domingo, 8 de abril de 2018

En hombros de infantes


La vacuna en México.

Víctor Manuel López Wario



la destrucción y el estupor derivados del estallido de la pólvora de los cañones, de los arcabuces y las escopetas; la invulnerabilidad proporcionada por las brillantes armaduras y resistentes armas metálicas; la alianza con las comunidades hartas de una tributación exorbitante; el sorprendente binomio de hombre/venado en el combate; la impotencia, destrucción y derrota de los dioses ancestrales; la incomprensible finalidad del combate: para el invasor la muerte y destrucción del contrario, para los mexica la captura del enemigo; la apetencia por el oro y la plata de los recién llegados; la asimilación con los enviados divinos del esperado Quetzalcóatl a fin de consumar la profecía, obnubiló la razón de los locales —aunque, al parecer, prontamente superada—; a todo lo anterior lo apuntalaba rigurosamente un enemigo desconocido, silencioso, invisible, en contra del cual la herbolaria, la magia y los ritos nada podían, un contrario con el que los propios invasores ignoraban contar en su beneficio: la viruela.

“La viruela llegó en 1520 con un individuo enfermo, supuestamente un esclavo africano, cuando los eviados del gobernador de Cuba se presentaron en la Vera Cruz intentando detener a Cortés… Hecha epidemia, la enfermedad se desató con tanta fuerza y se difundió con tal rapidez que obró activamente en contra de la resistencia de la sitiada Tenochtitlan matando a muchos de sus defensores, incluido el propio huey tlahtoani Cuitlahuac… En 1545 otra enfermedad, aparentemente sarampión —… los documentos la mencionan como cocoliztli, que es una palabra náhuatl aplicable casi a cualquier enfermedad masiva—, volvió a arrasar de manera generalizada durante tres años… Entre 1576 y 1581 Nueva España se vio arrasada por una tercera gran epidemia —llamada en la época matlazáhuatl—, esta vez, al parecer, de tifo exantemático…” [1]. El número de muertes derivadas de las epidemias ante las cuales no había defensa varían enormemente de fuente a fuente: “… la población mesoamericana quedó reducida después de 1581 a una cifra inferior a los dos millones de habitantes…” [2], tragedia humana de gran magnitud si consideramos que: “Algunos historiadores argumentan que en 1520 el mundo mesoamericano contaba con veinticinco millones de habitantes y aún más (lo cual es bastantemente discutible); otros sostienen que sólo eran seis o siete millones. Pero está comprobado que en 1550 había quedado sólo con alrededor de tres o cuatro millones…” [3], lo cual, de cualquier manera es una desventura humana de enormes proporciones.






viruela. (Del b. lat. uariōla, y este del lat. varus, barro, postilla. RAE.

Vacuna, del latín uaccīna (m) uacca, en latín “vaca”, deviene del nombre latino uariōla uaccīna “viruela vacuna” (plural: uariōla uaccīna). Vacuna es la traducción del latín uaccīna.






            “La palabra variola la acuñó un obispo suizo, Marius de Avenches, en el año 570 de nuestra era. Proviene de la voz latina varus, que significa marca en la piel.”  [4]

            “Edward Jenner no fue quien descubrió que las lecheras que se contagiaban de la viruela de las vacas adquirían inmunidad contra esa enfermedad. Esta conseja popular se conocía bien en las áreas rurales europeas y posiblemente también en México. La primera vez que Jenner oyó algo acerca de esto fue a la edad de 13 años, cuando trabajaba en el consultorio del doctor Daniel Ludlow, en un pueblo cercano a la ciudad de Bristol. Jenner estudió medicina en Londres y posteriormente retornó a su hogar, donde estableció un consultorio. Su interés por la viruela de las vacas y su relación con la inmunidad contra la viruela nunca decayó.”  [5]

            “Durante el siglo XVII las epidemias se suceden con un intervalo de unos dieciséis años; en 1733 ocurrió una epidemia a cuyos destrozos hizo referencia el viajero von Humboldt; ésta fue eclipsada por la de 1769 (también mencionada por Humboldt), que causó, en la ciudad de México solamente, más de 9.000 defunciones. Diez años más tarde, o sea el año 1779, hubo otra epidemia a consecuencia de la cual murieron 44.086 personas, a pesar de los cuidados del virrey Martín Mayorga y del arzobispo Alonso Núñez de Haro.” [6]

