miércoles, 4 de abril de 2018

Un Coronel repudiado


“El compadre López”
Víctor Manuel López Wario
Una mínima ventaja de este confinamiento es la posesión absoluta del tiempo y, con ello, la posibilidad de aclarar todas las dudas en la memoria colectiva de la biblioteca. Salvo temas considerados de riesgo para la seguridad personal, uno obtiene en préstamo los textos deseados. Fuera quedan los que tratan de posiciones, venenos, armas o artilugios para la destrucción colectiva o personal —lo que reduce enormemente el acervo—. A más, bajo el principio de inscripción, disponemos de quince minutos en el uso controlado de la herramienta moderna del internet. Si bien, bajo circunstancias normales, quince minutos son prácticamente nada, aquí uno espera tranquilamente el turno correspondiente para consultar; porque el tiempo aquí, es todo.
                Un día entre muchos amanecí con el penoso complejo napoleónico. Hurgué desesperadamente hasta  saber de buena tinta la estatura del Napoleón, de” le Petit Caporal” (el pequeño cabo), el general Bonaparte. Supe que su altura era —según las variadas medidas tomadas en vida— 1.68 o 1.69 o 1.70 metros.  Él, que apareciera generalmente entre la Guardia Imperial y junto a sus mariscales, aparentaba menor estatura. Esa noche dormí apaciblemente ya que esforzadamente erguido, llego al 1.70 metros.
                El horario estricto y disciplinadamente practicado día con día aporta poco a la adormecida tensión personal matizada por la persistencia en la interrogante de ¿qué es éso lo colocado en el plato con membrete de alimento? o los murmullos de los asilados durante la noche, el enojo de más de uno por el obligado baño diario o la pérdida de un calcetín, la privada elección musical que no a todos gusta…etcétera.
Un mal día, en este mundo de seres subterráneos, esquivos, de los que raramente descubrimos en nuestro entorno, supe de la visión y versión común —que no oficial— de: “Cuando el general Miguel Miramón planeó romper el sitio, el fin se precipitó con la traición del coronel Miguel López, quien, en la madrugada del 15 de mayo, entregó la vital posición de la Cruz a los sitiadores, quedando la ciudad a merced de los liberales.” Entonces, con todo y el gerundio, el hecho de que algún antecesor —tío tras tatarabuelo quizá— cometiera tal acto afrentoso me privó del descanso necesario en esta continuidad ilimitada de los quebrantados por el déficit de atención.
En búsqueda de la salvación familiar hurgué entre los pocos libros disponibles. Fue una labor abrumadora pasar páginas y entender los diferentes testimonios vestidos con tipografías diferentes y lenguajes antiguos o apropiados al momento del historiador. Encontrar la vergüenza y rencores acumulados sobre alguien que ahora es sólo un nombre, una mancha sobre un expediente. Páginas para el deshonor y la frase supuestamente expresada por la esposa “del propio López la cual —según el Barón Magnus—, cuando el coronel regresó a su casa en Puebla clamara: “¡Ay, Miguel!, ¿qué le hiciste a nuestro compadre? ¡Si no lo traes aquí a salvo, no te volveré a hablar nunca!”.
Con respecto al fusilamiento al Emperador Maximiliano y con él, a los generales Tomás Mejía y Miguel Miramón (a las 7:15 de la mañana del 19 de junio de 1867 los tres al mismo tiempo que contradice las versiones de un fusilamiento individualizado de derecha a izquierda—Maximiliano, Miramón, Mejía—), una amplia bibliografía dictamina que el asunto no fue de importancia exclusivamente local, el pintor Édouard Manet realizó una gran pintura al óleo denominada “El fusilamiento de Maximiliano” conocida en su momento en su Francia natal.
Al principio aquello resultó un caos mayor: nombres y uniformes, galas y explosiones, muertos apilados, números de bajas de un lado negadas por el otro con afirmación contraria, hoy triunfan aquellos, mañana apabullan al enemigo.
Pausadamente encontré “el perfil”. En lo general, “los buenos” aparecían en conjunto y de entre hojas y hojas —que en incontables ocasiones me lastimaran los dedos—, encontraba aislado el nombre maldecido del coronel. Parecía que aquel infausto personaje viviera separado de los demás contemporáneos. ¿Cómo era posible que alguien con mérito menor y desconectado del gran reparto heroico fuera, al final, el catalizador de la tragedia? “Es difícil explicar cómo, conociendo estos antecedentes, Maximiliano accedió a llevar a la pila del bautismo a un hijo de Miguel López. Aunque por otra parte, es fácil explicarse la traición del coronel: traidor una vez, traidor siempre. Pero... ¿de verdad López fue un traidor? Hay traiciones, en la historia, que siempre han aparecido bastante claras, por así decirlo. Pero de otros sucesos no se sabrá nunca si fueron eso, traiciones, o no lo fueron. Por ejemplo, a nadie, en Querétaro, le quedaba duda de que Márquez había traicionado a Maximiliano porque no regresó a esa ciudad como había prometido. Sin embargo, algunos historiadores dicen que Leonardo Márquez, a quien lo maldito no le quitó nunca lo buen militar, calculó que si Porfirio Díaz tomaba Puebla, el general republicano quedaría en libertad de avanzar sobre la capital y evitar así que Querétaro recibiera auxilios. La decisión de Márquez de  atacar a las tropas de Díaz, dicen esos historiadores, fue la correcta. La derrota que en San Lorenzo le infligió el general oaxaqueño al ‘Tigre de Tacubaya’ le impidió a éste marchar más tarde a Querétaro: no hubo, pues, traición alguna.” En las historias, él —el coronel Miguel López— quedaba relegado en el reparto para no contaminar la referencia de otros seres mejores y sin imperfección.
En su tesis “Análisis de la narrativa testimonial sobre el sitio de Querétaro” (UAM, 2011), Juan Alfonso Milán López, inserta escuetamente en la cronología de hechos: “Mayo 14-15. El coronel Miguel López se entrevistó con Mariano Escobedo para negociar la entrega de la plaza.”
Y más adelante (en las páginas 70 y 71): “Si por un lado Albert Hans reconoció siempre las virtudes de los oficiales republicanos, por otro calificó severamente (a) sus adversarios de línea, a quienes tildó en varios momentos como ‘insurrectos’, ‘traidores’ o ‘disidentes. En lo tocante a personajes importantes en la historia del sitio, Hans sostuvo una marcada animadversión hacia el doctor Vicente Licea y su compañero de armas, el coronel imperialista Miguel López. Por ambos expresó menosprecio, y les atribuyó los vicios de la injusticia y cobardía. Contra el primero, por haberle confesado a las autoridades republicanas que en su casa se encontraba Miramón, herido de una bala. Respecto a López, señaló que el origen de su vicio se relacionaba con el inminente peligro que corría su vida al momento que cayera la plaza. ‘Muchos buscan la salvación, [...] sacrificando, si necesario es, a sus compañeros y a sus jefes’. Hans argumentó que era natural que ante una situación tan desesperada como se encontraba el Emperador, existiera un traidor, y el coronel Miguel López fue una traidor ‘universalmente conocido’, cuya ingratitud e infamia, no alcanzaba a manchar a aquellos que pelearon con honor durante la guerra. Hans acusó a Miguel López de actuar con alevosía y ventaja ya que había entrado en relación con el enemigo mucho antes de la caída de Querétaro, el 15 de mayo había conducido hasta el interior de la Cruz al general republicano Francisco Vélez. Alegó que procedió como lo hizo por venganza, al no poder obtener el grado superior al que siempre había aspirado. ‘Su espíritu limitado, su corazón sin nobleza no le permitieron contemplar a sangre fría una muerte próxima y sacrificarse como lo hicieron Miramón, Mejía y Méndez’. .. Además de traicionero, había actuado con interés y avaricia, pues la entrega del Emperador le había significado obtener una retribución económica.”
En la página 263 de “Maximiliano y Carlota”, Egon Caesar Conte Corti asienta: “Entre los oficiales subalternos que Maximiliano trajo consigo, sobresale el coronel López, un oficial de aire completamente europeo, de bien torneada figura, facciones agradablemente dibujadas y refinadas maneras, impecable y elegante en su cabalgar. Pertenece al cuartel militar de Maximiliano desde 1864; a la llegada del Emperador… supo en seguida captarse la gracia de éste, aunque no la de sus compañeros, de los cuales no era muy querido.” Amplía en las páginas 271 a 274: “Entre tanto, el coronel López ha substituido al Príncipe Salm- Salm como consejero. El nuevo privado sabe despertar en el Emperador la confianza que una inteligencia con los republicanos y con Juárez es algo que podría aún obtenerse. López distingue claramente que las cosas no pueden continuar ni un momento más en aquella forma. Y tiene a todos, y por lo tanto a él también, por perdidos, si en los últimos instantes no logra hallarse una solución pacífica.
“Según parece, había recibido algunas indicaciones del campo republicano. Los generales conservadores contemplan con desconfianza la creciente intimidad de Maximiliano con López, y especialmente el plan que parece tener el Emperador de entregarle el mando superior del ejército. Nunca les ha sido simpático aquel hombre y temen que les traicione para salvar al Emperador y salvarse él mismo. Se dirigen, pues, a Maximiliano y le hacen presente, que en cierta ocasión, en el año 1847, fue expulsado López del Ejército por desobediencia, y que es una personalidad tenida por turbia y sospechosa. Si López pensara al principio obtener el perdón para todos, y vino a topar con una rotunda negativa a sus pretensiones, ahora, luego de lo acaecido, no se cree obligado a guardar consideración alguna a los demás. Sólo pretende ya salvar su persona y la de Maximiliano, que fue su bienhechor en todo momento.
“Los generales convencen al Emperador de que intente otra salida, y escogen para ello el día 10 de mayo. Pero López hace presente al Monarca la inminencia de un acuerdo, el Emperador decide diferir el ataque y fija para el 14 el Consejo militar que ha de resolver en última instancia. El 13 por la tarde se dirige López, a espaldas de Maximiliano, al campo enemigo y comienza allí unas negociaciones. Un día después, el Consejo militar de Querétaro señala que el ataque ha de comenzar a medianoche entre el 14 y el 15. Se han llevado ya a cabo todos los preparativos. Hacia las once de la noche se presenta López al Emperador y permanece largo rato con él en animada conversación. Maximiliano concede al coronel una medalla del valor y le ruega una bala liberadora para él en caso de que no logre escapar del cautiverio. López le expone que existen todas las probabilidades de obtener un acuerdo moderado que ponga a salvo el honor tanto del Emperador y de su ejército, como de la ciudad y sus habitantes. En general es un cuadro optimista en exceso; pero López ha de presentarlo así a los ojos del Emperador, para decidirle a que aplace para la noche siguiente el proyectado ataque.
“Poco después de su entrevista con el Emperador, dirigióse López secretamente al campamento de Escobedo. Fue acogido como el día anterior y conducido a presencia del Comandante general. Éste, ya en la primera entrevista, pudo ver corroborada por las palabras de López la desesperada situación de los imperiales, que conocía sobradamente por las manifestaciones de los fugitivos. Y de estos datos dedujo, naturalmente, la actitud a tomar. Implacable, exige una rendición sin condiciones y aun amenaza al propio López, si no se pone inmediatamente al lado de los republicanos y les entrega el convento de la Cruz, cuya guarnición manda. Pera el caso de que López acceda a tales pretensiones, le prometen seguridad y libertad para él y facilidades al Emperador para ponerse a salvo. Escobedo considera que si Maximiliano cae en manos de Juárez no significaría para éste más que una perplejidad y cree que el Presidente le quedaría agradecido si dejaba escapar bajo mano al Emperador. López acepta en principio la propuesta. En favor de los generales conservadores que le calumniaron y desacreditaron no está dispuesto a dar un solo paso. Escobedo le deja comprender que ha de encargarse de apartar al Emperador oportunamente, al cual no se pondría ningún obstáculo para dirigirse donde le pluguiese, aunque no podía prometer nada en concreto. Bien entendido de que López entregaría a los republicanos cuanto estuviese en su mano.
“El coronel acepta el pacto y se dirige al convento de la Cruz, donde tenía su Cuartel general, para comenzar los preparativos relativos al caso. Da la orden de que sean retiradas las guardias y los cañones en las encrucijadas y caminos. Mientras, Escobedo dispone se prepare con gran sigilo la ocupación del convento de la Cruz y de la ciudad a las dos de la madrugada. En el intervalo regresa López al Cuartel general de Escobedo para ponerse, con los jefes republicanos, a la cabeza de las columnas de avance.
“Cuando alcanzan las líneas imperiales, López se da a conocer a los guardias que quedaban aún; éstos rinden las armas y son detenidos inmediatamente. Todos los destacamentos de vigilancia fueron sorprendidos de tal manera, en forma que los juaristas ocuparon el Cuartel general de los imperiales sin disparar un solo tiro.
“Entre tanto, el Emperador, que después de la entrevista con López no se acuesta hasta la una de la madrugada, de puro excitado no puede en manera alguna conciliar el sueño. A las dos y media se ve atacado de una tan fuerte descomposición de vientre que es preciso despertar al doctor Basch para que le atienda. El médico permanece con el Emperador cerca de una hora, hasta que éste cae en un breve sopor.
“Ya en esto, a las cuatro y media de la madrugada, después de haber dado entrada a las tropas enemigas en el Cuartel general del Emperador, irrumpe López en el dormitorio del Príncipe de Salm- Salm y le grita con voz alterada y rostro descompuesto: ‘Aprisa, salvad al Emperador, el enemigo ocupa el convento de la Cruz’. Y sin más cierra la puerta de golpe y huye. El secretario privado del Emperador, Blasio, recibe un aviso igual de uno de los conjurados de López. Al punto acude a donde está Maximiliano y le expone la situación. Aplanado y pálido por la mala noche, pero relativamente sereno, se levanta el Emperador, se viste y se ciñe la espada. Mientras Maximiliano baja la escalera, se le acerca el Príncipe Salm-Salm y agarrándole  con fuerza, en su excitación, el brazo izquierdo, le dice: ‘¡Majestad, hemos llegado al instante decisivo: el enemigo está aquí!’
“Cuando el Emperador, con sus cuatro acompañantes, traspone el portal de la casa, de pronto, unos soldados juaristas le cierran el camino. Aparecen entonces López y un general liberal, y señalando a los hombres que salían de la casa dicen: ‘Son simples ciudadanos y pueden pasar’.
“Así se cumple la promesa dada a López de facilitar la fuga al Emperador. Pero las ideas de Maximiliano no van en sentido de su propia seguridad, sino antes en la del destino que aguarda a sus generales Miramón y Mejía, a quienes manda buscar al punto para comunicarles que él se dirige al Cerro de la(s) Campana(s), que acudan allí sin pérdida de tiempo con las más fuerzas que puedan. Con ello no había contado López. Maximiliano rehúsa también el ofrecimiento de procurarle un escondrijo seguro. En el momento del peligro no quiere esconderse.”
Adelante, en la página 293: “En Inglaterra, corre de boca en boca el juego de palabras de que el archduke (el archiduque) había sido el archdupe (el gran engañado) de Napoleón. El Emperador (Napoleón III) ha de contar con un resultado político muy grave, el apartamiento de Austria en unos momentos en que Francia se ve amenazada por Prusia.”
Y éste posible antepasado aparece incluso en el descrédito a Carlota bajo la infamia de frágil en asuntos del sexo: “…Carlota cede muy poquito ante Eros, tal vez en el primer encuentro con Maximiliano y en el principio de su matrimonio, pero no pierde el dominio y no se habrá de rendir a la invitación del sexo, por ello es que pienso además, que no se puede sostener el argumento de que tuvo unos affaires amorosos con algunos personajes como el teniente coronel Van der Smissen, el capitán francés Charles Loysel, su compadre Miguel López de quien se dice traicionó a Maximiliano en el sitio de Querétaro, su caballerizo (de quien se dice, pudo estar embarazada), o el coronel Feliciano Rodríguez. Es evidente a través de la correspondencia de Carlota y del análisis histórico de sus intervenciones en el Imperio y aun antes de su llegada a México, que el interés de Carlota esta puesto en el ejercicio del poder. Hay un planteamiento de Quignard, que me parece muy acorde al lugar en el que está situada Carlota y es cuando señala, cómo es que el poder no puede estar ligado al amor, sólo puede estar ligado al deseo, así él se pregunta: “¿Cómo podría la dominación ser dependiente de la dependencia?”
A falta de más libros, por cerca de un mes esperé la aprobación para otros quince minutos de internet. Las festividades exigían y los habitantes del reducido mundo compartido reaccionaban a la obligada convivencia a distancia.
En ese lapso paseaba por los pasillos y el jardincito al rítmico repiquetear de los improperios machacones de don Martin De Las Torres al reproducir íntegramente la carta del príncipe de Salm-Salm: “Por si al lector le quedase la curiosidad de saber lo que se hizo el tristemente célebre jefe que vendió la guarnición de Querétaro, diremos algo que llene este vacío aun que nos cause cierta repugnancia ocuparnos de un hombre que faltó a lo más sagrado que hay en el mundo.
“El traidor López fue despreciado hasta por los mismos republicanos, siendo tan grande el sentimiento de repulsión que a todos inspiraba, que poco después de la entrada de Juárez en Méjico se dijo que el antiguo jefe de la escolta del Emperador había sido asesinado en una fonda por un ciudadano mejicano.
“La noticia no resultó exacta; pero acusado sin duda López por los remordimientos que continuamente deben atormentarle, publicó un manifiesto tratando de disculparse por su feo delito, á el cual contestó el príncipe de Salm-Salm en estos términos:

“Sr. López.
“En el manifiesto que habéis dirigido a vuestros compatriotas, a la Francia y al mundo, apeláis a mi testimonio en apoyo de que Querétaro no cayó por traición, y aunque por hallarme preso hace cinco meses no he tenido conocimiento de vuestro audaz llamamiento, ahora que me es conocido me cumple declarar que vuestros asertos son en todo y por todo mentirosos.
“A mi vez, apelo a la respuesta que os ha sido dirigida por mis compañeros de cautividad en Morelia, titulada: ‘Refutación del folleto de Miguel López sobre la toma de Querétaro’ y declaro que cuanto en dicha refutación se contiene es conforme a la verdad y expresa mi propia opinión sobre el asunto. Os atrevéis a decir a la faz del mundo que Querétaro fue tomado á viva fuerza; que el Emperador os mandó en aquella fatal noche que trataseis con el enemigo; que el ejército estaba desmoralizado; que no era posible salir de la plaza, y que retáis a que se os pruebe que hubo traición por parle vuestra.
“Declaro pues a la faz del universo que Querétaro cayó por traición y que esta fue obra vuestra exclusivamente; que fuiste traidor a ciencia cierta y que vuestras manos se hallan tintas con la sangre del que fue vuestro soberano y vuestro bienhechor.
“Es falso que el Emperador os encargase de tratar con el enemigo.”
Aquí sigue un enlistado iniciado con el “¿cómo?” repetido insaciablemente en la Historia del Segundo Imperio en México para cerrar:
“Retáis a que os hagan cara los que os acusan de traidor. —Yo acepto el reto y os denuncio como a tal. — Confío que el gobierno no se opondrá a lo que deba seguirse. Dentro de pocos días salgo, con varios de mis compañeros de cautiverio, para Oaxaca. — Allí me encontraréis pronto a responderos con las armas en la mano de cuanto acabo de decir. — Os declaro al mismo tiempo, que declino sostener con vos más contiendas por escrito.

“Félix, príncipe de Salm-Salm, prisión de los Capuchinos.
“Querétaro 22 de octubre de 1867.

