y yo…
“… hoy, que
uno de mis compañeros de armas asienta hechos que en su calidad de jefe
subalterno no le era posible conocer…
“El coronel
imperialista Miguel López, aunque infidente para con la patria, ni traicionó al
archiduque Maximiliano de Austria, ni vendió por dinero su puesto de combate…”
En seguida
establece la secuencia de hechos que le llevó a establecer trato con el
“conspirador” coronel Miguel López para reproducir la carta aceptada o
rechazada por los historiadores en el tiempo de su labor:
“Tomé una copia de ella cuyo contenido textual
es el siguiente:
“Mi querido
coronel López.
“Os
recomendamos guardar profundo sigilo sobre la comisión que para el general
Escobedo os encargamos, pues, si se divulga, quedará mancillado nuestro honor.
“Vuestro
afectísimo.
“Maximiliano.
(Firma)
El general en
retiro Mariano Escobedo informa, para terminar su carta, la exoneración del
cargo de traición al coronel Miguel López en palabras del propio emperador
caído en desgracia, quien al reiterarle (al general Mariano Escobedo) la
solicitud de secrecía por concepto de honor:
“Contesté
que me reservaba yo la divulgación de él para cuando lo creyera conveniente y
sin comprometerme a un tiempo determinado.
“El
príncipe contestó que López no hablaría mientras yo callara; que el plazo que
me ponía para que no dijera el resultado final de la conferencia, era
cortísimo, ‘hasta que dejara de existir la princesa Carlota, cuya vida se
apagaría al conocer la ejecución de su esposo’.”
En la página 330 de
“Proceso y Ejecución vs. Fernando Maximiliano de Habsburgo” (versión en
PDF), Jorge Mario Magallón Ibarra
asienta: “En el
relato que Basch atribuye a este último (José Rincón Gallardo)—omitiendo
precisar si lo presenció, vio o escuchó— haber referido con detalle cómo habían
entrado las fuerzas republicanas con la complicidad de López, agregando que las
versiones que éste había propalado —en el sentido de que el archiduque lo había
enviado al campo enemigo para negociar— eran solamente falsedades, ya que en
realidad, había sido López el que había introducido al primer destacamento del
batallón ‘Supremos Poderes’, aprovechando un boquete de la pared externa.”
“De que la
muerte de Maximiliano era necesario para garantizar el futuro de México, ningún
mexicano lo creía, ya que sabían, que si él regresaba a Europa nunca más se hubiera
inmiscuido con problemas de México. Suponiendo que Maximiliano hubiera
regresado a Europa, lo hubieran considerado como un ‘Emperador aventurero y
fracasado’ por querer conservar su inmerecida corona y condenado a vivir con su
desquiciada esposa y vivir enterrado en vida, en su castillo de Miramar.
“En cambio
con su muerte en el Cerro de las Campanas, un Habsburgo, que aunque fracasó en
su intento, murió luchando por su causa.”
(Queda para la
interpretación de favorecedores y detractores la Versión original del propio
Miguel López en su capítulo XI de la obra arriba citada.)
“José Luis
Blasio, secretario de Maximiliano, conoció los entresijos del Imperio y la vida
privada del archiduque austriaco, a quien quiso entrañablemente. Años después,
movido por la indignación que le causó la discusión sobre las traiciones de
Leonardo Márquez y de Miguel López decidió escribir el libro para referir los
hechos que a él le constaron.”
Para la historia
mexicana resulta prácticamente desconocida la entrevista realizada por el Barón Gustav Gotkowski al
General Mariano Escobedo en 1897, durante un viaje de Celaya a México, en el
transcurso de la cual y al finalizar afirma:
“…
Maximiliano había hecho jurar a López que jamás divulgaría las gestiones que
por su orden había intentado ante mí, y López mantuvo su palabra, sufriendo
estoicamente hasta su último día el oprobio y la infamia que se vinculan al
nombre de un traidor. Yo mismo guardé silencio durante largos años sobre las
proposiciones del Archiduque, y si he creído conveniente restablecer la verdad
de los hechos, es que estimo que ya es tiempo de poner término a una leyenda
que ha durado demasiado, y que es justo dar al César lo que es del César.
“Maximiliano nunca confesó, ni a sus más
fieles amigos, las entrevistas secretas que había hecho celebrar conmigo...”
Conversación que
corre parejo con la visión y versión del coronel Miguel López acallada
inexplicablemente (o, muy explicablemente).
Y dejo para el
final la favorecedora y lúcida opinión de don Agustín Rivera que en sus “Anales
mexicanos: La Reforma y el Segundo Imperio” arguye:
“Filosofía de Ia Historia. La Carta al Conde de Bombelles es el Aquiles de los
defensores de Maximiliano, alegando que en ella se queja de la traición de
Miguel López, y deduciendo de esto que el Emperador no tuvo parte en la entrega
de la plaza. Pero nada más débil que este argumento. Porque Maximiliano no
habla de traición de Miguel López, sino de traición en general, y en buena
lógica todas las probabilidades prueban que se quejó de la traición de Napoleón
lII y no de alguna traición que al mismo Maximiliano le hiciera López. 1º.
Porque Maximiliano se quejó muchas veces de la traición de Napoleón, de que al
retirar sus tropas de México antes del tiempo estipulado en el Convenio de
Miramar, lo engañó y lo dejó entregado en manos de sus enemigos, y nunca se
quejó de alguna traición de López; 2º. Porque en la hipótesis de que López
hubiera traicionado a Maximiliano, de las dos traiciones, la principal y la que
pesaría más en el corazón de Maximiliano era la de Napoleón; porque retirando
éste sus tropas de México, con Miguel López o sin Miguel López, Maximiliano
tenía que perecer; con la entrega de la plaza de Querétaro y sin la entrega de
la plaza, tenía que morir; 3º. Porque Maximiliano en su carta a un miembro de
la Corte de Viena, como era el conde de Bombelles, deseaba dejar en la Corte de
Viena una memoria perpetua de una célebre traición por la que había fracasado
su Imperio. Era decente a Maximiliano quejarse ante la Corte de Viena de la
traición de Napoleón, y no habría sido decente, sino ridículo, quejarse arte la
Corte de Viena de la traición de tu compadre Miguel López; porque todos los
dignatarios que componían aquella corte habrían dicho: ‘¿qué nos importa un
negocio de compadres? Él tuvo la culpa en fiarse de su compadre y en no haber
tenido talento para elegir sus jefes’; mientras que Maximiliano no tenía culpa
alguna en haberse fiado de la palabra de un Soberano de Europa; 4º. ¿Por qué
Maximiliano al hablar de traición no estampó con franqueza el nombre do Miguel
López para alejar toda ambigüedad? ¿Por qué al hablar de la lealtad de sus
generales, de sus generales y de todo su ejército, en el que estaba incluido
Miguel López, no incluyó terminantemente a éste? Si en su carta al Conde de
Bombelles se hubiera querido referir de una manera paliada a Miguel López, esto
provocaría reminiscencias del carácter falso de Maximiliano, aun con sus
amigos. Haría notar la diferencia entre el hecho de no haberse quejado jamás de
Miguel López en Querétaro, por que conociese que su queja llegaría fácilmente a
oídos de López, y el hecho de quejarse de López en una carta privada remitida a
Viena, por que conociese que su queja no llegaría fácilmente a oídos de López,
máxime absteniéndole de mentarlo en la carta.”
Y en el apéndice de
la misma obra en lo relativo a los años de 1870 A 1898, don Agustín Rivera
establece: “Muerte
del ex coronel Miguel López, de enfermedad, en la capital de México: 18 de
abril de 1891.”