            En “La Epidemia de Viruela de 1779 Origen del Hospital de San Andrés.” [7], la Historiadora Sonia C. Flores Gutiérrez asienta: “La epidemia de 1779 comienza en la ciudad de México, hacia el 20 de agosto de ese año, manteniéndose latente hasta el mes de octubre, cuando se propaga con mayor fuerza y rapidez. En ese año había llegado a la ciudad el nuevo virrey interino, Martín de Mayorga, quien se enfrentó, además de la emergencia ocasionada por la epidemia, con el estado de guerra debido al conflicto declarado por España y Francia contra Inglaterra, lo cual traía como consecuencia el tener que estar organizando tropas defensivas contra posibles invasiones, además del envío de fuertes cantidades a la península, para el sostenimiento de la guerra.

“Cuando se desató la terrible epidemia, que alcanzó a más de 44 mil personas y ocasionó la muerte de más del 20% de las víctimas, el virrey Martín de Mayorga contaba con pocos recursos económicos para hacer frente a tal situación. En esa época funcionaban varios hospitales en la ciudad de México y uno de los principales, al que llegaba la mayoría de los contagiados, era el Hospital de San Juan de Dios, donde se recibían 250 enfermos diariamente para los cuales las camas, medicinas y alimentos eran insuficientes; el resto de los establecimientos hospitalarios de la ciudad se encontraba en peores condiciones que éste; todos estaban abarrotados y había cadáveres hasta en las calles. Por tales motivos, la atmósfera que se respiraba en la capital de la Nueva España era abrumadora, la falta de atención médica adecuada obligó a la gente a recurrir al socorro de la asistencia divina y como en los siglos anteriores, plegarias y procesiones inundaron la ciudad.

“Ante la carencia de atención médica para el pueblo y la urgente necesidad de dar alivio a los afectados por la epidemia de viruela, tan devastadora que en dos meses había producido ya grandes estragos en la población, el Arzobispo Alonso Núñez de Haro y Peralta, preocupado porque la epidemia avanzaba y que los recursos eran insuficientes para atender a los cientos de necesitados, se dio a la tarea de organizar un hospital improvisado en el edificio del ex colegio de San Andrés, donde un año antes se fundara lo que quiso ser un hospital general, pero que ‘se redujo a un hacinamiento de militares enfermos’, convirtiéndolo en un gran refugio donde el pueblo encontrara consuelo espiritual y físico.

“Por su parte el virrey de Mayorga tomó diversas medidas para ayudar a controlar la enfermedad, dio su aprobación al doctor José Ignacio Bartolache, su consejero, para publicar un pequeño folleto de 8 páginas, titulado: Instrucción que puede servir para que se cure a los enfermos de las viruelas epidémicas que ahora se padecen en México; también con la aprobación del virrey y la del Real Tribunal del Protomedicato, el doctor Enrique Morel inició, en esos días, una campaña de variolización como método preventivo, sin encontrar apoyo de ningún médico, aunque sí obtuvo respuesta de algunos religiosos y militares. El conocimiento de la variolización, probablemente fue adquirido por el doctor Morel, de la obra del padre Feijoo [8], que ilustraba sobre las novedades extranjeras en su Teatro Crítico Universal. [9]

“Mientras tanto San Andrés se habilitó para funcionar con un poco más de 300 camas, aunque las pretensiones del arzobispo Núñez de Haro eran las de contar con 500 camas bien atendidas, y estuvo atendido por sacerdotes, médicos, cirujanos y empleados que ayudaban al cuidado adecuado de los enfermos. El arzobispo pidió al virrey que el Tribunal del Protomedicato ordenara el envío de tres médicos, un cirujano y un sangrador, con obligación de pasar visita tres veces al día a los enfermos recluidos a causa del contagio. Hacia el mes de abril de 1780, la epidemia empezó a disminuir y a su desaparición —su duración fue de un año y cuatro meses— este improvisado nosocomio fue organizado de acuerdo a la Real Cédula de Carlos III, dada el 8 de junio de 1760, en la que ordenaba la construcción de un hospital general que siguiera los lineamientos del Hospital de la Pasión, erigido en Madrid y regido por una junta de gobierno completamente laica; por tal motivo, el virrey Martín de Mayorga resolvió conceder el edificio de San Andrés para el establecimiento de ese hospital general en el que se atendería a hombres y mujeres de todas las enfermedades, exceptuando el mal de San Lázaro o lepra, el gálico o sífilis y la demencia, males que ya eran atendidos en hospitales especialmente destinados para ello. También se recibirían en él, a los militares procedentes del Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados o de San Juan de Dios, en donde la atención era casi nula y a los indios rechazados en el Hospital Real de Naturales, por falta de lugar.