“Después de lo que afirma el ayudante de Maximiliano, no debe quedar la más mínima duda sobre la perversa conducta observada por López. Este desdichado ha sido exonerado de la cruz de la Legión de honor que ostentaba en su pecho, y por doquiera que se le ve se oye exclamar: ‘Ahí va el traidor que además de vender a sus compañeros de armas, faltó a la confianza y la gratitud que debía a su soberano’.”
En su aporte a la tragedia en Querétaro,  Martin De Las Torres remata a renglón seguido en su aporte histórico con esta frase desconcertante:

“Miguel López es hijo de Méjico.”
Un contribución más al cargo de traición: “…Pero el coronel Miguel López, en quien confiaba el Emperador (que era padrino de uno de sus hijos), traicionó a las fuerzas  imperiales. Los republicanos entraron a Querétaro y el 15 de mayo de 1867 Maximiliano y su séquito se rindieron.”
Abajo, en la nota del editor queda: “Miguel López (1825-1891), militar nacido en la ciudad de Puebla. Fue jefe de escolta de Maximiliano y Carlota.”
                En “Juárez y Maximiliano” de Enrique Krause yace escuetamente la acusación: “La defección de un coronel López, a quien había hecho su compadre, precipita su captura.”
Y don José C. Valdés va más allá, contradice la descripción que del coronel Miguel López deja Egon Caesar Conte Conti y desacredita al mismo general Escobedo: “Aseguró don Mariano (Escobedo), luego de hacer algunos ridículos políticos en la posguerra, que el coronel Miguel López, comandante de un regimiento imperial había llevado cerca de él la misión del emperador a fin de tratar la entrega de la plaza; y para justificar el hecho, López exhibió un documento supuestamente escrito y firmado por Maximiliano, que ha quedado como documento falso, presentado no para servir a la historia, sino a la política nacional.
       “López no era individuo con alcances ni figura para hablar en representación del emperador ni éste, educado en la escuela del Alto Honor, y poseedor de incuestionable majestad, que sólo el partidismo vulgar le pudo restar, capaz de entregar su dignidad a un coronel que no veía más allá que un sargento…”
Eduardo Philibert Mendoza a más de narrar el estado físico del Emperador y las circunstancias durante la noche del 14 de mayo, afirma los hechos acaecidos por la traición e inclusive asienta el monto y el cómo de la muerte vergonzante del traidor: “…. Por una traición cayeron prisioneros un emperador, once generales, seiscientos oficiales y siete mil soldados, dando término al sitio más prolongado de la historia de México…
“El traidor, coronel Miguel López, recibió un pase que le garantizó absoluta libertad de movimiento. Abandonado y desprestigiado aún por su familia, López vivió algunos años en la ciudad de México, donde fue mordido por un perro rabioso que le causó la muerte”. Versión grosera y tremendamente diferente a la de don Martin De Las Torres.
De la Carta del general de división en retiro, Mariano Escobedo al Presidente de la República (Porfirio Díaz Mori), con fecha del 8 de julio de 1887, selecciono con gran dificultad —dada la importancia de cada uno de los conceptos— únicamente los siguientes pasajes:

“Los acontecimientos pasados hace 20 años en Querétaro, ha venido a removerlos en la actualidad la aparición de un folleto escrito en francés y publicado en Roma por el señor Víctor Darán y cuya publicación tiene por título ‘El general Miguel Miramón.’
“Estando la narración… escrita bajo un color enteramente inexacto… y que se relaciona con la supuesta traición de López… a su soberano y vendiendo a peso de oro su consigna, la plaza cayera en poder del ejército mexicano…
 “La cuestión se reducía únicamente a dos personalidades: la mía… y la del coronel imperialista Miguel López, intermediario, en efecto, entre el archiduque y yo…
“… hoy, que uno de mis compañeros de armas asienta hechos que en su calidad de jefe subalterno no le era posible conocer… 
“El coronel imperialista Miguel López, aunque infidente para con la patria, ni traicionó al archiduque Maximiliano de Austria, ni vendió por dinero su puesto de combate…”
En seguida establece la secuencia de hechos que le llevó a establecer trato con el “conspirador” coronel Miguel López para reproducir la carta aceptada o rechazada por los historiadores en el tiempo de su labor:

 “Tomé una copia de ella cuyo contenido textual es el siguiente:
“Mi querido coronel López.
“Os recomendamos guardar profundo sigilo sobre la comisión que para el general Escobedo os encargamos, pues, si se divulga, quedará mancillado nuestro honor.
“Vuestro afectísimo.
“Maximiliano. (Firma)

El general en retiro Mariano Escobedo informa, para terminar su carta, la exoneración del cargo de traición al coronel Miguel López en palabras del propio emperador caído en desgracia, quien al reiterarle (al general Mariano Escobedo) la solicitud de secrecía por concepto de honor:
“Contesté que me reservaba yo la divulgación de él para cuando lo creyera conveniente y sin comprometerme a un tiempo determinado.
“El príncipe contestó que López no hablaría mientras yo callara; que el plazo que me ponía para que no dijera el resultado final de la conferencia, era cortísimo, ‘hasta que dejara de existir la princesa Carlota, cuya vida se apagaría al conocer la ejecución de su esposo’.”
En la página 330 de “Proceso y Ejecución vs. Fernando Maximiliano de Habsburgo” (versión en PDF),  Jorge Mario Magallón Ibarra asienta: “En el relato que Basch atribuye a este último (José Rincón Gallardo)—omitiendo precisar si lo presenció, vio o escuchó— haber referido con detalle cómo habían entrado las fuerzas republicanas con la complicidad de López, agregando que las versiones que éste había propalado —en el sentido de que el archiduque lo había enviado al campo enemigo para negociar— eran solamente falsedades, ya que en realidad, había sido López el que había introducido al primer destacamento del batallón ‘Supremos Poderes’, aprovechando un boquete de la pared externa.”
“De que la muerte de Maximiliano era necesario para garantizar el futuro de México, ningún mexicano lo creía, ya que sabían, que si él regresaba a Europa nunca más se hubiera inmiscuido con problemas de México. Suponiendo que Maximiliano hubiera regresado a Europa, lo hubieran considerado como un ‘Emperador aventurero y fracasado’ por querer conservar su inmerecida corona y condenado a vivir con su desquiciada esposa y vivir enterrado en vida, en su castillo de Miramar.
“En cambio con su muerte en el Cerro de las Campanas, un Habsburgo, que aunque fracasó en su intento, murió luchando por su causa.”
(Queda para la interpretación de favorecedores y detractores la Versión original del propio Miguel López en su capítulo XI de la obra arriba citada.)
“José Luis Blasio, secretario de Maximiliano, conoció los entresijos del Imperio y la vida privada del archiduque austriaco, a quien quiso entrañablemente. Años después, movido por la indignación que le causó la discusión sobre las traiciones de Leonardo Márquez y de Miguel López decidió escribir el libro para referir los hechos que a él le constaron.”
Para la historia mexicana resulta prácticamente desconocida la entrevista  realizada por el Barón Gustav Gotkowski al General Mariano Escobedo en 1897, durante un viaje de Celaya a México, en el transcurso de la cual y al finalizar afirma:

“… Maximiliano había hecho jurar a López que jamás divulgaría las gestiones que por su orden había intentado ante mí, y López mantuvo su palabra, sufriendo estoicamente hasta su último día el oprobio y la infamia que se vinculan al nombre de un traidor. Yo mismo guardé silencio durante largos años sobre las proposiciones del Archiduque, y si he creído conveniente restablecer la verdad de los hechos, es que estimo que ya es tiempo de poner término a una leyenda que ha durado demasiado, y que es justo dar al César lo que es del César.
 “Maximiliano nunca confesó, ni a sus más fieles amigos, las entrevistas secretas que había hecho celebrar conmigo...”
Conversación que corre parejo con la visión y versión del coronel Miguel López acallada inexplicablemente (o, muy explicablemente).
Y dejo para el final la favorecedora y lúcida opinión de don Agustín Rivera que en sus “Anales mexicanos: La Reforma y el Segundo Imperio” arguye: “Filosofía de Ia Historia. La Carta al Conde de Bombelles es el Aquiles de los defensores de Maximiliano, alegando que en ella se queja de la traición de Miguel López, y deduciendo de esto que el Emperador no tuvo parte en la entrega de la plaza. Pero nada más débil que este argumento. Porque Maximiliano no habla de traición de Miguel López, sino de traición en general, y en buena lógica todas las probabilidades prueban que se quejó de la traición de Napoleón lII y no de alguna traición que al mismo Maximiliano le hiciera López. 1º. Porque Maximiliano se quejó muchas veces de la traición de Napoleón, de que al retirar sus tropas de México antes del tiempo estipulado en el Convenio de Miramar, lo engañó y lo dejó entregado en manos de sus enemigos, y nunca se quejó de alguna traición de López; 2º. Porque en la hipótesis de que López hubiera traicionado a Maximiliano, de las dos traiciones, la principal y la que pesaría más en el corazón de Maximiliano era la de Napoleón; porque retirando éste sus tropas de México, con Miguel López o sin Miguel López, Maximiliano tenía que perecer; con la entrega de la plaza de Querétaro y sin la entrega de la plaza, tenía que morir; 3º. Porque Maximiliano en su carta a un miembro de la Corte de Viena, como era el conde de Bombelles, deseaba dejar en la Corte de Viena una memoria perpetua de una célebre traición por la que había fracasado su Imperio. Era decente a Maximiliano quejarse ante la Corte de Viena de la traición de Napoleón, y no habría sido decente, sino ridículo, quejarse arte la Corte de Viena de la traición de tu compadre Miguel López; porque todos los dignatarios que componían aquella corte habrían dicho: ‘¿qué nos importa un negocio de compadres? Él tuvo la culpa en fiarse de su compadre y en no haber tenido talento para elegir sus jefes’; mientras que Maximiliano no tenía culpa alguna en haberse fiado de la palabra de un Soberano de Europa; 4º. ¿Por qué Maximiliano al hablar de traición no estampó con franqueza el nombre do Miguel López para alejar toda ambigüedad? ¿Por qué al hablar de la lealtad de sus generales, de sus generales y de todo su ejército, en el que estaba incluido Miguel López, no incluyó terminantemente a éste? Si en su carta al Conde de Bombelles se hubiera querido referir de una manera paliada a Miguel López, esto provocaría reminiscencias del carácter falso de Maximiliano, aun con sus amigos. Haría notar la diferencia entre el hecho de no haberse quejado jamás de Miguel López en Querétaro, por que conociese que su queja llegaría fácilmente a oídos de López, y el hecho de quejarse de López en una carta privada remitida a Viena, por que conociese que su queja no llegaría fácilmente a oídos de López, máxime absteniéndole de mentarlo en la carta.”
Y en el apéndice de la misma obra en lo relativo a los años de 1870 A 1898, don Agustín Rivera establece: “Muerte del ex coronel Miguel López, de enfermedad, en la capital de México: 18 de abril de 1891.”