—ooo—
Ya tranquilo después de los muchos dicterios y
las pocas pero serias argumentaciones en favor del vilipendiado militar,
buscaré en las noches siguientes el descanso negado y a la vez, solicitaré
reorientar mi cama porque según me afirman, este tipo de turbaciones me vienen
porque seguramente durante la infancia dormía con el haz de luz de la luna
sobre mi cabeza. ¡Quién sabe!
La
gente enmascara de tantas maneras la ignorancia o el error; la admiración, el
recelo, el temor al reproche o al improperio son base para la distorsión del
juicio personal, el calificativo mordaz resulta posible y cómodo cuando apunta
hacia el flanco débil y viene ya preparado con “testimonios sensatos”,
competentes…
Y hasta hoy
permanece la incertidumbre el grado de parentesco del injuriado coronel Miguel
López en el grueso tronco de la familia. Vaya uno a saber.
—Anexo 1—
(Entrevista realizada por el Barón Gustav Gotkowski al General Mariano
Escobedo en 1897, viajando de Celaya a México.)
A pesar de algunos
triunfos parciales, la situación del ejército sitiado era desesperada. Mis
tropas, cuyo número crecía sin cesar, rodeaban la ciudad con círculo de
hierro que se estrechaba cada día más;
en Querétaro escaseaban los víveres y las municiones, el tifo diezmaba los
soldados; Maximiliano, que durante largo tiempo había esperado ver llegar de
México al general Márquez con ejército de auxilio, no tenía ya ilusiones a este
respecto: sabía que, bloqueado por el ejército del general Díaz, Márquez no
podía salir de la capital sitiada. Desalentado, vacilaba en continuar una lucha
cuyo término no era dudoso. Fue entonces cuando despachó secretamente a mi
cuartel general al coronel Miguel López, en el que tenía confianza absoluta,
para hacerme en su nombre las siguientes proposiciones.
La ciudad y
el ejército llamado imperiales rendirían a discreción, con la única condición
de permitir a Maximiliano salir con su escolta de húsares húngaros para ganar
un puerto del Golfo, Tampico por ejemplo, donde la fragata austriaca La Novara
lo esperaría para conducirlo a Trieste. Una vez a salvo a bordo de este navío,
Maximiliano se comprometía, no solamente a firmar su abdicación, sino a
reconocer al gobierno republicano del Presidente Juárez. Además recomendaba a la
clemencia de la República, a los generales y oficiales que había combatido con
él.
Usted
comprenderá la gran impresión que me causaron esas declaraciones, pero yo no
tenía autoridad para aceptarlas, ni siquiera para discutirlas. Jefe de
ejército, mi papel era puramente militar y de ninguna manera político; así lo
dije al coronel López, agregando sin embargo que yo trasmitiría fidelísimamente
cuanto él acababa de decirme al gobierno —el cual se encontraba entonces en San
Luis Potosí— y que me atendría a sus órdenes.
El coronel
López se retiró tan misteriosamente como había venido, y fue a dar parte al
Archiduque de la conversación que conmigo había tenido.
Tal como yo
la había prometido y como era mi deber, trasmití por correo especial al
gobierno las proposiciones del Archiduque. La respuesta no se hizo esperar. Era
neta y categórica: —Nada de condiciones. Maximiliano debe entregarse a
discreción: la justicia militar decidirá su suerte.
La noche
siguiente al día en que yo había recibido la respuesta telegráfica del
gobierno, el coronel López se presentó de nuevo ante mí, provisto de un
documento que acreditaba sin lugar a duda, su calidad de enviado de
Maximiliano.
— ¿Y bien?
— me dijo— ¿acepta el gobierno? El Emperador saldrá de Querétaro mañana en la
noche; indíqueme usted el punto por donde debe pasar; yo lo acompañaré hasta a
bordo de La Novara.
Por toda
respuesta puse ante los ojos del coronel el despacho del gobierno. Él palideció
horriblemente, se quedó un instante silencioso y después irguiéndose ante mí,
con una voz que pugnaba por ser firme, dijo:
— ¡Pero
esto es la muerte! ¿Lo ha pensado usted general? La muerte ¡Es horrible!
—Es la
justicia coronel, y será igual para todos. Vuelva usted a Querétaro y dígale a
su soberano que no se haga ilusiones. Si quiere ahorrar sangre mexicana, si
intenta no aumentar la cantidad de víctimas ya demasiado numerosa, no debe
retardar un solo día su rendición.
Con estas
palabras me despedí del coronel López, cuya emoción, notoriamente sincera, me
impresionó acaso más de lo que yo hubiera querido.
Veinticuatro
horas más tarde, López solicitaba una nueva entrevista y me rogaba a nombre de
Maximiliano que insistiera ante el gobierno para que le permitiera salir de
Querétaro.
—El
Emperador empeña su palabra de caballero, de jamás volver a México, y para
convencer a usted perfectamente de la resolución, he aquí —agregó López— el
texto de una proclama que será publicada inmediatamente después de su partida.
Después de dar las gracias a todos los que habían servido a su causa, el
Archiduque los impulsaba a unirse sin
reserva a la República, única forma de gobierno posible en México.
— ¿Por qué
no haber hecho esto hace tres meses? Ahora, se lo repito a usted, es demasiado
tarde.
—Pues
bien—repuso López— ya que el gobierno rehúsa acceder a la petición del
Emperador, sea. Su Majestad renuncia a la lucha. Mañana en la noche (15 de mayo
de 1867), haga usted ocupar el convento de La Cruz; entrará ustedes sin
disparar un solo tiro, y el Emperador estará allí.
Así se hizo
y el 15 de mayo, a las cuatro de la mañana, yo hacía ocupar el convento de La
Cruz.
Maximiliano,
acompañado del príncipe de Salm-Salm y del general Castillo se presentó algunos
instantes después....Al entregarse algunas horas más tarde, en el Cerro de las
Campanas, al general Corona, no hizo sino seguir punto por punto la resolución
que había tomado y que López me había comunicado la víspera.
Maximiliano
había hecho jurar a López que jamás divulgaría las gestiones que por su orden
había intentado ante mí, y López mantuvo su palabra, sufriendo estoicamente
hasta su último día el oprobio y la infamia que se vinculan al nombre de un
traidor. Yo mismo guardé silencio durante largos años sobre las proposiciones
del Archiduque, y si he creído conveniente restablecer la verdad de los hechos,
es que estimo que ya es tiempo de poner término a una leyenda que ha durado
demasiado, y que es justo dar al César lo que es del César.
Maximiliano
nunca confesó, ni a sus más fieles amigos, las entrevistas secretas que había
hecho celebrar conmigo...”
—Anexo 2—
“Proceso y
Ejecución vs. Fernando Maximiliano de Habsburgo”. Capítulo XI (versión en
PDF), Jorge Mario Magallón Ibarra.
Versión Original
del Coronel Miguel López
Muchos interesados
acusaron al coronel Miguel López de haber traicionado a Maximiliano en
Querétaro —obviamente con el propósito de entregar la plaza sitiada al ejército
republicano— acogiendo esa versión, con el ánimo de argumentar la incapacidad
militar de los hombres que actuaban bajo el mando del general Mariano Escobedo,
así como para demeritar el enorme esfuerzo que habían realizado los mismos
sitiadores durante la larga y penosa jornada bélica que vivía el país. Dentro
de esa perspectiva, en los párrafos que anteceden hemos tomado en consideración
diversas versiones sobre los acontecimientos con los que sobrevino la rendición
del ejército imperial en Querétaro, entre los cuales se propalan enfáticamente,
aquellos testimonios de los que hemos dado cuenta, que acogen la existencia de
la traición. Sin embargo, resulta objetivo verificar que en esa versión no se
valoriza la dramática situación que padecían aquellos que se encontraban dentro
de dicha población, que día a día, constataban la merma de los elementos de su
defensa. A la vez, consideraban que los efectivos de los sitiadores aumentaban
constantemente y que, en esas circunstancias, era irremediable que alcanzaran
la victoria definitiva.