“Desde entonces el Hospital General de San Andrés se convirtió en modelo de establecimiento hospitalario de su tipo, puesto que en él se atendía la mayoría de los padecimientos que aquejaban a la población de ambos sexos de la época. A esta institución se le considera como el último nosocomio fundado en el México virreinal y al mismo tiempo el primero que representa la idea moderna del funcionamiento de un hospital general.” [10]

En lo que ahora es parte de la larga avenida denominada Eje Central Lázaro Cárdenas [11], a una cuadra hacia el sur de la Torre Latinoamericana y del enorme espacio ocupado en su tiempo por el convento de San Francisco, flanqueado por las calles de Artículo 123 y Victoria —la de Dolores a su espalada— queda una pobre evidencia de lo que fuera el “Hospital de San José de los Naturales”, fundado en 1529 para la asistencia, hospedaje y evangelización a los indios de la capital y áreas vecinas. Dicha institución estuvo en servicio durante la época colonial, y dejó de funcionar en 1822…” [12] En dicho espacio, derivado de las obras de construcción de la línea 8 del Metro, las excavaciones correspondientes permitieron el estudio y rescate de algunas restos humanos. De los localizados en algunos de los osarios “…podemos deducir que la mayoría de estos individuos fueron víctimas de las epidemias y hambrunas frecuentes en Nueva España.” [13]

Al hablar de los 430 restos humanos localizados en el espacio del antiguo Hospital Real de Naturales, Salvador Pulido Méndez asienta: “El porqué de la gran cantidad de entierros en esta zona se explica desde tres perspectivas: a) es posible que la mayor parte de los individuos allí depositados provengan de los decesos causados por las diversas epidemias que asolaron la región… Las epidemias se presentaron en la región con frecuencia desde la Conquista… en 1691 y 1692… 1695… 1736 y 1779…” [14]

Por su parte, en  El virrey Martín de Mayorga y las medidas contra la epidemia de viruela de 1779 [15], Virginia Guzmán Monroy asienta: “En 1779 se registró una de las epidemias de viruela más mortíferas del siglo XVIII que afectó principalmente a la ciudad de México. A diferencia de otros brotes epidemiológicos, éste se caracterizó por las novedosas y trascendentes medidas tomadas por el gobierno virreinal encaminadas a mitigar y controlar los efectos del brote.

“El documento que se presenta, titulado ‘Manifiesto que hace la muy noble y muy leal imperial ciudad de México. Capital de la Nueva España de lo obrado en la epidemia de viruelas que infestó este reino en los años de 1779 y 80. Con la historia de las providencias políticas tomadas en esta razón a beneficio del público para la asistencia socorro y curación de los enfermos’… “Es un bello manuscrito de 45 fojas, que presenta buen estado de conservación. El libro de registro de entrada de documentos y colecciones del archivo histórico no tiene la información referente a cómo llegó el manuscrito que nos ocupa ni cuándo se integró a la Colección Antigua; sin embargo, en una primera foja adicionada al documento se puede leer al margen izquierdo la siguiente inscripción: ‘Rafael de Soto adquirió, México 20 de junio de 1875’; además, en la foja 4 conserva adherido un antiguo sello que contiene inscrito con tinta china el número de inventario: XI-10-53205. Este tipo de sello les fue colocado a los manuscritos del primigenio repositorio de documentos que conformaban la sección de manuscritos y obras raras del Museo Nacional, y que a partir de 1944 se integraron al Archivo Histórico del INAH organizado por la historiadora Eulalia Guzmán, quien denominó a esa colección ‘Colección Antigua’.