—ooo—

Ya tranquilo después de los muchos dicterios y las pocas pero serias argumentaciones en favor del vilipendiado militar, buscaré en las noches siguientes el descanso negado y a la vez, solicitaré reorientar mi cama porque según me afirman, este tipo de turbaciones me vienen porque seguramente durante la infancia dormía con el haz de luz de la luna sobre mi cabeza. ¡Quién sabe!
     La gente enmascara de tantas maneras la ignorancia o el error; la admiración, el recelo, el temor al reproche o al improperio son base para la distorsión del juicio personal, el calificativo mordaz resulta posible y cómodo cuando apunta hacia el flanco débil y viene ya preparado con “testimonios sensatos”, competentes…
Y hasta hoy permanece la incertidumbre el grado de parentesco del injuriado coronel Miguel López en el grueso tronco de la familia. Vaya uno a saber.

—Anexo 1—

(Entrevista realizada por el Barón Gustav Gotkowski al General Mariano Escobedo en 1897, viajando de Celaya a México.)

A pesar de algunos triunfos parciales, la situación del ejército sitiado era desesperada. Mis tropas, cuyo número crecía sin cesar, rodeaban la ciudad con círculo de hierro  que se estrechaba cada día más; en Querétaro escaseaban los víveres y las municiones, el tifo diezmaba los soldados; Maximiliano, que durante largo tiempo había esperado ver llegar de México al general Márquez con ejército de auxilio, no tenía ya ilusiones a este respecto: sabía que, bloqueado por el ejército del general Díaz, Márquez no podía salir de la capital sitiada. Desalentado, vacilaba en continuar una lucha cuyo término no era dudoso. Fue entonces cuando despachó secretamente a mi cuartel general al coronel Miguel López, en el que tenía confianza absoluta, para hacerme en su nombre las siguientes proposiciones.
La ciudad y el ejército llamado imperiales rendirían a discreción, con la única condición de permitir a Maximiliano salir con su escolta de húsares húngaros para ganar un puerto del Golfo, Tampico por ejemplo, donde la fragata austriaca La Novara lo esperaría para conducirlo a Trieste. Una vez a salvo a bordo de este navío, Maximiliano se comprometía, no solamente a firmar su abdicación, sino a reconocer al gobierno republicano del Presidente Juárez. Además recomendaba a la clemencia de la República, a los generales y oficiales que había combatido con él.
Usted comprenderá la gran impresión que me causaron esas declaraciones, pero yo no tenía autoridad para aceptarlas, ni siquiera para discutirlas. Jefe de ejército, mi papel era puramente militar y de ninguna manera político; así lo dije al coronel López, agregando sin embargo que yo trasmitiría fidelísimamente cuanto él acababa de decirme al gobierno —el cual se encontraba entonces en San Luis Potosí— y que me atendría a sus órdenes.
El coronel López se retiró tan misteriosamente como había venido, y fue a dar parte al Archiduque de la conversación que conmigo había tenido.
Tal como yo la había prometido y como era mi deber, trasmití por correo especial al gobierno las proposiciones del Archiduque. La respuesta no se hizo esperar. Era neta y categórica: —Nada de condiciones. Maximiliano debe entregarse a discreción: la justicia militar decidirá su suerte.
La noche siguiente al día en que yo había recibido la respuesta telegráfica del gobierno, el coronel López se presentó de nuevo ante mí, provisto de un documento que acreditaba sin lugar a duda, su calidad de enviado de Maximiliano.
— ¿Y bien? — me dijo— ¿acepta el gobierno? El Emperador saldrá de Querétaro mañana en la noche; indíqueme usted el punto por donde debe pasar; yo lo acompañaré hasta a bordo de La Novara.
Por toda respuesta puse ante los ojos del coronel el despacho del gobierno. Él palideció horriblemente, se quedó un instante silencioso y después irguiéndose ante mí, con una voz que pugnaba por ser firme, dijo:
— ¡Pero esto es la muerte! ¿Lo ha pensado usted general? La muerte ¡Es horrible!
—Es la justicia coronel, y será igual para todos. Vuelva usted a Querétaro y dígale a su soberano que no se haga ilusiones. Si quiere ahorrar sangre mexicana, si intenta no aumentar la cantidad de víctimas ya demasiado numerosa, no debe retardar un solo día su rendición.
Con estas palabras me despedí del coronel López, cuya emoción, notoriamente sincera, me impresionó acaso más de lo que yo hubiera querido.
Veinticuatro horas más tarde, López solicitaba una nueva entrevista y me rogaba a nombre de Maximiliano que insistiera ante el gobierno para que le permitiera salir de Querétaro.
—El Emperador empeña su palabra de caballero, de jamás volver a México, y para convencer a usted perfectamente de la resolución, he aquí —agregó López— el texto de una proclama que será publicada inmediatamente después de su partida. Después de dar las gracias a todos los que habían servido a su causa, el Archiduque los  impulsaba a unirse sin reserva a la República, única forma de gobierno posible en México.
— ¿Por qué no haber hecho esto hace tres meses? Ahora, se lo repito a usted, es demasiado tarde.
—Pues bien—repuso López— ya que el gobierno rehúsa acceder a la petición del Emperador, sea. Su Majestad renuncia a la lucha. Mañana en la noche (15 de mayo de 1867), haga usted ocupar el convento de La Cruz; entrará ustedes sin disparar un solo tiro, y el Emperador estará allí.
Así se hizo y el 15 de mayo, a las cuatro de la mañana, yo hacía ocupar el convento de La Cruz.
Maximiliano, acompañado del príncipe de Salm-Salm y del general Castillo se presentó algunos instantes después....Al entregarse algunas horas más tarde, en el Cerro de las Campanas, al general Corona, no hizo sino seguir punto por punto la resolución que había tomado y que López me había comunicado la víspera.
Maximiliano había hecho jurar a López que jamás divulgaría las gestiones que por su orden había intentado ante mí, y López mantuvo su palabra, sufriendo estoicamente hasta su último día el oprobio y la infamia que se vinculan al nombre de un traidor. Yo mismo guardé silencio durante largos años sobre las proposiciones del Archiduque, y si he creído conveniente restablecer la verdad de los hechos, es que estimo que ya es tiempo de poner término a una leyenda que ha durado demasiado, y que es justo dar al César lo que es del César.
Maximiliano nunca confesó, ni a sus más fieles amigos, las entrevistas secretas que había hecho celebrar conmigo...”