En vista de lo
señalado, para culminar los testimonios recogidos, ahora conviene escuchar la
voz de aquel a quien se acusa de la infame traición: Miguel López, quien,
apenas un mes después de haber concluido el proceso con la ejecución de
Maximiliano y sus principales aliados, los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía,
dirigía un enérgico relato en defensa de su honor y del nacional, que concluía
retando a sus detractores para probar lo que él calificaba como la espantosa
acción que se le imputaba, ya que consideraba que “no había sido traidor sino
desgraciado”.
En efecto, López
hacía referencia a que en el periódico de Puebla denominado La Hoja Suelta, así
como en uno de París intitulado La Franje y, también en dos de Estados Unidos
conocidos como el Tribune y el Courier des Estats Unis, además de las
murmuraciones que corrían tanto en México como entre los prisioneros de
Querétaro, se decía que en las acciones correspondientes al sitio de la
mencionada ciudad, había vendido el punto militar de la Cruz, que constituía el
hecho que había permitido la derrota de la plaza, con todas sus tristes
consecuencias y que tales acusaciones le obligaban a dirigirse al pueblo de su
patria, al de Francia, así como a todo el mundo, dado que todos ellos estaban
enterados de lo que ahí había acontecido, al grado de que con conocimiento de
las circunstancias, pretendía que se le juzgara, con la confianza de que la
conciencia pública lo exonerara de la infame mancha que habían intentado
ponerle en la frente, ya que aseguraba “no había cometido traición”, ni faltado
a sus deberes como soldado y amigo.
A partir de dichas
afirmaciones, López narra que en todos los intentos realizados por el ejército
sitiado, para romper el cerco que les confinaba, había tenido numerosas bajas,
al grado que permanecían dentro de la ciudad ochocientos heridos, cuyo número
podía dar el índice proporcional de los muertos, que incluía a muchos jefes y
oficiales. En consecuencia, tantas bajas habían producido la desmoralización
del ejército sitiado, que aumentaba rápida y progresivamente.
A la vez, los
víveres se habían terminado y la tropa se alimentaba apenas con carne de
caballo, sin pan ni tortilla, y con nopal cimarrón. Esa situación desmeritaba
el vigor físico de los soldados; provocando un desaliento general, que hacía
anticipar la inevitable derrota que ya se aproximaba, no obstante el ánimo que
pretendía infundirles el infortunado Maximiliano.
A mayor
abundamiento, López observaba que el parque que se construía en la maestranza
de la ciudad era de pésima calidad, careciendo la pólvora del poder explosivo
que necesariamente se requería y que esos factores coadyuvaban a la
desmoralización general.
En el ambiente de
profundo pesar que envolvía la condición de los sitiados, López asevera que en
la noche del 14 de mayo fue consultado por el desgraciado archiduque, para
conocer si tendría ánimo para salir en busca del enemigo, con el propósito de
tratar con él. Ante su respuesta afirmativa, le mandó que con profunda reserva
saliera, a fin de solicitar se le concediera permiso de salir con el Regimiento
de la Emperatriz, así como con unas cuantas personas más de su séquito.
Cumpliendo con
dicha orden, con las formalidades que se emplean para recibir a un
parlamentario, fue presentado al general en jefe Mariano Escobedo. La
conferencia que con él sostuvo no duró siquiera cinco minutos, en la que pudo
expresarle el deseo del archiduque, a lo que el jefe republicano contestó que
le informara que carecía de facultades de parte de su gobierno, para obsequiar
tal petición, como tampoco podía conceder garantías, sino obligarlo a que se
rindiera a discreción o batirlo. Que ante tal respuesta, se retiró y regresó a
su campo hacia la medianoche; advirtiendo que Maximiliano lo esperaba,
procediendo a interrogarlo sobre el resultado de su misión y si había dialogado
con el mismo general en jefe.
Al conocer la
respuesta, con notorio desconsuelo el príncipe austriaco dio órdenes para que
desensillaran los caballos de su séquito, que obviamente se encontraban
preparados para la salida. De ese relato, López concluye que la decisión del general
Escobedo destruyó la última esperanza de Maximiliano, tomando en cuenta que la
salida del ejército ya era imposible, aunado al estado de absoluta
desmoralización y hambre que le afectaba.
Una vez ocurrido lo
relatado, cerca de la medianoche Maximiliano se recogió en su alojamiento y,
después de ello, López asevera que él se quedó en pie para recorrer su línea y
que, al volver a la huerta de la Cruz, que era el punto principal de su
vigilancia, repentinamente se vio cercado por tropa y oficiales con pistola en
mano, que reconoció pertenecían a las filas enemigas que se encontraban bajo el
mando del general Francisco A. Vélez, que en el acto le hicieron su prisionero.
A continuación
—para distraerlos— le dijo al humanitario jefe militar que lo aprehendía, que
cesara el derramamiento de sangre; conduciéndolo hacia el panteón que en dicho
lugar existe, lo que le permitió aprovechar que al pasar —por conducto del
teniente coronel Yabloski— mandó avisar a Maximiliano sobre la situación, así
como la urgencia de que se salvara, ignorando que fue lo que ocasionara al
archiduque su retardo en salir.
Hacia el amanecer,
el príncipe se presentó con miembros de su séquito, que luego fue rodeado por
soldados de la República; pero que el propio López les aseguró que el grupo que
salía era de particulares y no de militares, al grado que logró que por esa
razón no fueran aprehendidos.
En esas
condiciones, Maximiliano salió a pie y que en un momento de confusión —que fue
propiciado por el fuego de los soldados republicanos— se apoderó de un caballo
abandonado, para alcanzar al desgraciado príncipe, quien le ordenó comunicara a
sus tropas que lo siguieran hacia el cerro de las Campanas, invocando en apoyo
de esa versión el testimonio del príncipe Salm, de Yabloski, de Pradillo —a
quien caracterizaba una veracidad proverbial— del doctor Basch, de José Blasio
y dos criados, además de los oficiales republicanos que se encontraban
presentes.
En el análisis de
la consecuencia de su conducta, López asevera que logró salvar en ese momento a
Maximiliano, pero que no puede imputársele traición porque en la línea
castrense que se encontraba bajo su responsabilidad, había 1,500 hombres que
formaban la brigada de reserva, que constantemente vigilaba todos los
movimientos y que, además hubiera necesitado la complicidad de al menos doce o
catorce oficiales que mandaban los puntos del perímetro de la Cruz.
La realidad se
puede entender en razón de la rapidez y audacia con la que el general Vélez
había ejecutado sus movimientos, así como por la forma en la que había sido
secundado por sus subordinados, que verdaderamente sorprendieron a los
sitiados, obviamente rendidos por la fatiga, combinada con la carencia de
relevos, que estimulaban a la vez, el hambre y desaliento que les asediaban.
Vélez se había
introducido por una tronera desocupada de la barda, permitiéndole dirigirse a
la huerta, de la que se pasaba al convento por una puerta estrecha, pero quien
pasara por dicho lugar, corría el riesgo inminente de quedar expuesto al fuego
de las alturas.
