La Batalla “de”, “en” o “por”.
Víctor Manuel López
Wario
En la amplia plataforma del Cerro
de la Bufa, enfrentada al templo de “Nuestra Señora del Patrocinio”, tres
estatuas ecuestres miran la ciudad de Zacatecas. Conmemoran el terrible momento
de la lucha armada contra el usufructo del poder por parte del general
Victoriano Huerta, principio del fin de su gestión.
“Una de las batallas más significativas de la
Revolución Mexicana fue, sin duda alguna, la toma de Zacatecas, acaecida el 23
de junio de 1914.
“Francisco
Villa, al mando de la División del Norte, marchó rumbo a Zacatecas, donde se
unió con las fuerzas de Pánfilo Natera. De inmediato, Villa delegó la
iniciativa en el General Felipe Ángeles, quien tuvo el mérito indiscutible de
realizar todo el plan de operaciones para la toma de la plaza. Para ello contó
con 23 mil hombres y más de 40 piezas de artillería.
“Zacatecas
estaba defendida por el General de División Luis Medina Barrón, al mando de 12
mil efectivos del Ejército Federal, con 13 piezas de artillería.
“La batalla
inició la mañana del 23 de junio de 1914; duró varias horas, tiempo en que
ambos contendientes hicieron derroches de valor desbordado. Al mismo tiempo, se
libró un duelo de artillerías, hasta la tarde en que Villa obtuvo una
contundente victoria para la causa revolucionaria.
“La
importancia de esta batalla es amplia. Fue la acción más sangrienta de la
revolución constitucionalista en contra del huertismo, ya que rompió la columna
vertebral de las fuerzas del Ejército Federal, y dejaba libre de obstáculos el
avance rumbo a la Ciudad de México, lo que precipitó la caída del gobierno del
usurpador Victoriano Huerta. Se distinguió el empleo del arma de artillería en
este hecho de armas. Por otra parte, representó la máxima victoria militar de
la División del Norte, que tomó fama de invencible. Así mismo, se consolidó el
prestigio militar del General Felipe Ángeles, como el mejor artillero de
México, y de Francisco Villa, quien comenzó a ser conocido popularmente como el
“Centauro del Norte”.[1]
Aunque para ésto último, Miguel Ángel Berumen lo establece por aporte de la
prensa siete meses antes en la toma de Ciudad Juárez el 15 noviembre de 1913.[2]
Para
el mismo Miguel Ángel Berumen, la toma de la ciudad de Zacatecas es
continuación de la batalla por Torreón, Coahuila, “tras los combates de Avilés,
Lerdo y Gómez Palacio”[3]
en septiembre de 1913; Paredón; Ciudad Juárez, en noviembre del 1913; el 24 de
noviembre toma Tierra Blanca; vence en Ojinaga el 10 de enero, toma nuevamente
Torreón —el general Felipe Ángeles ya insertado en “la División del Norte”— que
“resultó más sangrienta que la anterior, puesto que se prolongó por la
magnífica defensa del general Refugio Velasco. Las acciones se registraron en
los últimos días del mes de marzo del mismo año y como corolario a esta batalla
se obtuvieron las victorias de San Pedro de las Colonias y Paredón” [4]
y Zacatecas, el 23 de junio de 1914, apertura para el camino hacia el centro de
la República.
La toma de Zacatecas
“La batalla de Zacatecas, uno de
los episodios trascendentales de la historia patria, significó el triunfo armado
de la Revolución Mexicana.
“A diferencia
de otras tomas de ciudades durante la Revolución, trascendió el hecho de la
posesión mediante las armas de un territorio, al imprimir el rumbo definitivo
de la gesta revolucionaria, que llevó en el mismo año de 1914 a la Convención
de Aguascalientes y tres años después al Congreso Constituyente del 17…
“Un número
indeterminado de civiles y militares murió en la batalla. Villa evoca en sus
memorias que había cadáveres a lo largo de los siete kilómetros del camino de
Zacatecas a Guadalupe, tiempo en el cual las crónicas señalaban que gran
cantidad de edificios de la capital del estado estaban destruidos o
incendiados.