“La información que contiene el documento está dividida en tres partes que corresponden a los que el autor denominó ‘tiempos’ y que están relacionados con la evolución de la epidemia: en el ‘Primer Tiempo. Principio de la Epidemia’, se da cuenta de cómo los primeros brotes fueron detectados en el hospital de Nuestra Señora de los Desamparados [16] y que su prior, el fraile Joaquín Izquierdo, dio aviso al recién llegado virrey Martín de Mayorga. Ante el alarmante aumento de casos que continuó reportando ese hospital, el virrey decidió convocar a Cabildo extraordinario el mes de octubre de 1779. Reunidos el domingo 17 de ese mes se procedió a determinar las medidas de que da cuenta el manuscrito, muchas de ellas resultaron trascendentes para la ciudad de México en particular y en general en la política que en ésta y siguientes epidemias se tomó en materia de salud pública.

“Por su novedad e importancia destacan las siguientes medidas.

“1) La inoculación o variolización, parece fue un método utilizado por primera vez en China, donde se pulverizaban las costras obtenidas en gente enferma y las introducían por la nariz de nuevos infectados. El método llegó a la Nueva España con el auspicio del doctor José Ignacio Bartolache y Díaz de Posada (1739-1790) y fue utilizado de manera aún incipiente durante la epidemia de 1779, gracias a la participación del doctor Enrique Esteban Morel, quien se encargó de presentar el proyecto a las autoridades virreinales. Según varios autores esta fue la primera vez que se aplicó tal método en el continente americano. En el Manifiesto también se menciona que el doctor Bartolache presentó al gobierno un documento titulado ‘Instrucción que puede servir para que se cure a los enfermos de las viruelas epidémicas que ahora se padecen en México desde fines del estío en el año corriente de 1779, el cual lo publicó Felipe de Zúñiga y Ontiveros ese mismo año de 1779. De dicho documento se hicieron varios ejemplares que se distribuyeron en la ciudad de México; un ejemplar se conserva en el Archivo General de la Nación, en el Ramo Hospitales, vol. 71.

“2) Se apoyó con recursos extraordinarios provenientes del gobierno y del sector acomodado de la sociedad civil a los hospitales de Nuestra Señora de los Desamparados, atendido por la orden de San Juan de Dios; el de San Hipólito, Betlemitas y Jesús Nazareno; con dichos recursos se ampliaron las enfermerías y boticas, se aumentó el número de camas y se dotó con lo necesario para enfrentar la contingencia. De manera especial hay que destacar la entrega que el gobierno virreinal hizo al arzobispado de México del antiguo colegio de San Andrés para establecer un hospital que atendiese a los afectados por la epidemia; sin embargo, pasada la emergencia el hospital fue convertido en el primer nosocomio general de la ciudad de México, adaptando salas para diferentes especialidades y para la investigación médica. El hospital de San Andrés, fundado por el arzobispo Alonso de Núñez de Haro y Peralta en 1779, funcionó como hospital general hasta el siglo XIX.

“3) Se instruyó al gobierno de la ciudad de México para construir uno o dos camposantos extramuros. En el ‘Segundo tiempo. Progreso de la Epidemia’ se pusieron en práctica los acuerdos tomados por el virrey, el Cabildo y el Arzobispado, pero se añade que para mejor control de la difícil situación que afrontaba la población ante el alarmante aumento de casos.

“1) La ciudad, incluidos sus ‘arrabales’ y los extramuros de la Piedad y Guadalupe, se dividió en 157 cuarteles y en distritos que fueron atendidos y vigilados por 517 seglares y 519 eclesiásticos. La tarea de dicha división recayó en el Regidor Decano, José Ángel de Cuevas Aguirre y Avendaño. Casi al finalizar su gobierno, en 1782, el virrey Martín de Mayorga decretó que la ciudad de México quedase dividida políticamente en 8 Cuarteles Mayores y 32 Menores.