A lo anterior,
López agrega que después de la mencionada puerta se atravesaba un patio y que
tanto dicha puerta como el patio —por su colocación— eran susceptibles de una
eficaz defensa, que contendría fácilmente a cualquier fuerza asaltante. Para robustecer
el relato, quien lo vierte agrega que del alojamiento que ocupaba Maximiliano,
partía una escalera hacia la torre y que había un batallón de reserva
disponible que dormía al pie de sus armas, que podía ascender a dicha torre y
colocarse tanto en la puerta como en el patio antes mencionados, a más tardar
en dos minutos. De ahí que el multicitado López, al advertir que el príncipe
dilató cerca de dos horas para abandonar su alojamiento, se pregunta: “¿Por qué
ni él, ni el general Castillo, ni sus cuatro ayudantes, ni alguno de los jefes
y oficiales que vivían en un mismo claustro junto al emperador, han empleado
ese batallón que estaba de reserva o siquiera la guardia de prevención o dado a
lo menos el grito de alarma al ejército? ¿Era Maximiliano un cobarde que se
aturdiese y pensara sólo en huir?” Su respuesta es negativa, aseverando que
nada se hizo, porque nada se podía hacer, en razón de que cuando un ejército se
deja sorprender y no puede combatir, puesto que la desmoralización que los
agobia les hace comprender que no pueden sostener un choque ni entrar en
combate.
De los anteriores
razonamientos, López vuelve a interrogar: “¿Por qué si tales son los sucesos, a
mí es a quien se inculpa? ¿Por qué si la lucha era ya física y moralmente
imposible se ha de suponer que era necesario que un hombre traicionase para que
el ejército sitiado sucumbiese?”
Para robustecer su
argumentación, López lleva a sus lectores otros factores que estima pudieran
contribuir para comprender el relajamiento mental y moral en el que se
encontraban los sitiados. Uno de ellos fue aseverar que el general Silverio
Ramírez había sido relevado de la línea, reducido a prisión e incomunicado, en
razón del envío de un comunicado al general Tomás Mejía, en el que le invitaba
a recomendar al archiduque se decidiera a que tratase con el enemigo, en razón
de que todo el país estaba en contra del imperio.
Con ello esperaba
que posiblemente el general Escobedo tuviera alguna deferencia con Mejía, quien
le había salvado la vida cuando fue hecho prisionero por sus fuerzas. En forma
similar, el comandante Adame también se vio reducido a prisión e incomunicación
porque se decía que estaba en relación con el enemigo y por idéntica razón se
aprisionó a la gendarmería —con sus oficiales y jefe— y a un sargento del
batallón del emperador.
Además de los
hechos considerados en el párrafo precedente, la misma noche del 14 de mayo el
teniente coronel Ontiveros cambió de bando, pasó a engrosar las fuerzas de los
sitiadores, por la línea de San Sebastián y dejó abandonada la que le estaba
asignada. Los generales Casanova y Escobar también fueron separados de sus
líneas sin razón que se conociera, pero que sólo podía suponerse que se les
tenía desconfianza. El coronel Villasana, que mandaba el batallón de cazadores,
después de ser herido en uno de los combates, ya repuesto, se pasó al enemigo o
se ocultó porque no se le volvió a ver.
De ahí plantea una
nueva interrogante: “¿Qué puede hacer un ejército en semejantes
circunstancias?” A continuación agrega: “Si ellas no hubieran existido, se
habría intentado siquiera resistir a los asaltantes, pero lejos de esto, ni aun
se pensó en recobrar la Cruz, sino que todo el mundo se dirigió rápidamente al
cerro de las Campanas”.
Culmina López su
exposición exigiendo que si alguien se cree con razón para desmentirle, lo haga
públicamente. Sin embargo, asevera que conoce el origen de la acusación que se
ha vertido en su contra, que proviene de un general, que empeñado en lograr
ascensos injustificados para un hijo —a los cuales quien relata se opuso— fue
quien propaló la calumnia, la cual fue recogida y fortalecida por otro jefe que
trataba de impedir se conociera la desmoralización del ejército, que si
insistieran en sostener tal infamia, proporcionaría sus nombres, expresando con
énfasis: “Mienten los que atribuyen a una traición la ocupación de Querétaro”.
Ahora bien, después
de considerar las varias y diversas versiones de las que hemos dado cuenta,
tenemos que ponderar los razonamientos y motivaciones que Maximiliano
consideraba indispensables, para poner en juego sus intereses: estaba
comprometido para jamás abandonar en la plaza a sus leales partidarios y ello
le impulsó a emplear el indispensable sigilo y discreción, para intentar
negociar una salida secreta que le permitiera salvar la vida.
En tales
condiciones, la secrecía era imperativa. Más aún, cuando se vio perdido en el
cerro de las Campanas y solicitó hablar personalmente con el general Mariano
Escobedo, a éste le reiteró la petición que por conducto de López le había
propuesto, a fin de que se le permitiera abandonar la plaza con una escolta, con
la que se dirigiría al Golfo, en el que podría abordar un navío que lo
regresara a su patria de origen, con la promesa honorífica de que jamás
regresaría al país.
La respuesta de
Escobedo ya la hemos invocado: “Carecía de facultades para obsequiar tal petición”.
En este examen encontramos coincidencia con el análisis vertido por Fernando
Iglesias Calderón, al tener presente el autógrafo que personalmente le había
firmado Maximiliano a López, con la recomendación de que guardase profundo
silencio sobre el encargo que le había conferido ante el general Escobedo, por
apreciar que si ello llegare a divulgarse, quedaría mancillado su honor.
En apoyo de dicho
criterio se advierte la conclusión resultante de la explicación vertida por
Escobedo, al reconocer que la plaza de Querétaro era imposible que resistiera
por más tiempo y, en esas condiciones, “el coronel imperialista Miguel López,
aunque infidente para con la patria, ni traicionó al archiduque ni vendió por
dinero su puesto de combate”, atribuyendo el repetido mensaje a la desesperada
situación militar de los sitiados, a la personalidad moral de Maximiliano y a
su convicción —firme aunque errónea— de su absoluta impunidad, pues creía
realmente que un archiduque de Austria no podía ser castigado con la pena de
muerte.
—Anexo 3—
Carta del General
de División en retiro don Mariano Escobedo al señor Presidente de la República
don Benito Juárez García.
Señor presidente:
Los acontecimientos
pasados hace 20 años en Querétaro, ha venido a removerlos en la actualidad la
aparición de un folleto escrito en francés y publicado en Roma por el señor
Víctor Darán y cuya publicación tiene por título “El general Miguel Miramón.”
En ella, entre
otros episodios de nuestras guerras intestinas, se narran las operaciones
emprendidas sobre la plaza de Querétaro por el ejército republicano.
Estando la
narración a que me contraigo, escrita bajo un color enteramente inexacto y
sobre todo en lo que se refiere al motivo que originó aquella misma operación,
dio lugar a que el coronel imperialista Miguel López publicara, en uno de los
diarios de esta capital, una carta en la cual me pedía que con toda sinceridad
expresara la verdad histórica relativa a aquellos sucesos.
La prensa
reaccionaria de México toma del libro mencionado lo que más puede afectar la
historia de nuestra lucha contra el llamado imperio.
Se esfuerza con una
obstinación vehemente y del todo extraña hoy, a que divulgue la parte secreta
de aquel desenlace y que se relaciona con la supuesta traición de López y la
toma de la plaza de Querétaro, pretendiendo que a efecto de la intervención
directa que este jefe imperialista tomara en ello, traicionando a su soberano y
vendiendo a peso de oro su consigna, la plaza cayera en poder del ejército
mexicano.
Consideraciones
personales posteriores a aquella ocupación y las cuales voy a revelar, han
hecho que guarde un profundo silencio sobre aquellos acontecimientos.
Al ofrecer entonces
callar, sabía perfectamente que con mi conducta no sufriría el prestigio y
lustre de la patria; ni tampoco el honor del ejército que estuvo a mis órdenes
en aquella gloriosa época, ni mucho menos la causa por la que combatiera.