“Incluso, la
huida de las tropas federales arrojó un nuevo baño de sangre en la ciudad, ya
que las huestes revolucionarias, que habían sitiado Zacatecas desde el 10 de
junio, cerraron todos los caminos posibles de fuga y mataron o hicieron prisioneros
a miles de soldados.
“Por su
victoria en Zacatecas Villa fue ascendido a general de brigada, mientras que el
triunfo de sus tropas arrojó del poder un mes después al usurpador Victoriano
Huerta.” [5]
La Toma de Zacatecas
“… el primer jefe (Venustiano
Carranza), sorpresivamente ordenó al general Pánfilo Natera y a los hermanos
Arrieta que atacaran la importantísima plaza de Zacatecas. Los revolucionarios
iniciaron los combates el día 10 de junio, pero con resultados negativos, pues
en todos los asaltos fueron rechazados por las tropas del general Luis Medina
Barrón; ello obligó a Natera a solicitar refuerzos para continuar los asaltos,
por lo que Carranza ordenó al general Villa que enviara 5 000 hombres a las
órdenes de José Isabel Robles o de Tomás Urbina. Villa pretextando que el
primero estaba enfermo y que Urbina no se llevaba bien con los Arrieta, sugirió
que marchase toda la División para evitar un nuevo descalabro. Se cruzaron
varios telegramas sin que lograran ponerse de acuerdo el comandante del cuerpo
y el primer jefe, siendo notorio que éste trataba de evitar a toda costa que
Villa siguiera hacia el sur. Había que detener sus éxitos militares, ya que
para estas fechas el guerrillero gozaba de mayor popularidad que el mismo
Carranza.
“Conforme
avanzaban las conferencias telegráficas se hacía más tensa la situación, hasta
que llegó al máximo con la renuncia de Villa, que por supuesto fue aceptada de
inmediato. Carranza había logrado su objetivo; sin embargo, no contaba con la
forma en que iban a reaccionar los demás jefes villistas y que fue totalmente
contraria a lo que él esperaba. Es de suponerse que encabezados por el general
Felipe Ángeles acordaron desconocer al primer jefe por la misma vía
telegráfica; en uno de los mensajes se llegó hasta la insubordinación.
“Villa con el
apoyo de sus segundos y haciendo caso omiso de la primera jefatura se lanzó
sobre Zacatecas hasta lograr no sólo el triunfo de la batalla, sino el triunfo
de la revolución constitucionalista.”[6]
“Espero que
esta pelea la ganen sus cañones” –le dijo Pancho Villa a Felipe Ángeles
mientras se preparaban para marchar con toda la División del Norte sobre
Zacatecas. La vieja ciudad colonial era el último bastión del huertismo y su
caída significaba el paso franco a la ciudad de México.”
“En la
madrugada del 17 de junio de 1914, desde Torreón, el general Ángeles comenzó a
montar el grueso de su artillería en cinco trenes. A las 8 de la mañana la
primera locomotora anunció su partida rumbo a Zacatecas, y con intervalos de 15
minutos salieron las demás. El viaje fue por demás lento y húmedo. La lluvia no
dejó de caer sobre la División del Norte pero los villistas iban muy animados:
tras varios meses de intensos combates nadie dudaba ya de su poderío. Villa y
Ángeles deseaban, por encima de cualquier otra cosa, darle el tiro de gracia al
régimen del usurpador Victoriano Huerta.
“Ángeles y su
gente llegaron a Calera –a 25 kilómetros de Zacatecas- el día 19 por la mañana.
Desembarcado el equipo militar, el general tomó su caballo y con una escolta
salió a reconocer el terreno, necesitaba establecer posiciones y ubicar los
sitios más adecuados para sus piezas de artillería. Se le veía tranquilo
cabalgando de un lugar a otro, daba órdenes, tomaba sus binoculares para
observar la ciudad de piedra, se detenía un momento y respiraba satisfecho.”
La batalla de Zacatecas.[7]
En
mi lindo Zacatecas
hubo
una gran matazón
de
huertistas y villistas
quedaron
hechos montón.