—Anexo 2—
“Proceso y Ejecución vs. Fernando Maximiliano de Habsburgo”. Capítulo XI (versión en PDF),  Jorge Mario Magallón Ibarra.
Versión Original del Coronel Miguel López
Muchos interesados acusaron al coronel Miguel López de haber traicionado a Maximiliano en Querétaro —obviamente con el propósito de entregar la plaza sitiada al ejército republicano— acogiendo esa versión, con el ánimo de argumentar la incapacidad militar de los hombres que actuaban bajo el mando del general Mariano Escobedo, así como para demeritar el enorme esfuerzo que habían realizado los mismos sitiadores durante la larga y penosa jornada bélica que vivía el país. Dentro de esa perspectiva, en los párrafos que anteceden hemos tomado en consideración diversas versiones sobre los acontecimientos con los que sobrevino la rendición del ejército imperial en Querétaro, entre los cuales se propalan enfáticamente, aquellos testimonios de los que hemos dado cuenta, que acogen la existencia de la traición. Sin embargo, resulta objetivo verificar que en esa versión no se valoriza la dramática situación que padecían aquellos que se encontraban dentro de dicha población, que día a día, constataban la merma de los elementos de su defensa. A la vez, consideraban que los efectivos de los sitiadores aumentaban constantemente y que, en esas circunstancias, era irremediable que alcanzaran la victoria definitiva.
En vista de lo señalado, para culminar los testimonios recogidos, ahora conviene escuchar la voz de aquel a quien se acusa de la infame traición: Miguel López, quien, apenas un mes después de haber concluido el proceso con la ejecución de Maximiliano y sus principales aliados, los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, dirigía un enérgico relato en defensa de su honor y del nacional, que concluía retando a sus detractores para probar lo que él calificaba como la espantosa acción que se le imputaba, ya que consideraba que “no había sido traidor sino desgraciado”.
En efecto, López hacía referencia a que en el periódico de Puebla denominado La Hoja Suelta, así como en uno de París intitulado La Franje y, también en dos de Estados Unidos conocidos como el Tribune y el Courier des Estats Unis, además de las murmuraciones que corrían tanto en México como entre los prisioneros de Querétaro, se decía que en las acciones correspondientes al sitio de la mencionada ciudad, había vendido el punto militar de la Cruz, que constituía el hecho que había permitido la derrota de la plaza, con todas sus tristes consecuencias y que tales acusaciones le obligaban a dirigirse al pueblo de su patria, al de Francia, así como a todo el mundo, dado que todos ellos estaban enterados de lo que ahí había acontecido, al grado de que con conocimiento de las circunstancias, pretendía que se le juzgara, con la confianza de que la conciencia pública lo exonerara de la infame mancha que habían intentado ponerle en la frente, ya que aseguraba “no había cometido traición”, ni faltado a sus deberes como soldado y amigo.
A partir de dichas afirmaciones, López narra que en todos los intentos realizados por el ejército sitiado, para romper el cerco que les confinaba, había tenido numerosas bajas, al grado que permanecían dentro de la ciudad ochocientos heridos, cuyo número podía dar el índice proporcional de los muertos, que incluía a muchos jefes y oficiales. En consecuencia, tantas bajas habían producido la desmoralización del ejército sitiado, que aumentaba rápida y progresivamente.
A la vez, los víveres se habían terminado y la tropa se alimentaba apenas con carne de caballo, sin pan ni tortilla, y con nopal cimarrón. Esa situación desmeritaba el vigor físico de los soldados; provocando un desaliento general, que hacía anticipar la inevitable derrota que ya se aproximaba, no obstante el ánimo que pretendía infundirles el infortunado Maximiliano.
A mayor abundamiento, López observaba que el parque que se construía en la maestranza de la ciudad era de pésima calidad, careciendo la pólvora del poder explosivo que necesariamente se requería y que esos factores coadyuvaban a la desmoralización general.
En el ambiente de profundo pesar que envolvía la condición de los sitiados, López asevera que en la noche del 14 de mayo fue consultado por el desgraciado archiduque, para conocer si tendría ánimo para salir en busca del enemigo, con el propósito de tratar con él. Ante su respuesta afirmativa, le mandó que con profunda reserva saliera, a fin de solicitar se le concediera permiso de salir con el Regimiento de la Emperatriz, así como con unas cuantas personas más de su séquito.
Cumpliendo con dicha orden, con las formalidades que se emplean para recibir a un parlamentario, fue presentado al general en jefe Mariano Escobedo. La conferencia que con él sostuvo no duró siquiera cinco minutos, en la que pudo expresarle el deseo del archiduque, a lo que el jefe republicano contestó que le informara que carecía de facultades de parte de su gobierno, para obsequiar tal petición, como tampoco podía conceder garantías, sino obligarlo a que se rindiera a discreción o batirlo. Que ante tal respuesta, se retiró y regresó a su campo hacia la medianoche; advirtiendo que Maximiliano lo esperaba, procediendo a interrogarlo sobre el resultado de su misión y si había dialogado con el mismo general en jefe.
Al conocer la respuesta, con notorio desconsuelo el príncipe austriaco dio órdenes para que desensillaran los caballos de su séquito, que obviamente se encontraban preparados para la salida. De ese relato, López concluye que la decisión del general Escobedo destruyó la última esperanza de Maximiliano, tomando en cuenta que la salida del ejército ya era imposible, aunado al estado de absoluta desmoralización y hambre que le afectaba.
Una vez ocurrido lo relatado, cerca de la medianoche Maximiliano se recogió en su alojamiento y, después de ello, López asevera que él se quedó en pie para recorrer su línea y que, al volver a la huerta de la Cruz, que era el punto principal de su vigilancia, repentinamente se vio cercado por tropa y oficiales con pistola en mano, que reconoció pertenecían a las filas enemigas que se encontraban bajo el mando del general Francisco A. Vélez, que en el acto le hicieron su prisionero.
A continuación —para distraerlos— le dijo al humanitario jefe militar que lo aprehendía, que cesara el derramamiento de sangre; conduciéndolo hacia el panteón que en dicho lugar existe, lo que le permitió aprovechar que al pasar —por conducto del teniente coronel Yabloski— mandó avisar a Maximiliano sobre la situación, así como la urgencia de que se salvara, ignorando que fue lo que ocasionara al archiduque su retardo en salir.
Hacia el amanecer, el príncipe se presentó con miembros de su séquito, que luego fue rodeado por soldados de la República; pero que el propio López les aseguró que el grupo que salía era de particulares y no de militares, al grado que logró que por esa razón no fueran aprehendidos.
En esas condiciones, Maximiliano salió a pie y que en un momento de confusión —que fue propiciado por el fuego de los soldados republicanos— se apoderó de un caballo abandonado, para alcanzar al desgraciado príncipe, quien le ordenó comunicara a sus tropas que lo siguieran hacia el cerro de las Campanas, invocando en apoyo de esa versión el testimonio del príncipe Salm, de Yabloski, de Pradillo —a quien caracterizaba una veracidad proverbial— del doctor Basch, de José Blasio y dos criados, además de los oficiales republicanos que se encontraban presentes.
En el análisis de la consecuencia de su conducta, López asevera que logró salvar en ese momento a Maximiliano, pero que no puede imputársele traición porque en la línea castrense que se encontraba bajo su responsabilidad, había 1,500 hombres que formaban la brigada de reserva, que constantemente vigilaba todos los movimientos y que, además hubiera necesitado la complicidad de al menos doce o catorce oficiales que mandaban los puntos del perímetro de la Cruz.
La realidad se puede entender en razón de la rapidez y audacia con la que el general Vélez había ejecutado sus movimientos, así como por la forma en la que había sido secundado por sus subordinados, que verdaderamente sorprendieron a los sitiados, obviamente rendidos por la fatiga, combinada con la carencia de relevos, que estimulaban a la vez, el hambre y desaliento que les asediaban.
Vélez se había introducido por una tronera desocupada de la barda, permitiéndole dirigirse a la huerta, de la que se pasaba al convento por una puerta estrecha, pero quien pasara por dicho lugar, corría el riesgo inminente de quedar expuesto al fuego de las alturas.
A lo anterior, López agrega que después de la mencionada puerta se atravesaba un patio y que tanto dicha puerta como el patio —por su colocación— eran susceptibles de una eficaz defensa, que contendría fácilmente a cualquier fuerza asaltante. Para robustecer el relato, quien lo vierte agrega que del alojamiento que ocupaba Maximiliano, partía una escalera hacia la torre y que había un batallón de reserva disponible que dormía al pie de sus armas, que podía ascender a dicha torre y colocarse tanto en la puerta como en el patio antes mencionados, a más tardar en dos minutos. De ahí que el multicitado López, al advertir que el príncipe dilató cerca de dos horas para abandonar su alojamiento, se pregunta: “¿Por qué ni él, ni el general Castillo, ni sus cuatro ayudantes, ni alguno de los jefes y oficiales que vivían en un mismo claustro junto al emperador, han empleado ese batallón que estaba de reserva o siquiera la guardia de prevención o dado a lo menos el grito de alarma al ejército? ¿Era Maximiliano un cobarde que se aturdiese y pensara sólo en huir?” Su respuesta es negativa, aseverando que nada se hizo, porque nada se podía hacer, en razón de que cuando un ejército se deja sorprender y no puede combatir, puesto que la desmoralización que los agobia les hace comprender que no pueden sostener un choque ni entrar en combate.
De los anteriores razonamientos, López vuelve a interrogar: “¿Por qué si tales son los sucesos, a mí es a quien se inculpa? ¿Por qué si la lucha era ya física y moralmente imposible se ha de suponer que era necesario que un hombre traicionase para que el ejército sitiado sucumbiese?”
Para robustecer su argumentación, López lleva a sus lectores otros factores que estima pudieran contribuir para comprender el relajamiento mental y moral en el que se encontraban los sitiados. Uno de ellos fue aseverar que el general Silverio Ramírez había sido relevado de la línea, reducido a prisión e incomunicado, en razón del envío de un comunicado al general Tomás Mejía, en el que le invitaba a recomendar al archiduque se decidiera a que tratase con el enemigo, en razón de que todo el país estaba en contra del imperio.
Con ello esperaba que posiblemente el general Escobedo tuviera alguna deferencia con Mejía, quien le había salvado la vida cuando fue hecho prisionero por sus fuerzas. En forma similar, el comandante Adame también se vio reducido a prisión e incomunicación porque se decía que estaba en relación con el enemigo y por idéntica razón se aprisionó a la gendarmería —con sus oficiales y jefe— y a un sargento del batallón del emperador.
Además de los hechos considerados en el párrafo precedente, la misma noche del 14 de mayo el teniente coronel Ontiveros cambió de bando, pasó a engrosar las fuerzas de los sitiadores, por la línea de San Sebastián y dejó abandonada la que le estaba asignada. Los generales Casanova y Escobar también fueron separados de sus líneas sin razón que se conociera, pero que sólo podía suponerse que se les tenía desconfianza. El coronel Villasana, que mandaba el batallón de cazadores, después de ser herido en uno de los combates, ya repuesto, se pasó al enemigo o se ocultó porque no se le volvió a ver.
De ahí plantea una nueva interrogante: “¿Qué puede hacer un ejército en semejantes circunstancias?” A continuación agrega: “Si ellas no hubieran existido, se habría intentado siquiera resistir a los asaltantes, pero lejos de esto, ni aun se pensó en recobrar la Cruz, sino que todo el mundo se dirigió rápidamente al cerro de las Campanas”.
Culmina López su exposición exigiendo que si alguien se cree con razón para desmentirle, lo haga públicamente. Sin embargo, asevera que conoce el origen de la acusación que se ha vertido en su contra, que proviene de un general, que empeñado en lograr ascensos injustificados para un hijo —a los cuales quien relata se opuso— fue quien propaló la calumnia, la cual fue recogida y fortalecida por otro jefe que trataba de impedir se conociera la desmoralización del ejército, que si insistieran en sostener tal infamia, proporcionaría sus nombres, expresando con énfasis: “Mienten los que atribuyen a una traición la ocupación de Querétaro”.
Ahora bien, después de considerar las varias y diversas versiones de las que hemos dado cuenta, tenemos que ponderar los razonamientos y motivaciones que Maximiliano consideraba indispensables, para poner en juego sus intereses: estaba comprometido para jamás abandonar en la plaza a sus leales partidarios y ello le impulsó a emplear el indispensable sigilo y discreción, para intentar negociar una salida secreta que le permitiera salvar la vida.
En tales condiciones, la secrecía era imperativa. Más aún, cuando se vio perdido en el cerro de las Campanas y solicitó hablar personalmente con el general Mariano Escobedo, a éste le reiteró la petición que por conducto de López le había propuesto, a fin de que se le permitiera abandonar la plaza con una escolta, con la que se dirigiría al Golfo, en el que podría abordar un navío que lo regresara a su patria de origen, con la promesa honorífica de que jamás regresaría al país.
La respuesta de Escobedo ya la hemos invocado: “Carecía de facultades para obsequiar tal petición”. En este examen encontramos coincidencia con el análisis vertido por Fernando Iglesias Calderón, al tener presente el autógrafo que personalmente le había firmado Maximiliano a López, con la recomendación de que guardase profundo silencio sobre el encargo que le había conferido ante el general Escobedo, por apreciar que si ello llegare a divulgarse, quedaría mancillado su honor.
En apoyo de dicho criterio se advierte la conclusión resultante de la explicación vertida por Escobedo, al reconocer que la plaza de Querétaro era imposible que resistiera por más tiempo y, en esas condiciones, “el coronel imperialista Miguel López, aunque infidente para con la patria, ni traicionó al archiduque ni vendió por dinero su puesto de combate”, atribuyendo el repetido mensaje a la desesperada situación militar de los sitiados, a la personalidad moral de Maximiliano y a su convicción —firme aunque errónea— de su absoluta impunidad, pues creía realmente que un archiduque de Austria no podía ser castigado con la pena de muerte.
—Anexo 3—
Carta del General de División en retiro don Mariano Escobedo al señor Presidente de la República don Benito Juárez García.