La cuestión se
reducía únicamente a dos personalidades: la mía, que yo conscientemente juzgara
de poca importancia después de despojarme de la alta investidura militar, a que
me habían llevado las circunstancias especiales del país, después de realizado
el triunfo de la República sobre sus más encarnizados enemigos y la del coronel
imperialista Miguel López, intermediario, en efecto, entre el archiduque y yo,
en la conferencia tenida para la solución en que se interesaba el porvenir de
México, el prestigio de un príncipe extranjero y mi particular honor como
soldado y como mexicano, único título de cuya adquisición me siento orgulloso.
Pienso hoy que
estuve engañado respecto de mi persona, porque la calumnia, la envidia o el
rencor de la facción vencida se ensañan contra mí, no obstante ocultar mi
humilde nombre en un debido y conveniente aislamiento.
Duro es para mí
tener que recurrir al pasado para dar satisfacción a la curiosidad de muchos y,
tal vez, a la mala fe de algunos.
Descorro a mi pesar
el velo que oculta sucesos de importancia desconocidos del país y que, por lo
mismo, han sido mal juzgados.
Tal vez sirvan mis
revelaciones para poner con ellas un infranqueable valladar a la desvergüenza y
osadía de los que, teniendo por qué callar, pretenden mancillar mi honor, sin
comprender que al iniciarlo tienen que sufrir o la desilusión más completa o el
desengaño por una concepción antipatriótica y bastarda.
Por espacio de 20
años se me ha puesto como blanco a la calumnia, las épocas se han sucedido en
que mi nombre ha sido insultado y puesta en duda la parte que, por derecho y
sólo como mexicano, me corresponde en el triunfo de la patria.
Multitud de
extranjeros de todas nacionalidades, presintiendo que algo oculto tenía el
funesto fin de Maximiliano, han venido con insistencia a inquirir de mí la
verdad y, hasta ahora, nada había dejado traslucir del ofrecimiento hecho por
un soldado victorioso a un príncipe sentenciado a muerte.
Pero hoy, que uno
de mis compañeros de armas asienta hechos que en su calidad de jefe subalterno
no le era posible conocer; hoy que se tolera la expresión de la duda en la
cuestión militar de Querétaro, adornándola con injurias y versiones
deshonrosas; hoy que se me obliga a revelar la conferencia tenida con López,
comisionado en jefe del archiduque, lo hago no para ceder al encono de los
periódicos reaccionarios ni al de los inquisidores de un hecho que presume será
vergonzoso al partido republicano, sino para satisfacción mía, depositando ese
secreto, con predilección, en poder del Supremo Gobierno de la República, a fin
de que se conserve en los Archivos de la Nación este documento histórico que
pueda robustecer la fe de nuestros ideales políticos, cuando algún día, en las
severas páginas de la historia de nuestra patria, quede consignada con toda
imparcialidad la gigantesca lucha que sostuvo México contra la Francia, contra
el imperio que ella importara con sus bayonetas y contra los desgraciados que
olvidaran sus deberes para servir, primero de guías al invasor y después de
elemento espúrico (sic) para el sostenimiento de una intrusa monarquía.
El coronel
imperialista Miguel López, aunque infidente para con la patria, ni traicionó al
archiduque Maximiliano de Austria, ni vendió por dinero su puesto de combate.
Las circunstancias
porque atravesaba nuestra patria desde 1862 a 1867, vinieron a colocarme en la
elevada posición de general en jefe del cuerpo de ejército del Norte y después
sin quererlo, sin pretenderlo y, todavía más, renunciándolo, como general en
jefe del ejército de operaciones sobre Querétaro.
En esa capital,
como es sabido, se encontraban los principales elementos de guerra del llamado
imperio mexicano, con los mejores generales y jefes imperialistas valerosos y
de conocimientos militares.
Allí estaban
Miramón, Márquez, Mejía, Castillo, Méndez, Arellano y otros más de conocido
prestigio.
Entramos en lucha
con ellos.
Por alguna vez y,
aisladamente, les fue propicia la victoria; pero de efímeros resultados, porque
en seguida aquélla se tornaba en desastre forzados a volver a sus parapetos con
menos moral de la que les alentara para llevar a cabo sus impetuosas salidas y
caer sobre un puesto de la línea de sitio.
Siempre a los
triunfos de los imperialistas, arrancados a determinadas tropas de las que
sitiaban a Querétaro, venía en seguida la derrota; de tal suerte que, después
de la operación ofensiva contra los sitiadores el 27 de abril de 1867, sobre
las colinas del Cimatario, en que fueron a la vez vencedores y vencidos los
soldados del archiduque, sus posteriores ataques y empeños fueron más flojos y
sin ningún éxito, porque aquellas tropas ya no resistían al fuego del
adversario.
La suerte de los
sitiados estaba ya definida; no tenían más recurso que rendirse a discreción o
resolverse a rechazar un asalto sin ninguna probabilidad de lograrlo, que yo
había querido y deseaba evitar a todo trance; porque era mi sentir que no debía
exponer a la población al rigor y a las desastrosas consecuencias de una
ocupación llevada a cabo a fuego y sangre y con los excesos consiguientes de
una tropa victoriosa y ávida de venganzas.
El ejército del
príncipe alemán encerrado en Querétaro carecía de víveres; las municiones de
guerra eran de mala calidad y, lo más lamentable para él, ya no tenían sus
tropas esa cohesión que da la moral y la disciplina militares.
Después del 27 de
abril ya mencionado, todas las noches que precedieron a la toma de la plaza,
bandas de desertores de la clase de tropa y algunos jefes y oficiales se
presentaban a nuestras obras de aproche solicitando, antes que clemencia y
consideración, alimento para restablecer sus decaídas fuerzas vitales.
Por estos
infelices, por las solicitudes que los soldados extranjeros enganchados en
aquellas fuerzas me enviaban, pidiendo garantías y ofreciendo los puestos que
guarnecían, los cuales en verdad no eran de gran importancia, y por las
noticias de los agentes que tenía en la plaza, conocía perfectamente el estado
de desmoralización y anarquía en que se encontraban los defensores de la
monarquía en Querétaro.
Si antes de que
hubiera salido Márquez de aquella plaza para México, ya había surgido la
división y recelosa conducta entre los principales jefes imperialistas, después
que practicó su movimiento con la caballería del archiduque, la unidad de mando
quedó proscrita entre los sitiados.
Precursora del
desastre esta falta a los preceptos más importantes de la ciencia de la guerra,
vinieron a acibarar aquella situación la miseria, la extenuación de las tropas
por tantas fatigas, el desaliento consiguiente después que sus valerosos
esfuerzos no tenían más resultados que sangrientos reveses y, sobre todo, como
lo he expresado, la ninguna buena inteligencia que había ya entre los jefes que
mandaban puestos, con los generales, comandantes de brigadas o divisiones y la
poca confianza que éstos tenían en la energía del archiduque y éste para con
aquéllos.
Todo me indicaba y
con justicia, el próximo y violento fin de aquella situación tan tirante.
Ella me hacía poner
en constante actividad, redoblando más y más la vigilancia en la línea de sitio
para hacer de todo punto imposible la comunicación con los sitiados por la
parte de afuera y viceversa.
Estas disposiciones
tenían el doble objeto de aislarlos completamente para hacer más violenta su
condición y también para que no recibieran noticias de la derrota de Márquez,
porque presumía y con fundamento, que al verse sin esperanza del importante
auxilio que aquél debía proporcionarles, auxilio con tantas angustias y con
tanto anhelo esperado, la desesperación que causara este desastre les hubiera
sugerido la firme resolución de hacer un esfuerzo para romper el sitio, lo que
me habría contrariado en extremo, porque entonces no tenían las tropas de mi mando
la dotación de municiones de infantería en cartuchera, para sostener media hora
de fuego y la artillería no contaba en sus cofres más que seis o siete tiros
por pieza.