1914
se conmovía la nación
al
saber que en Zacatecas
triunfó
la revolución.
“El enorme
reflector colocado en el punto más alto del cerro de la Bufa iluminaba la
ciudad de Zacatecas. La gente comentaba que el general huertista Luis Medina
Barrón –oficial a cargo de la defensa de la plaza- lo había mandado traer de
Veracruz, para lo cual había sido necesario desmontarlo del faro que se
levantaba en el puerto. Los federales lo hacían girar toda la noche tratando de
ubicar las posiciones rebeldes y las piezas de artillería de Ángeles. Los
desesperados esfuerzos de las tropas de Huerta para defender la plaza no le
quitaban el sueño al general. Nada podía ya detener la marcha de la División
del Norte.
“Aunque su capacidad como estratega estaba
demostrada y la mayor parte de las fuerzas se encontraban listas para el
combate, Ángeles decidió no iniciar las operaciones sobre Zacatecas. Sus
razones eran exclusivamente militares: como general en jefe de la División del
Norte, Villa debía dirigir personalmente el ataque. Faltaban por llegar el
resto de las tropas y para una batalla de tal magnitud era necesario contar con
todos los hombres disponibles. El general sabía por principio que no podía
iniciar las hostilidades si no contaba con una reserva de municiones las cuales
también venían en camino.
“El optimismo acampó con los villistas. Con
plena seguridad en la victoria, nadie quería perderse la batalla. Los ya
renombrados generales de la División del Norte -Tomás Urbina, Rodolfo Herrero,
Severiano Ceniceros, Eugenio Aguirre Benavides, Raúl Madero, José y Trinidad
Rodríguez, Rosalío Hernández y Maclovio Herrera- estaban acuartelados con sus
brigadas y listos para entrar en acción apoyados por el fuego de la artillería.
De un momento a otro se esperaba el arribo del Centauro del Norte.
“Villa se
presentó en las inmediaciones de Zacatecas, por la tarde del 22 de junio de y
determinó que la batalla comenzaría a las 10 de la mañana del día siguiente. ‘Juntas
se moverán todas las fuerzas a esa hora. Nadie entrará un minuto antes ni un
minuto después –ordenó el Centauro. La señal para iniciar sería era el disparo
de un cañón.
En
su caballo alazán
les
gritaba Pancho Villa
“vengaremos
a Madero
“que
tumbaron de la silla.”
Los
generales villistas
se
lanzaron al ataque
por
“La Bufa” y por El grillo,
arrasando
con el faro
que
diezmaba con su brillo.
“Amaneció
radiante el día 23 de junio de 1914. El cielo no podía ser más azul. Atrás
habían quedado las amenazas de lluvia de la noche anterior. Ángeles despertó
pasadas las siete de la mañana; se afeitó con calma, tomó su baño, desayunó con
su estado mayor y montó su caballo. Eran las nueve de la mañana.
“En la
víspera, el general hizo un movimiento que dejó perplejo al enemigo: retiró las
piezas de artillería de sus posiciones originales y las emplazó en sitios
imperceptibles y muy cerca de las líneas defensivas de los federales. Los
últimos tres días convenció a los huertistas que ya tenía definidas sus
posiciones.
“El disparo de
un cañón a las diez de la mañana en punto anunció el inició de la batalla. Los
villistas avanzaron por los cuatro puntos cardinales intentando arrebatar a los
federales sus posiciones en la Bufa, el Grillo, la Sierpe, Loreto y el cerro de
La Tierra Negra. Cuarenta cañones –28 por el norte y 12 por el sur- entraron en
acción al mismo tiempo para apoyar el despliegue de la infantería que ascendía
presurosa por los cerros que rodeaban la ciudad.
“Los veintidós
mil hombres de la División del Norte se movían en completa armonía bajo la
dirección de Ángeles. El general había logrado la perfecta conjunción entre las
brigadas del ejército villista. “La artillería obrando en masa –escribió
Ángeles- y con el casi exclusivo objeto de batir y neutralizar las tropas de la
posición que deseaba conquistar la infantería y ésta marchando resueltamente
sobre la posición en donde la neutralización se realizaba. ¡Qué satisfacción la
de haber conseguido esta liga de las armas!”