Señor presidente:
Los acontecimientos pasados hace 20 años en Querétaro, ha venido a removerlos en la actualidad la aparición de un folleto escrito en francés y publicado en Roma por el señor Víctor Darán y cuya publicación tiene por título “El general Miguel Miramón.”
En ella, entre otros episodios de nuestras guerras intestinas, se narran las operaciones emprendidas sobre la plaza de Querétaro por el ejército republicano.
Estando la narración a que me contraigo, escrita bajo un color enteramente inexacto y sobre todo en lo que se refiere al motivo que originó aquella misma operación, dio lugar a que el coronel imperialista Miguel López publicara, en uno de los diarios de esta capital, una carta en la cual me pedía que con toda sinceridad expresara la verdad histórica relativa a aquellos sucesos.
La prensa reaccionaria de México toma del libro mencionado lo que más puede afectar la historia de nuestra lucha contra el llamado imperio.
Se esfuerza con una obstinación vehemente y del todo extraña hoy, a que divulgue la parte secreta de aquel desenlace y que se relaciona con la supuesta traición de López y la toma de la plaza de Querétaro, pretendiendo que a efecto de la intervención directa que este jefe imperialista tomara en ello, traicionando a su soberano y vendiendo a peso de oro su consigna, la plaza cayera en poder del ejército mexicano.
Consideraciones personales posteriores a aquella ocupación y las cuales voy a revelar, han hecho que guarde un profundo silencio sobre aquellos acontecimientos.
Al ofrecer entonces callar, sabía perfectamente que con mi conducta no sufriría el prestigio y lustre de la patria; ni tampoco el honor del ejército que estuvo a mis órdenes en aquella gloriosa época, ni mucho menos la causa por la que combatiera.
La cuestión se reducía únicamente a dos personalidades: la mía, que yo conscientemente juzgara de poca importancia después de despojarme de la alta investidura militar, a que me habían llevado las circunstancias especiales del país, después de realizado el triunfo de la República sobre sus más encarnizados enemigos y la del coronel imperialista Miguel López, intermediario, en efecto, entre el archiduque y yo, en la conferencia tenida para la solución en que se interesaba el porvenir de México, el prestigio de un príncipe extranjero y mi particular honor como soldado y como mexicano, único título de cuya adquisición me siento orgulloso.
Pienso hoy que estuve engañado respecto de mi persona, porque la calumnia, la envidia o el rencor de la facción vencida se ensañan contra mí, no obstante ocultar mi humilde nombre en un debido y conveniente aislamiento.
Duro es para mí tener que recurrir al pasado para dar satisfacción a la curiosidad de muchos y, tal vez, a la mala fe de algunos.
Descorro a mi pesar el velo que oculta sucesos de importancia desconocidos del país y que, por lo mismo, han sido mal juzgados.
Tal vez sirvan mis revelaciones para poner con ellas un infranqueable valladar a la desvergüenza y osadía de los que, teniendo por qué callar, pretenden mancillar mi honor, sin comprender que al iniciarlo tienen que sufrir o la desilusión más completa o el desengaño por una concepción antipatriótica y bastarda.
Por espacio de 20 años se me ha puesto como blanco a la calumnia, las épocas se han sucedido en que mi nombre ha sido insultado y puesta en duda la parte que, por derecho y sólo como mexicano, me corresponde en el triunfo de la patria.
Multitud de extranjeros de todas nacionalidades, presintiendo que algo oculto tenía el funesto fin de Maximiliano, han venido con insistencia a inquirir de mí la verdad y, hasta ahora, nada había dejado traslucir del ofrecimiento hecho por un soldado victorioso a un príncipe sentenciado a muerte.
Pero hoy, que uno de mis compañeros de armas asienta hechos que en su calidad de jefe subalterno no le era posible conocer; hoy que se tolera la expresión de la duda en la cuestión militar de Querétaro, adornándola con injurias y versiones deshonrosas; hoy que se me obliga a revelar la conferencia tenida con López, comisionado en jefe del archiduque, lo hago no para ceder al encono de los periódicos reaccionarios ni al de los inquisidores de un hecho que presume será vergonzoso al partido republicano, sino para satisfacción mía, depositando ese secreto, con predilección, en poder del Supremo Gobierno de la República, a fin de que se conserve en los Archivos de la Nación este documento histórico que pueda robustecer la fe de nuestros ideales políticos, cuando algún día, en las severas páginas de la historia de nuestra patria, quede consignada con toda imparcialidad la gigantesca lucha que sostuvo México contra la Francia, contra el imperio que ella importara con sus bayonetas y contra los desgraciados que olvidaran sus deberes para servir, primero de guías al invasor y después de elemento espúrico (sic) para el sostenimiento de una intrusa monarquía.
El coronel imperialista Miguel López, aunque infidente para con la patria, ni traicionó al archiduque Maximiliano de Austria, ni vendió por dinero su puesto de combate.
Las circunstancias porque atravesaba nuestra patria desde 1862 a 1867, vinieron a colocarme en la elevada posición de general en jefe del cuerpo de ejército del Norte y después sin quererlo, sin pretenderlo y, todavía más, renunciándolo, como general en jefe del ejército de operaciones sobre Querétaro.
En esa capital, como es sabido, se encontraban los principales elementos de guerra del llamado imperio mexicano, con los mejores generales y jefes imperialistas valerosos y de conocimientos militares.
Allí estaban Miramón, Márquez, Mejía, Castillo, Méndez, Arellano y otros más de conocido prestigio.
Entramos en lucha con ellos.
Por alguna vez y, aisladamente, les fue propicia la victoria; pero de efímeros resultados, porque en seguida aquélla se tornaba en desastre forzados a volver a sus parapetos con menos moral de la que les alentara para llevar a cabo sus impetuosas salidas y caer sobre un puesto de la línea de sitio.
Siempre a los triunfos de los imperialistas, arrancados a determinadas tropas de las que sitiaban a Querétaro, venía en seguida la derrota; de tal suerte que, después de la operación ofensiva contra los sitiadores el 27 de abril de 1867, sobre las colinas del Cimatario, en que fueron a la vez vencedores y vencidos los soldados del archiduque, sus posteriores ataques y empeños fueron más flojos y sin ningún éxito, porque aquellas tropas ya no resistían al fuego del adversario.
La suerte de los sitiados estaba ya definida; no tenían más recurso que rendirse a discreción o resolverse a rechazar un asalto sin ninguna probabilidad de lograrlo, que yo había querido y deseaba evitar a todo trance; porque era mi sentir que no debía exponer a la población al rigor y a las desastrosas consecuencias de una ocupación llevada a cabo a fuego y sangre y con los excesos consiguientes de una tropa victoriosa y ávida de venganzas.
El ejército del príncipe alemán encerrado en Querétaro carecía de víveres; las municiones de guerra eran de mala calidad y, lo más lamentable para él, ya no tenían sus tropas esa cohesión que da la moral y la disciplina militares.
Después del 27 de abril ya mencionado, todas las noches que precedieron a la toma de la plaza, bandas de desertores de la clase de tropa y algunos jefes y oficiales se presentaban a nuestras obras de aproche solicitando, antes que clemencia y consideración, alimento para restablecer sus decaídas fuerzas vitales.
Por estos infelices, por las solicitudes que los soldados extranjeros enganchados en aquellas fuerzas me enviaban, pidiendo garantías y ofreciendo los puestos que guarnecían, los cuales en verdad no eran de gran importancia, y por las noticias de los agentes que tenía en la plaza, conocía perfectamente el estado de desmoralización y anarquía en que se encontraban los defensores de la monarquía en Querétaro.
Si antes de que hubiera salido Márquez de aquella plaza para México, ya había surgido la división y recelosa conducta entre los principales jefes imperialistas, después que practicó su movimiento con la caballería del archiduque, la unidad de mando quedó proscrita entre los sitiados.
Precursora del desastre esta falta a los preceptos más importantes de la ciencia de la guerra, vinieron a acibarar aquella situación la miseria, la extenuación de las tropas por tantas fatigas, el desaliento consiguiente después que sus valerosos esfuerzos no tenían más resultados que sangrientos reveses y, sobre todo, como lo he expresado, la ninguna buena inteligencia que había ya entre los jefes que mandaban puestos, con los generales, comandantes de brigadas o divisiones y la poca confianza que éstos tenían en la energía del archiduque y éste para con aquéllos.
Todo me indicaba y con justicia, el próximo y violento fin de aquella situación tan tirante.
Ella me hacía poner en constante actividad, redoblando más y más la vigilancia en la línea de sitio para hacer de todo punto imposible la comunicación con los sitiados por la parte de afuera y viceversa.
Estas disposiciones tenían el doble objeto de aislarlos completamente para hacer más violenta su condición y también para que no recibieran noticias de la derrota de Márquez, porque presumía y con fundamento, que al verse sin esperanza del importante auxilio que aquél debía proporcionarles, auxilio con tantas angustias y con tanto anhelo esperado, la desesperación que causara este desastre les hubiera sugerido la firme resolución de hacer un esfuerzo para romper el sitio, lo que me habría contrariado en extremo, porque entonces no tenían las tropas de mi mando la dotación de municiones de infantería en cartuchera, para sostener media hora de fuego y la artillería no contaba en sus cofres más que seis o siete tiros por pieza.
El violento estado en que me hallaba, sobre todo en los últimos días del sitio, por la falta de municiones, varió después de derrotado Márquez en San Lorenzo por el cuerpo del ejército de Oriente, a cuya acción de guerra concurrieron activamente los 5,000 caballos que a las órdenes del general Amado Guadarrama desprendí en observación de los movimientos de Márquez.
Esta caballería regresó a su campamento de Querétaro hasta después que se abrigaron, en la capital de la República, los restos de las tropas imperialistas que pudieron salvarse de aquella derrota.
Además, el teniente coronel Agustín Lozano, a quien había enviado con misión especial cerca del general Díaz, en jefe del ejército de Oriente ya mencionado, volvía al cuartel general del ejército de operaciones conduciendo 200 cajas de municiones de infantería, que aquel general remitía y las cuales fueron distribuidas inmediatamente.
Con la plena confianza en el valor de las tropas que eran a mis órdenes acechaba con ansiedad la salida del enemigo, de que ya tenía conocimiento se preparaba a emprender para resolver, en una batalla campal, la suerte de los dos jefes, el republicano y el imperialista.
Tenía seguridad en el resultado, porque en época anterior a las operaciones sobre Querétaro y cuando los imperialistas estaban en toda su moral y altivez, habían sido batidos siempre por los soldados que inmediatamente eran a mis órdenes, con menos efectivo y con menos elementos de guerra que los otros, en combates de importancia, que determinaron la condición en que se encontraba en la plaza el archiduque Maximiliano.
Después del 12 de mayo en que llegaron al parque general las municiones de que he hecho mérito, sólo dos empeños de consideración hubo entre los sitiados y sitiadores pero de consecuencias desastrosas para los primeros.
El día 14 recorría yo la línea de sitio.
A las siete de la noche un ayudante del coronel Julio M. Cervantes vino a comunicarme, de orden de su jefe, que un individuo procedente de la plaza y que se encontraba en el puesto republicano, deseaba hablar conmigo; en el acto me dirigí al punto indicado en donde me presentó el coronel Cervantes al Coronel imperialista Miguel López, jefe del regimiento de la emperatriz.
Éste me manifestó que había salido de la plaza con una comisión secreta que debía llenar cerca de mí, si yo lo permitía.
Al principio creí que el citado López era uno de tantos desertores que abandonaban la ciudad para salvarse y que su misión secreta no era más que un ardid de que se valía para hacer más interesantes las noticias que tal vez iba a comunicarme del estado en que se encontraban los sitiados; sin embargo, accedí a hablar reservadamente con el coronel imperialista Miguel López, apartándome a distancia del coronel Cervantes y los ayudantes de mi Estado Mayor que me acompañaban.
Entonces, brevemente, López me comunicó que el emperador le había encargado de la comisión de procurar una conferencia conmigo y que al concedérsela me significara de su parte que, deseando ya evitar a todo trance que se continuara por su causa derramando la sangre mexicana, pretendía abandonar la plaza, para lo cual pedía únicamente se le permitiera salir con las personas de su servicio y custodio por un escuadrón del regimiento de la emperatriz hasta Tuxpan o Veracruz, en cuyos puertos debía esperarle un buque que lo llevaría a Europa, asegurándome que en México, al emprender su marcha a Querétaro, había depositado en poder de su primer ministro su abdicación.