El violento estado
en que me hallaba, sobre todo en los últimos días del sitio, por la falta de
municiones, varió después de derrotado Márquez en San Lorenzo por el cuerpo del
ejército de Oriente, a cuya acción de guerra concurrieron activamente los 5,000
caballos que a las órdenes del general Amado Guadarrama desprendí en
observación de los movimientos de Márquez.
Esta caballería
regresó a su campamento de Querétaro hasta después que se abrigaron, en la
capital de la República, los restos de las tropas imperialistas que pudieron
salvarse de aquella derrota.
Además, el teniente
coronel Agustín Lozano, a quien había enviado con misión especial cerca del
general Díaz, en jefe del ejército de Oriente ya mencionado, volvía al cuartel
general del ejército de operaciones conduciendo 200 cajas de municiones de
infantería, que aquel general remitía y las cuales fueron distribuidas
inmediatamente.
Con la plena
confianza en el valor de las tropas que eran a mis órdenes acechaba con
ansiedad la salida del enemigo, de que ya tenía conocimiento se preparaba a
emprender para resolver, en una batalla campal, la suerte de los dos jefes, el
republicano y el imperialista.
Tenía seguridad en
el resultado, porque en época anterior a las operaciones sobre Querétaro y
cuando los imperialistas estaban en toda su moral y altivez, habían sido
batidos siempre por los soldados que inmediatamente eran a mis órdenes, con
menos efectivo y con menos elementos de guerra que los otros, en combates de
importancia, que determinaron la condición en que se encontraba en la plaza el
archiduque Maximiliano.
Después del 12 de
mayo en que llegaron al parque general las municiones de que he hecho mérito,
sólo dos empeños de consideración hubo entre los sitiados y sitiadores pero de
consecuencias desastrosas para los primeros.
El día 14 recorría
yo la línea de sitio.
A las siete de la
noche un ayudante del coronel Julio M. Cervantes vino a comunicarme, de orden
de su jefe, que un individuo procedente de la plaza y que se encontraba en el
puesto republicano, deseaba hablar conmigo; en el acto me dirigí al punto
indicado en donde me presentó el coronel Cervantes al Coronel imperialista
Miguel López, jefe del regimiento de la emperatriz.
Éste me manifestó
que había salido de la plaza con una comisión secreta que debía llenar cerca de
mí, si yo lo permitía.
Al principio creí
que el citado López era uno de tantos desertores que abandonaban la ciudad para
salvarse y que su misión secreta no era más que un ardid de que se valía para
hacer más interesantes las noticias que tal vez iba a comunicarme del estado en
que se encontraban los sitiados; sin embargo, accedí a hablar reservadamente
con el coronel imperialista Miguel López, apartándome a distancia del coronel
Cervantes y los ayudantes de mi Estado Mayor que me acompañaban.
Entonces,
brevemente, López me comunicó que el emperador le había encargado de la
comisión de procurar una conferencia conmigo y que al concedérsela me
significara de su parte que, deseando ya evitar a todo trance que se continuara
por su causa derramando la sangre mexicana, pretendía abandonar la plaza, para
lo cual pedía únicamente se le permitiera salir con las personas de su servicio
y custodio por un escuadrón del regimiento de la emperatriz hasta Tuxpan o
Veracruz, en cuyos puertos debía esperarle un buque que lo llevaría a Europa,
asegurándome que en México, al emprender su marcha a Querétaro, había
depositado en poder de su primer ministro su abdicación.
Para satisfacción
suya y para que estuviera yo en la inteligencia de que sus proposiciones eran
de entera buena fe, me manifestó el coronel López que su soberano comprometía
para entonces y para siempre su palabra de honor de que al salir del país no
volvería a pisar el territorio mexicano; dándome, además, en garantía de su
propósito, cuantas seguridades se le pidieran, estando decidido a obsequiarlas.
Mi contestación a
López fue precisa y decisiva, concretándome a manifestarle que pusiera en
conocimiento del archiduque que las órdenes que tenía del Supremo Gobierno
Mexicano eran terminantes, para no aceptar otro arreglo que no fuera la
rendición de la plaza sin condiciones.
En seguida el
coronel López manifestó que su emperador había previsto de antemano la
resolución a sus anteriores proposiciones.
Siguiendo el curso
de la conferencia establecida, me expresó, de parte de su soberano, que eran
bien conocidos por mí los jefes militares que estaban a su lado, por su
prestigio, valor y pericia; e igualmente la buena organización y disciplina de
las tropas que defendían la plaza, con las cuales podía a cualquiera hora
forzar el sitio y prolongar los horrores de la guerra por mucho tiempo; que en
verdad esto era sumamente grave y un irreparable mal para México y al cual no
quería exponerlo, siendo esta la razón porque deseaba salir del país.
Juzgando yo
demasiado altivas las frases últimas vertidas por el coronel imperialista
López, a nombre de su soberano, le contesté que nada de lo que me refería era
desconocido para mí, pero que tenía exacto conocimiento del estado en que se
encontraban los defensores de Querétaro; que estaba enterado de los
preparativos que hacían en la plaza para efectuar una vigorosa salida, en la
que estaba basada su salvación, que estas columnas, formadas ya, esperaban
solamente el momento en que se les diera la orden de pasar las trincheras y
chocar con los republicanos, que esto era para mí sumamente satisfactorio, de
tal suerte, que para facilitarse su movimiento tenía pensado dejarles paso
abierto en cualquier punto de la línea de circunvalación por donde se
presentaran; bien entendido que después de que hubieran salido todos, caería
sobre ellos con los 12,000 caballos del ejército, victoriosos una parte en San
Jacinto y la otra en San Lorenzo y cuya formidable caballería dejaría el campo
convertido en un lago de sangre imperialista.
El comisionado del
archiduque volvió a reanudar la conferencia que yo ya creía terminada,
diciéndome que el emperador le había dado instrucciones para dejar terminado el
asunto que se le había encomendado, de todas maneras, en caso de encontrar
resistencia obstinada por mi parte.
En seguida me
reveló de parte de su emperador que ya no podía ni quería continuar más la
defensa de la plaza, cuyos esfuerzos los conceptuaba enteramente inútiles; que
en efecto, estaban formadas las columnas que debían forzar la línea de sitio;
que deseaba detener esa imprudente operación, pero que no tenía seguridad de
que se obsequiaran sus órdenes por los jefes que, obstinados en llevarla a
cabo, ya no obedecían a nadie, que no obstante lo expuesto, se iba a aventurar
a dar las órdenes para que se suspendiera la salida, obedecieran o no, me
comunicaba que a las tres de la mañana dispondría que las fuerzas que defendían
el Panteón de la Cruz se reconcentraran en el convento del mismo; que hiciera
yo un esfuerzo cualquiera para apoderarme de ese punto en donde se me
entregaría prisionero sin condición.
Era preciso dudar
del que se llamaba agente del archiduque, no podían entrar en mi ánimo
semejantes proposiciones del príncipe después de sus enérgicas y varoniles
determinaciones de Orizaba, pocos meses antes.
Así, con toda
franqueza lo expresé al mensajero del archiduque, quien inmediatamente me
manifestó que debía desechar toda sospecha hacia su persona y su cometido; que
no hacía más que cumplir estrictamente las órdenes del emperador, por quien no
evitaría sacrificio, esperando que mis determinaciones lo salvarían de la
situación en que se encontraba.