“Ángeles
estaba enardecido; parecía encontrarse en una dimensión diferente al resto de
los hombres, en un sitio privilegiado, exclusivo para el guerrero. Las granadas
estallaban encima de su punto de observación o lo rebasaban por completo. Con
sus binoculares alcanzaba a divisar al abanderado que corría al frente de su
brigada avanzando sin parar. Entonces calibraba nuevamente los cañones y
alargaba el tiro para apoyar el asalto final de la infantería sobre alguna
posición.
“En medio del
fuego de la fusilería, Ángeles tomó su caballo para cerciorarse del estado que
guardaban otros puntos de la batalla. En camino a Loreto encontró a Villa.
Ambos generales con sus estados mayores, cabalgaron juntos mientras escuchaban
‘alegremente’ los disparos de la artillería villista. Los cañones federales
intentaban pegarle al numeroso grupo; sus tiros, sin embargo, quedaban cortos.”[8]
“En el relato
del general Federico Cervantes, testigo presencial del hecho que nos ocupa,
dice en una de sus partes:
‘Dicha batalla presenta todas las fases: reconocimientos preliminares,
toma de contacto con el enemigo, estrechamiento del círculo de sitio,
distribución ordenada de las tropas, elección de posiciones y establecimiento
meditado de la artillería; empleo eficaz de ésta, para apoyar el avance de las
otras armas, elección de una reserva y de un frente principal de ataque, y de
posiciones laterales, desarrollo regular y previsto de la batalla, asalto metodizado
de las posiciones, esfuerzo final y persecución tan eficaz, que la reserva
aniquiló a las tropas en su retirada’.”[9]
“Una granada
explotó a escasos tres metros de donde se hallaban Ángeles y Villa observando
el combate. El humo cubrió por algunos instantes a los dos jefes y a sus
hombres. Cuando el humo desapareció había varios cadáveres mutilados. Para mala
fortuna no había sido disparado por del enemigo. El proyectil era villista,
explotó en manos de un artillero que preparaba su lanzamiento. Para evitar que
los soldados entraran en pánico o pensaran en el riesgo que corrían al manejar
las bombas, Ángeles gritó: ‘No ha pasado nada, hay que continuar sin descanso;
algunos se tienen que morir, y para que no nos muramos nosotros es necesario
matar al enemigo. ¡Fuego sin interrupción!’.
“Hacia las 5.
40 de la tarde, el triunfo de la División del Norte estaba cerca. El enemigo
abandonaba sus posiciones y huía de manera desorganizada. “No los veíamos caer,
pero lo adivinábamos –escribió Ángeles-. Lo confieso sin rubor, los veía
aniquilar en el colmo del regocijo; porque miraba las cosas bajo el punto de
vista artístico, del éxito de la labor hecha, de la obra maestra terminada. Y
mandé decir al General Villa: ¡Ya ganamos, mi general! Y efectivamente, ya la
batalla podía darse por terminada, aunque faltaran muchos tiros por
dispararse”.
“Unos minutos
después, las tropas villistas tomaban posesión de la Bufa y del Grillo y
avanzaban sobre la ciudad. Las calles de Zacatecas presenciaron una de las
peores matanzas de la revolución. Los revolucionarios acabaron con todos los
soldados federales que encontraron a su paso. Saquearon casas, edificios y
oficinas. En algunos casos arremetieron incluso contra la población civil. Los
siete kilómetros que mediaban entre Zacatecas y la población de Guadalupe
terminaron tapizados de cadáveres impidiendo el tránsito de carruajes.”[10]
De
Zacatecas señores
es
don Pánfilo Natera,
confinado
en Guadalupe,
sostuvo
la balacera.