Para satisfacción suya y para que estuviera yo en la inteligencia de que sus proposiciones eran de entera buena fe, me manifestó el coronel López que su soberano comprometía para entonces y para siempre su palabra de honor de que al salir del país no volvería a pisar el territorio mexicano; dándome, además, en garantía de su propósito, cuantas seguridades se le pidieran, estando decidido a obsequiarlas.
Mi contestación a López fue precisa y decisiva, concretándome a manifestarle que pusiera en conocimiento del archiduque que las órdenes que tenía del Supremo Gobierno Mexicano eran terminantes, para no aceptar otro arreglo que no fuera la rendición de la plaza sin condiciones.
En seguida el coronel López manifestó que su emperador había previsto de antemano la resolución a sus anteriores proposiciones.
Siguiendo el curso de la conferencia establecida, me expresó, de parte de su soberano, que eran bien conocidos por mí los jefes militares que estaban a su lado, por su prestigio, valor y pericia; e igualmente la buena organización y disciplina de las tropas que defendían la plaza, con las cuales podía a cualquiera hora forzar el sitio y prolongar los horrores de la guerra por mucho tiempo; que en verdad esto era sumamente grave y un irreparable mal para México y al cual no quería exponerlo, siendo esta la razón porque deseaba salir del país.
Juzgando yo demasiado altivas las frases últimas vertidas por el coronel imperialista López, a nombre de su soberano, le contesté que nada de lo que me refería era desconocido para mí, pero que tenía exacto conocimiento del estado en que se encontraban los defensores de Querétaro; que estaba enterado de los preparativos que hacían en la plaza para efectuar una vigorosa salida, en la que estaba basada su salvación, que estas columnas, formadas ya, esperaban solamente el momento en que se les diera la orden de pasar las trincheras y chocar con los republicanos, que esto era para mí sumamente satisfactorio, de tal suerte, que para facilitarse su movimiento tenía pensado dejarles paso abierto en cualquier punto de la línea de circunvalación por donde se presentaran; bien entendido que después de que hubieran salido todos, caería sobre ellos con los 12,000 caballos del ejército, victoriosos una parte en San Jacinto y la otra en San Lorenzo y cuya formidable caballería dejaría el campo convertido en un lago de sangre imperialista.
El comisionado del archiduque volvió a reanudar la conferencia que yo ya creía terminada, diciéndome que el emperador le había dado instrucciones para dejar terminado el asunto que se le había encomendado, de todas maneras, en caso de encontrar resistencia obstinada por mi parte.
En seguida me reveló de parte de su emperador que ya no podía ni quería continuar más la defensa de la plaza, cuyos esfuerzos los conceptuaba enteramente inútiles; que en efecto, estaban formadas las columnas que debían forzar la línea de sitio; que deseaba detener esa imprudente operación, pero que no tenía seguridad de que se obsequiaran sus órdenes por los jefes que, obstinados en llevarla a cabo, ya no obedecían a nadie, que no obstante lo expuesto, se iba a aventurar a dar las órdenes para que se suspendiera la salida, obedecieran o no, me comunicaba que a las tres de la mañana dispondría que las fuerzas que defendían el Panteón de la Cruz se reconcentraran en el convento del mismo; que hiciera yo un esfuerzo cualquiera para apoderarme de ese punto en donde se me entregaría prisionero sin condición.
Era preciso dudar del que se llamaba agente del archiduque, no podían entrar en mi ánimo semejantes proposiciones del príncipe después de sus enérgicas y varoniles determinaciones de Orizaba, pocos meses antes.
Así, con toda franqueza lo expresé al mensajero del archiduque, quien inmediatamente me manifestó que debía desechar toda sospecha hacia su persona y su cometido; que no hacía más que cumplir estrictamente las órdenes del emperador, por quien no evitaría sacrificio, esperando que mis determinaciones lo salvarían de la situación en que se encontraba.
López se retiró a la plaza, llevando la noticia al archiduque de que a las tres de la mañana se ocuparía La Cruz, hubiera o no resistencia.
Tomé desde luego a mi cargo la responsabilidad de los acontecimientos que iban a surgir.
Con toda oportunidad envié orden a los jefes de líneas y puntos que estuvieran listos para emprender una operación sobre la plaza.
En el momento pasé a ver al general Francisco M. Vélez y le comuniqué, a él únicamente, la conferencia tenida con el comisionado del archiduque en lo concerniente a la comisión que debía desempeñar.
Le di a conocer mi resolución de aprovecharme inmediatamente de la debilidad y aturdimiento en que se hallaba el príncipe alemán para llevar a cabo la operación propuesta por él de ocupar La Cruz.
En esta virtud, desde luego, puse a las órdenes del general Vélez a los batallones "Supremos Poderes", mandado por el general Pedro Yépez y el de "Nuevo León", cuyo jefe accidental era el teniente coronel Carlos Margain, por estar herido su coronel Miguel Palacios, debiendo acompañarle el general Feliciano Chavarría, mi ayudante teniente coronel Agustín Lozano con dos ayudantes más de mi Estado Mayor, para que me comunicaran todo incidente que fuera preciso que yo conociera y para que si se necesitaba la cooperación de las fuerzas que guarnecían puestos inmediatos al del enemigo que debía ocupar, pudiera llevarlas con oportunidad el teniente coronel Lozano.
Personalmente acompañé al general Vélez con su columna hasta la línea avanzada de sitio, indicándole detalladamente los puntos por donde debía emprender la operación que se le encomendaba, esperando que la ejecutaría con arrojo, apoderándose del Convento de la Cruz a la hora prefijada.
Di instrucciones al general Vélez para que si al tomar esta posesión del enemigo se encontraba en ella al archiduque Maximiliano, lo hiciera prisionero de guerra, tratándolo con las consideraciones debidas.
Advertí además al mismo general, que era de temerse una traición y bajo tal influencia debía normar su movimiento a fin de no caer en un lazo, tal vez bien premeditado.
Preparado para toda eventualidad, di orden al coronel Julio M. Cervantes para que, cubriendo su línea con el batallón de cazadores, estuviera listo para hacer el movimiento que se le indicara con los batallones 4º, 5º y 6º de su brigada.
A los generales Francisco Naranjo y Amado A. Guadarrama para que la caballería que estaba a sus órdenes estuviera lista, brida en mano, para moverse a primera orden.
La operación se practicó a la hora prescrita por el general Francisco Vélez, a entera satisfacción mía; pero el parte de la ocupación de La Cruz se hizo a mi juicio dilatar e impaciente por no haberle recibido, me adelanté personalmente hacia La Cruz y, al entrar al panteón, recibí del teniente coronel Lozano el parte de estar ocupado aquel punto enemigo.
Mandé orden al general Vélez para que, si creía conveniente, avanzara hasta un punto más al centro de la ciudad; a los generales Naranjo y Guadarrama para que con la caballería se movieran amenazando el Cerro de las Campanas; al coronel Julio M. Cervantes, nombrado con anterioridad comandante militar del estado, para que con la columna avanzara por San Sebastián, amagando al citado Cerro de las Campanas; al general Sóstenes Rocha para que con su columna concurriera al punto donde fuera necesaria su cooperación.
La noticia de la toma de La Cruz por los ejércitos republicanos, cundió entre los sitiados, causándoles un pánico horroroso; omito ciertos y determinados detalles que, aunque de importancia, no son del caso en esta exposición.
Parte de aquellas tropas, quizá sin atender a la voz de mando de sus jefes y oficiales, se desbandaba presentándose en masas desordenadas en la línea de sitio; el resto, en confusión, mezcladas la infantería y caballería con la artillería y sus trenes, se dirigía en tropel hacia el Cerro de las Campanas, en donde se encontraban ya los generales Mejía y Castillo y el archiduque que a pie se había salido de La Cruz al ser ocupada, según se me había comunicado.
Al amanecer el día 15, las fuerzas republicanas que guarnecían las alturas del Cimatario descendieron de la colina y asaltaron la Casa Blanca, todavía defendida tenazmente por los imperialistas.
De igual suerte las que guarnecían los puntos frente a la Alameda, Calleja, garita México, Pathé y la extensa línea de San Gregorio y San Sebastián.
En seguida dispuse que en los puntos tomados permaneciera el ejército sin que entrara en la plaza ningún cuerpo, porque así lo tenía ordenado, con excepción de la columna mandada por el general Vélez que había avanzado hasta ocupar el Convento de San Francisco y la brigada que mandaba el coronel Julio M. Cervantes, que había recibido órdenes para que ocupara la plaza y se dedicara exclusivamente a dar garantías a las familias e intereses, evitando con todo afán, hasta el más ligero desorden, para lo cual se le autorizaba, en caso necesario, a que empleara las medidas represivas que creyera convenientes.
A las seis de la mañana quedó ocupada la línea interior de defensas de Querétaro, que momentos antes estaban guarnecidas por los imperialistas.
El archiduque Fernando Maximiliano de Habsburgo entregó su espada, que en nombre de la República recibía el general en jefe del ejército de operaciones, y todos los generales, jefes, oficiales y tropa que defendían a Querétaro, quedaron hechos prisioneros de guerra y puestos a disposición del Supremo Gobierno para que dispusiera de su suerte.
Preocupándome los acontecimientos del sitio de México, aunque el éxito no fuera de ninguna manera dudoso, desde el día siguiente de la ocupación de Querétaro empecé a desprender fuerzas con dirección a la capital de la República para reforzar al general Díaz, en jefe del ejército sitiador, de tal suerte que, para el día 19 de mayo, habían marchado ya 14,000 soldados de las tres armas a las órdenes de los generales Ramón Corona, Nicolás Régules, Vicente Riva Palacio, Francisco Vélez y Francisco Naranjo, con la bien equipada y mejor armada caballería del cuerpo de ejército del Norte.
El día 18 de mayo recibí parte del jefe que custodiaba los prisioneros en La Cruz, que el archiduque deseaba hablar conmigo.
Impidiéndome salir fuera de mi tienda la enfermedad que sufría, mandé mi coche para que viniera en él Maximiliano y bajo la custodia de los coroneles Juan C. Doria y Ricardo Villanueva.
Habló conmigo el príncipe prisionero; me expresó el deseo que tenía de ir a San Luis Potosí, si se le permitía y hablar allí con el Presidente Juárez, a quien tenía secretos que revelar y que importaban mucho al porvenir del país.
Yo le notifiqué que no tenía autorización para conceder ese permiso, pero que, en obsequio de él, telegrafiaría al Supremo Gobierno pidiéndole instrucciones sobre el particular, que él por su parte podía dirigirse al Presidente de la República directamente, remitiéndome su mensaje al cuartel general, para que por este conducto fuera despachado.
El archiduque se manifestó contrariado por la contestación que yo diera, pero luego, con insinuante modo, me manifestó que agradecería que el señor Juárez conociera su deseo.
En seguida me preguntó si le sería permitido al coronel López que lo viera para hablar con él; yo le manifesté que no había para ello inconveniente alguno, que tanto López como cualquiera otra persona podía verlo, previo aviso del cuartel general.
Empezaba a comprender que el coronel imperialista Miguel López no me había engañado en la conferencia tenida conmigo, no obstante no haberse entregado prisionero el archiduque en La Cruz, conforme lo había ofrecido.
El día 24 se me presentó López pidiendo permiso para hablar conmigo reservadamente; convine en ello y al efecto alejé de mi lado a mis ayudantes y quedé solo con aquel individuo.
Éste me manifestó que el emperador le había recomendado que se acercase a mí para suplicarme guardara el más impenetrable secreto sobre la conferencia tenida conmigo la noche del 14 como su comisionado, porque quería salvar su prestigio y condición en México y Europa, los cuales se perjudicarían si se divulgaran los puntos de aquella conferencia y sus resultados.
Contesté al enviado del archiduque que para mí era del todo indiferente guardar o no la reserva que se me pedía; que ni en uno ni en otro caso quedaba afectado mi honor ni el de mi causa; que a él sí le afectaría directamente mi silencio, porque era bien sabido ya que le criminaban sus compañeros como desleal para el archiduque, al cual había vendido miserablemente.
Mas como yo dudara también de la legalidad de esa petición, porque no tenía una prueba para creerle, no quería celebrar con él ningún compromiso por juzgarlo impropio y fuera de mi carácter.
López respondió con toda indiferencia que le afectaba poco el fallo anticipado que se había dado a su conducta, que él callaría, porque era para él un deber ceder en todo a los deseos del emperador, a quien debía mucho y no podía ser ingrato con él.
Añadió que estaba provisto de un documento que lo lavaba de cualquier mancha de que pudiera inculpársele y que para darme a mí una satisfacción, solamente por las dudas que hubiese manifestado yo, me enseñaba el documento expresado, consistente en una carta que le dirigía el archiduque y cuya autenticidad me pareció indudable.
Tomé una copia de ella cuyo contenido textual es el siguiente:
Mi querido coronel López.
—Os recomendamos guardar profundo sigilo sobre la comisión que para el general Escobedo os encargamos, pues, si se divulga, quedará mancillado nuestro honor.
— Vuestro afectísimo.
— Maximiliano.