López se retiró a
la plaza, llevando la noticia al archiduque de que a las tres de la mañana se
ocuparía La Cruz, hubiera o no resistencia.
Tomé desde luego a
mi cargo la responsabilidad de los acontecimientos que iban a surgir.
Con toda
oportunidad envié orden a los jefes de líneas y puntos que estuvieran listos
para emprender una operación sobre la plaza.
En el momento pasé
a ver al general Francisco M. Vélez y le comuniqué, a él únicamente, la
conferencia tenida con el comisionado del archiduque en lo concerniente a la
comisión que debía desempeñar.
Le di a conocer mi
resolución de aprovecharme inmediatamente de la debilidad y aturdimiento en que
se hallaba el príncipe alemán para llevar a cabo la operación propuesta por él
de ocupar La Cruz.
En esta virtud,
desde luego, puse a las órdenes del general Vélez a los batallones
"Supremos Poderes", mandado por el general Pedro Yépez y el de
"Nuevo León", cuyo jefe accidental era el teniente coronel Carlos
Margain, por estar herido su coronel Miguel Palacios, debiendo acompañarle el
general Feliciano Chavarría, mi ayudante teniente coronel Agustín Lozano con
dos ayudantes más de mi Estado Mayor, para que me comunicaran todo incidente
que fuera preciso que yo conociera y para que si se necesitaba la cooperación
de las fuerzas que guarnecían puestos inmediatos al del enemigo que debía
ocupar, pudiera llevarlas con oportunidad el teniente coronel Lozano.
Personalmente
acompañé al general Vélez con su columna hasta la línea avanzada de sitio,
indicándole detalladamente los puntos por donde debía emprender la operación
que se le encomendaba, esperando que la ejecutaría con arrojo, apoderándose del
Convento de la Cruz a la hora prefijada.
Di instrucciones al
general Vélez para que si al tomar esta posesión del enemigo se encontraba en
ella al archiduque Maximiliano, lo hiciera prisionero de guerra, tratándolo con
las consideraciones debidas.
Advertí además al
mismo general, que era de temerse una traición y bajo tal influencia debía
normar su movimiento a fin de no caer en un lazo, tal vez bien premeditado.
Preparado para toda
eventualidad, di orden al coronel Julio M. Cervantes para que, cubriendo su
línea con el batallón de cazadores, estuviera listo para hacer el movimiento
que se le indicara con los batallones 4º, 5º y 6º de su brigada.
A los generales
Francisco Naranjo y Amado A. Guadarrama para que la caballería que estaba a sus
órdenes estuviera lista, brida en mano, para moverse a primera orden.
La operación se
practicó a la hora prescrita por el general Francisco Vélez, a entera
satisfacción mía; pero el parte de la ocupación de La Cruz se hizo a mi juicio
dilatar e impaciente por no haberle recibido, me adelanté personalmente hacia
La Cruz y, al entrar al panteón, recibí del teniente coronel Lozano el parte de
estar ocupado aquel punto enemigo.
Mandé orden al
general Vélez para que, si creía conveniente, avanzara hasta un punto más al
centro de la ciudad; a los generales Naranjo y Guadarrama para que con la
caballería se movieran amenazando el Cerro de las Campanas; al coronel Julio M.
Cervantes, nombrado con anterioridad comandante militar del estado, para que
con la columna avanzara por San Sebastián, amagando al citado Cerro de las
Campanas; al general Sóstenes Rocha para que con su columna concurriera al
punto donde fuera necesaria su cooperación.
La noticia de la
toma de La Cruz por los ejércitos republicanos, cundió entre los sitiados,
causándoles un pánico horroroso; omito ciertos y determinados detalles que,
aunque de importancia, no son del caso en esta exposición.
Parte de aquellas
tropas, quizá sin atender a la voz de mando de sus jefes y oficiales, se
desbandaba presentándose en masas desordenadas en la línea de sitio; el resto,
en confusión, mezcladas la infantería y caballería con la artillería y sus
trenes, se dirigía en tropel hacia el Cerro de las Campanas, en donde se
encontraban ya los generales Mejía y Castillo y el archiduque que a pie se
había salido de La Cruz al ser ocupada, según se me había comunicado.
Al amanecer el día
15, las fuerzas republicanas que guarnecían las alturas del Cimatario
descendieron de la colina y asaltaron la Casa Blanca, todavía defendida
tenazmente por los imperialistas.
De igual suerte las
que guarnecían los puntos frente a la Alameda, Calleja, garita México, Pathé y
la extensa línea de San Gregorio y San Sebastián.
En seguida dispuse
que en los puntos tomados permaneciera el ejército sin que entrara en la plaza
ningún cuerpo, porque así lo tenía ordenado, con excepción de la columna
mandada por el general Vélez que había avanzado hasta ocupar el Convento de San
Francisco y la brigada que mandaba el coronel Julio M. Cervantes, que había
recibido órdenes para que ocupara la plaza y se dedicara exclusivamente a dar
garantías a las familias e intereses, evitando con todo afán, hasta el más
ligero desorden, para lo cual se le autorizaba, en caso necesario, a que
empleara las medidas represivas que creyera convenientes.
A las seis de la
mañana quedó ocupada la línea interior de defensas de Querétaro, que momentos
antes estaban guarnecidas por los imperialistas.
El archiduque
Fernando Maximiliano de Habsburgo entregó su espada, que en nombre de la
República recibía el general en jefe del ejército de operaciones, y todos los
generales, jefes, oficiales y tropa que defendían a Querétaro, quedaron hechos
prisioneros de guerra y puestos a disposición del Supremo Gobierno para que
dispusiera de su suerte.
Preocupándome los
acontecimientos del sitio de México, aunque el éxito no fuera de ninguna manera
dudoso, desde el día siguiente de la ocupación de Querétaro empecé a desprender
fuerzas con dirección a la capital de la República para reforzar al general Díaz,
en jefe del ejército sitiador, de tal suerte que, para el día 19 de mayo,
habían marchado ya 14,000 soldados de las tres armas a las órdenes de los
generales Ramón Corona, Nicolás Régules, Vicente Riva Palacio, Francisco Vélez
y Francisco Naranjo, con la bien equipada y mejor armada caballería del cuerpo
de ejército del Norte.
El día 18 de mayo
recibí parte del jefe que custodiaba los prisioneros en La Cruz, que el
archiduque deseaba hablar conmigo.
Impidiéndome salir
fuera de mi tienda la enfermedad que sufría, mandé mi coche para que viniera en
él Maximiliano y bajo la custodia de los coroneles Juan C. Doria y Ricardo
Villanueva.
Habló conmigo el
príncipe prisionero; me expresó el deseo que tenía de ir a San Luis Potosí, si
se le permitía y hablar allí con el Presidente Juárez, a quien tenía secretos
que revelar y que importaban mucho al porvenir del país.
Yo le notifiqué que
no tenía autorización para conceder ese permiso, pero que, en obsequio de él,
telegrafiaría al Supremo Gobierno pidiéndole instrucciones sobre el particular,
que él por su parte podía dirigirse al Presidente de la República directamente,
remitiéndome su mensaje al cuartel general, para que por este conducto fuera
despachado.
El archiduque se
manifestó contrariado por la contestación que yo diera, pero luego, con
insinuante modo, me manifestó que agradecería que el señor Juárez conociera su
deseo.
En seguida me
preguntó si le sería permitido al coronel López que lo viera para hablar con
él; yo le manifesté que no había para ello inconveniente alguno, que tanto
López como cualquiera otra persona podía verlo, previo aviso del cuartel
general.
Empezaba a
comprender que el coronel imperialista Miguel López no me había engañado en la
conferencia tenida conmigo, no obstante no haberse entregado prisionero el
archiduque en La Cruz, conforme lo había ofrecido.