“Se reinició
el fuego, ahora con mayor ímpetu, pero más certero el constitucionalista; los
federales empezaron a ceder, los infantes villistas se hicieron de las alturas;
en todos los frentes se mejoraron posiciones y el enemigo empezó a replegarse
hacia la población. Hacia las 5:50 de la tarde se vio una gran humareda en la
ciudad; era un indicio de la derrota. Hacia esas horas el fuego revolucionario
se multiplicaba y en cambio los federales casi lo interrumpían. La retirada no
se hizo esperar, las tropas gobiernistas totalmente diezmadas tuvieron que
darse a la fuga ante la presión de las fuerzas de reserva que, apostadas en
Guadalupe, intentaban cortarla.” [11]
“En uno de los
edificios del centro de la ciudad se encontraba un joven oficial del ejército
de Huerta. Su misión era defender el parque y las armas que se encontraban
almacenadas ahí. Cuando los villistas entraron a la ciudad, el oficial supo que
no tenía escapatoria. Esperó a que llegaran los revolucionarios y cuando
intentaron entrar hizo volar el edificio. Decenas de víctimas de ambos bandos
quedaron entre los escombros de la vieja construcción.
Por
“La División del Norte”
Zacatecas
fue tomada,
muriendo
muchos villistas
por
la libertad que amaban.
Entonando
su “Adelita”
los
villistas cantadores,
libraron
a Zacatecas
de
los huertistas traidores.
“Cinco mil
muertos entre las tropas federales. Cerca de tres mil lamentó la División del
Norte. En los días siguientes surgiría nuevamente el humanista. Decenas de
prisioneros salvaron la vida gracias a la intercesión de Ángeles. La sangre
sólo debía correr en la batalla. Los muertos eran parte del ritual de la
guerra.”[12]
“Todavía con
la euforia de la victoria, Francisco Villa notificó el resultado militar a
Venustiano Carranza, lo que quiere decir que otra vez se disciplinaba a la
primera jefatura.
A pesar del
triunfo y de la sumisión de Villa, la semilla de la discordia y la envidia
estaba sembrada y pronto su nefasto fruto debía enrojecer con sangre nuevamente
los campos de batallas.”[13]
“Frente a la
noche y sumido en sus reflexiones, Ángeles respiró satisfecho por el éxito de
la batalla. La venganza sobre Huerta se había consumado. ‘Y bajo el encanto de
la obra clásica de ese día feliz, me hundí plácidamente en un sueño reparador y
sin aprensiones’.”[14]
Hoy les doy un
pormenor
de la toma de
Zacatecas,
de la historia referida
que siempre tendré
presente
mientras yo viva en
la vida.
(El subtítulo inicial
surge en consideración a que, lo adecuado sería nombrar a ese momento de
horrible mortandad con el nombre de “La batalla por Zacatecas” o “La batalla en
Zacatecas” ya que la preposición “de” denota posesión o pertenencia y que para
evitar confusión —aunque determine tema o materia— preferimos preposición “por”
que ante un topónimos denota tránsito por el lugar indicado en la frase, o la
también preposición “en” que fija el lugar.)
Notas:
[1]Aniversario
de la “Toma de Zacatecas”. (23 de Junio). archivohistorico2010.sedena.gob.mx
[2] ,
Entrevista con Miguel Ángel Berumen sobre “La batalla de Zacatecas”,
transmitida el jueves, 31 de julio de 2014 por radioinah.blogspot.mx
[3] Arturo
Langle Ramírez. El significado de la toma de Zacatecas. historicas.unam.mx Instituto de Investigaciones Históricas, 2006.
[4]
Ídem.
[5] zacatecas.gob.mx
[6] Arturo
Langle Ramírez. Op. citada.
[7]
Corrido aparentemente generado en el mismo año de 1914, poco después de la
batalla. Autor anónimo.
[8] Alejandro
Rosas. La toma de Zacatecas. bicentenario.gob.mx
[9] Ídem.
[10] Ibídem.
[11] Ibídem
[12] Ibídem.
[13] Ibídem.
[14]
Alejandro Rosas. Op. citada. Remite a: José T. Meléndez, Historia de la
Revolución Mexicana, 2 v., México, Talleres Gráficos de la Nación, 1940, t. I,
p. 293.

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