En seguida López me preguntó si, por fin, no tenía embarazo en conservar ese secreto, puesto que en nada le perjudicaba.
Contesté que me reservaba yo la divulgación de él para cuando lo creyera conveniente y sin comprometerme a un tiempo determinado.
López concluyó por pedirme un pasaporte para México y Puebla por tener que arreglar algunos negocios de familia, así como una carta de recomendación para el señor general en jefe del cuerpo del ejército de Oriente; le mandé extender el pasaporte y la carta por creer que debía desempeñar algún encargo especial del archiduque.
El 22 recibí del Supremo Gobierno las órdenes para que fuesen juzgados por la ley del 25 de enero de 1862, los generales Miguel Miramón, Tomás Mejía y el archiduque Maximiliano de Habsburgo.
Del Convento de la Cruz habían hecho pasar a los prisioneros al de Teresitas, por ser el local más amplio.
Después pasé al Convento de Capuchinos a los tres citados prisioneros, por estar el local inmediato a mi alojamiento y además por tener las condiciones de seguridad y las comodidades requeridas.
El día 28 les hice una visita particular para saber qué necesidades tenían que yo pudiera satisfacer y me impuse la obligación de verlos en su prisión dos veces por semana.
Durante mi permanencia en el cuarto destinado al archiduque, entró en conversación conmigo sobre su posición asaz desgraciada y fue deslizándose hasta preguntarme cómo trataría el gobierno republicano a los defensores de Querétaro.
Contesté que conocía la ley porque se me ordenaba fuesen juzgados y que particularmente no había recibido ningunas instrucciones; que esto me hacía comprender que el Supremo Gobierno estaba resuelto a hacerla cumplir.
Vi conmoverse al archiduque, pero de momento volvió a tomar el aspecto contristado que se notó en él desde la toma de la plaza; realmente sufría moral y físicamente.
Como si no se hubiese fijado en mi contestación, continuó diciéndome que me debía muchas consideraciones y que éstas eran más apreciables, supuesto que se dirigían a un hombre en la plenitud de la desgracia; pero que esperaba de mí todavía más; que le concediera un favor señalado; que las obligaciones que este favor me imponían, para mí no eran de consecuencias, pero que el concedérselo quedaría aliviado del peso que gravitaba sobre su conciencia, porque, a pesar de poseer ideas liberales, siempre se inclinaba hacia el recuerdo respetuoso de sus ilustres antepasados.
Me manifestó, sereno, que tal vez sería condenado a muerte y temía el fallo de la historia al ocuparse un día de su efímero y escolloso reinado.
Me preguntó si me había hablado el coronel López.
Con mi afirmativa siguió diciéndome que no se encontraba con bastante fuerza de ánimo para soportar el reproche que le harían sus compañeros de desgracia si tuvieran conocimiento de la conferencia habida entre mí y López, por orden de él y que, por lo mismo y no apelando a otro mérito, que a su situación, me suplicaba guardara secreto sobre aquella conferencia, lo que no era difícil ni deshonroso para mí.
Le manifesté que él aparecía como una víctima de la traición de López a su persona, cuyo infame acto era señalado ya con todos los horrores de una deslealtad execrable; que yo no tenía interés en revelar nada de lo pasado; pero en verdad, más bien que dirigirse a mí debía hacerlo con López, que era la persona que quedaba moralmente lastimada en estos acontecimientos.
El príncipe contestó que López no hablaría mientras yo callara; que el plazo que me ponía para que no dijera el resultado final de la conferencia, era cortísimo, "hasta que dejara de existir la princesa Carlota, cuya vida se apagaría al conocer la ejecución de su esposo".
Como último recurso a las súplicas del archiduque, le expuse que me parecía materialmente imposible guardar ese secreto aunque López callara; porque sus defensores, sus generales, los ministros extranjeros o la princesa de Salm-Salm, que empleaba cuantos medios estaban a su alcance para salvarlo, no dejarían de hacer uso de las versiones que corrían respecto de la traición de López y su incalificable conducta hacia él como su jefe y protector.
A pesar de esto volvió el archiduque a insistir para que guardara aquel secreto requerido, significándome que la princesa Salm-Salm tenía prevención, no tan sólo para no expresar nada en ese sentido, sino también para prevenir a las personas que por él se interesasen, que en ninguna de sus gestiones se mezclara cualquier frase que pudiera referirse a la deslealtad del coronel López, asegurándome que todas esas personas cumplirían exactamente no tocando en absoluto al coronel citado.
La condición que guardaba el príncipe, con su salud quebrantada, preso y juzgándose próximo a ser sentenciado a muerte; su deseo de conservar, todavía aun después de muerto, un nombre sin reproche, me conmovió y cediendo a un sentimiento de consideración por aquel desgraciado reo, le ofrecí que guardaría su secreto mientras las circunstancias no me obligaran a levantar el velo con que hasta ahora he cubierto los precedentes que violentaron la toma de la plaza de Querétaro el 15 de mayo de 1867.
A las siete de la mañana del 19 de junio de 1867, los generales don Miguel Miramón, don Tomás Mejía y el archiduque de Austria Fernando Maximiliano de Habsburgo, fueron pasados por las armas, conforme a los mandatos de la ley.
Señor Presidente; la larga exposición de los hechos que acabo de narrar, tomándolos del diario de operaciones del cuartel general del ejército de operaciones, es la verdad histórica, que deposito en manos del supremo magistrado de la nación para los fines que crea más convenientes.

México, julio 8 de 1887.
Mariano Escobedo.
General de división retirado.

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