El día 24 se me
presentó López pidiendo permiso para hablar conmigo reservadamente; convine en
ello y al efecto alejé de mi lado a mis ayudantes y quedé solo con aquel
individuo.
Éste me manifestó
que el emperador le había recomendado que se acercase a mí para suplicarme
guardara el más impenetrable secreto sobre la conferencia tenida conmigo la
noche del 14 como su comisionado, porque quería salvar su prestigio y condición
en México y Europa, los cuales se perjudicarían si se divulgaran los puntos de
aquella conferencia y sus resultados.
Contesté al enviado
del archiduque que para mí era del todo indiferente guardar o no la reserva que
se me pedía; que ni en uno ni en otro caso quedaba afectado mi honor ni el de
mi causa; que a él sí le afectaría directamente mi silencio, porque era bien
sabido ya que le criminaban sus compañeros como desleal para el archiduque, al
cual había vendido miserablemente.
Mas como yo dudara
también de la legalidad de esa petición, porque no tenía una prueba para
creerle, no quería celebrar con él ningún compromiso por juzgarlo impropio y
fuera de mi carácter.
López respondió con
toda indiferencia que le afectaba poco el fallo anticipado que se había dado a
su conducta, que él callaría, porque era para él un deber ceder en todo a los
deseos del emperador, a quien debía mucho y no podía ser ingrato con él.
Añadió que estaba
provisto de un documento que lo lavaba de cualquier mancha de que pudiera
inculpársele y que para darme a mí una satisfacción, solamente por las dudas
que hubiese manifestado yo, me enseñaba el documento expresado, consistente en
una carta que le dirigía el archiduque y cuya autenticidad me pareció
indudable.
Tomé una copia de
ella cuyo contenido textual es el siguiente:
Mi querido coronel
López.
—Os recomendamos
guardar profundo sigilo sobre la comisión que para el general Escobedo os
encargamos, pues, si se divulga, quedará mancillado nuestro honor.
— Vuestro
afectísimo.
— Maximiliano.
En seguida López me
preguntó si, por fin, no tenía embarazo en conservar ese secreto, puesto que en
nada le perjudicaba.
Contesté que me
reservaba yo la divulgación de él para cuando lo creyera conveniente y sin
comprometerme a un tiempo determinado.
López concluyó por
pedirme un pasaporte para México y Puebla por tener que arreglar algunos
negocios de familia, así como una carta de recomendación para el señor general
en jefe del cuerpo del ejército de Oriente; le mandé extender el pasaporte y la
carta por creer que debía desempeñar algún encargo especial del archiduque.
El 22 recibí del
Supremo Gobierno las órdenes para que fuesen juzgados por la ley del 25 de
enero de 1862, los generales Miguel Miramón, Tomás Mejía y el archiduque
Maximiliano de Habsburgo.
Del Convento de la
Cruz habían hecho pasar a los prisioneros al de Teresitas, por ser el local más
amplio.
Después pasé al
Convento de Capuchinos a los tres citados prisioneros, por estar el local
inmediato a mi alojamiento y además por tener las condiciones de seguridad y
las comodidades requeridas.
El día 28 les hice
una visita particular para saber qué necesidades tenían que yo pudiera
satisfacer y me impuse la obligación de verlos en su prisión dos veces por
semana.
Durante mi
permanencia en el cuarto destinado al archiduque, entró en conversación conmigo
sobre su posición asaz desgraciada y fue deslizándose hasta preguntarme cómo
trataría el gobierno republicano a los defensores de Querétaro.
Contesté que
conocía la ley porque se me ordenaba fuesen juzgados y que particularmente no
había recibido ningunas instrucciones; que esto me hacía comprender que el
Supremo Gobierno estaba resuelto a hacerla cumplir.
Vi conmoverse al
archiduque, pero de momento volvió a tomar el aspecto contristado que se notó
en él desde la toma de la plaza; realmente sufría moral y físicamente.
Como si no se
hubiese fijado en mi contestación, continuó diciéndome que me debía muchas
consideraciones y que éstas eran más apreciables, supuesto que se dirigían a un
hombre en la plenitud de la desgracia; pero que esperaba de mí todavía más; que
le concediera un favor señalado; que las obligaciones que este favor me
imponían, para mí no eran de consecuencias, pero que el concedérselo quedaría
aliviado del peso que gravitaba sobre su conciencia, porque, a pesar de poseer
ideas liberales, siempre se inclinaba hacia el recuerdo respetuoso de sus
ilustres antepasados.
Me manifestó,
sereno, que tal vez sería condenado a muerte y temía el fallo de la historia al
ocuparse un día de su efímero y escolloso reinado.
Me preguntó si me
había hablado el coronel López.
Con mi afirmativa
siguió diciéndome que no se encontraba con bastante fuerza de ánimo para
soportar el reproche que le harían sus compañeros de desgracia si tuvieran
conocimiento de la conferencia habida entre mí y López, por orden de él y que,
por lo mismo y no apelando a otro mérito, que a su situación, me suplicaba
guardara secreto sobre aquella conferencia, lo que no era difícil ni deshonroso
para mí.
Le manifesté que él
aparecía como una víctima de la traición de López a su persona, cuyo infame
acto era señalado ya con todos los horrores de una deslealtad execrable; que yo
no tenía interés en revelar nada de lo pasado; pero en verdad, más bien que
dirigirse a mí debía hacerlo con López, que era la persona que quedaba
moralmente lastimada en estos acontecimientos.
El príncipe
contestó que López no hablaría mientras yo callara; que el plazo que me ponía
para que no dijera el resultado final de la conferencia, era cortísimo,
"hasta que dejara de existir la princesa Carlota, cuya vida se apagaría al
conocer la ejecución de su esposo".
Como último recurso
a las súplicas del archiduque, le expuse que me parecía materialmente imposible
guardar ese secreto aunque López callara; porque sus defensores, sus generales,
los ministros extranjeros o la princesa de Salm-Salm, que empleaba cuantos
medios estaban a su alcance para salvarlo, no dejarían de hacer uso de las
versiones que corrían respecto de la traición de López y su incalificable
conducta hacia él como su jefe y protector.
A pesar de esto
volvió el archiduque a insistir para que guardara aquel secreto requerido,
significándome que la princesa Salm-Salm tenía prevención, no tan sólo para no
expresar nada en ese sentido, sino también para prevenir a las personas que por
él se interesasen, que en ninguna de sus gestiones se mezclara cualquier frase
que pudiera referirse a la deslealtad del coronel López, asegurándome que todas
esas personas cumplirían exactamente no tocando en absoluto al coronel citado.
La condición que
guardaba el príncipe, con su salud quebrantada, preso y juzgándose próximo a
ser sentenciado a muerte; su deseo de conservar, todavía aun después de muerto,
un nombre sin reproche, me conmovió y cediendo a un sentimiento de
consideración por aquel desgraciado reo, le ofrecí que guardaría su secreto
mientras las circunstancias no me obligaran a levantar el velo con que hasta
ahora he cubierto los precedentes que violentaron la toma de la plaza de
Querétaro el 15 de mayo de 1867.
A las siete de la
mañana del 19 de junio de 1867, los generales don Miguel Miramón, don Tomás
Mejía y el archiduque de Austria Fernando Maximiliano de Habsburgo, fueron
pasados por las armas, conforme a los mandatos de la ley.
Señor Presidente;
la larga exposición de los hechos que acabo de narrar, tomándolos del diario de
operaciones del cuartel general del ejército de operaciones, es la verdad
histórica, que deposito en manos del supremo magistrado de la nación para los
fines que crea más convenientes.
México, julio 8 de
1887.
Mariano Escobedo.
General de división retirado.
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