“2) Aunque el documento señala que entre las medidas acordadas entre el virrey y el cabildo de la ciudad estuvo la edificación de uno o dos camposantos extramuros, únicamente menciona uno, el que se edificó en el sitio denominado San Salvador el Seco y que la elección del predio destinado a recibir los cadáveres infectados estuvo a cargo del doctor Bartolache, el regidor Juan Lucas de Lassaga y el maestro alarife Alonso Iniestra. Sin embargo, el autor del documento no incluyó la información referente a que ese mismo año y a consecuencia de la epidemia de 1779, también se edificó el cementerio de Santa Paula [17], muy cercano al recién fundado hospital de San Andrés. Pasada la epidemia, el panteón se convirtió en general y funcionó como tal hasta 1836 en que se trazó la actual colonia Guerrero. Por lo anterior podemos afirmar que con la edificación de los cementerios de San Salvador el Seco —al sur— y el de Santa Paula —al norte—, no sólo se dio cumplimiento a lo dispuesto por las autoridades virreinales sino que, además, esta epidemia marcó la necesidad de percibir a los cementerios con un sentido encaminado a proteger a la población más en su salud física que en la espiritual. En 1787 el rey Carlos III expidió una cédula mediante la cual ordenó la secularización de los camposantos que dio lugar a la edificación de los ‘panteones ilustrados’.

“3) El doctor José Ignacio Bartolache publicó su ‘Instrucción para curar la enfermedad de la viruela que se padece en México…’. En el relato del ‘Tercero y Último Tiempo. Declinación y fin de la Epidemia’, no podría faltar la intervención divina, de manera que trata cómo el 22 de noviembre, por la tarde, se sacó en procesión al Cristo de Santa Teresa, acto al que asistieron: Virrey, Arzobispo y Cabildo, quedando con ello ‘[…]el pueblo muy consolado y satisfecho[…]’, pues desde ese mes hasta el de diciembre del siguiente año de 1780 ‘[…] ya era bien sensible su declinación[…]’.

“Para finalizar, este manuscrito es un documento cuya importancia radica en que a través de su contenido nos permite identificar a la epidemia de viruela de 1779 como el hecho que dio lugar a medidas que introdujeron cambios trascendentales en la ciudad de México tanto a nivel urbano como de políticas en materia de salud pública.

“A nivel urbano: 1) La división de la ciudad en cuarteles permitió la adecuada organización de las autoridades civiles y religiosas con una muy activa participación de la sociedad civil; el éxito de su funcionamiento debió ser determinante en la decisión del virrey Mayorga cuando en 1782 decretó la división política de la ciudad en 8 Cuarteles Mayores y 32 Menores, y 2) los cementerios extramuros de la ciudad edificados y administrados por la autoridad civil y no religiosa.

“En salud pública: 1) el antiguo colegio de San Andrés convertido en el primer Hospital General, con salas dedicadas a diferentes especialidades; 2) la incipiente introducción del método de la inoculación, que fue aplicado de manera formal en la epidemia de 1797 y que derivó en la aplicación de la vacuna contra la viruela descubierta en 1796 por el doctor inglés Eduardo Jemmer (sic por Jenner) e introducida en México por el doctor Francisco Javier de Balmis [18] el año de 1804, y 3) se destaca la importancia de higienizar la ciudad mediante el barrido y lavado de calles, así como la limpieza de acequias.”

A continuación, algunos extractos interesantes habidos en el cuerpo del documento fechado en la Sala Capitular de México, octubre de 1780, con firma de Don Francisco Antonio Crespo. [19]

En las pagina 235 a 236, referente a la actuación de la sociedad civil: “En las mismas, el mismo día (el 23 de octubre) y a la hora, se ocupaba el Ayuntamiento pleno, en proponer a Su Excelencia como conveniente y necesaria una barredura y exportación de basuras extraordinaria, además de la corriente en todo tiempo: como también el que se publicase por Bando 8 que los dueños de tiendas de pulpería pusiesen luminarias en sus pertenencias, de leña y ocote, y otras materias comunes y baratas, pero así mismo propias del caso, para purgar el aire; y que los vecinos, como igualmente interesados, ejecutasen lo mismo durante la epidemia; prohibiéndose con graves penas el que se subiesen de precio aquellos materiales.”… “Y en efecto se publicó el Bando, encabezado del Corregidor y Regidores Diputados de la Mesa de Propios, el día 24 inmediato, incluyéndose en él, además de las providencias del riego y aseo general de las calles y de las luminarias, con perfume, por toda la ciudad, la de que se quemasen las esteras, trapos y demás despojos de los enfermos y de los cadáveres como Su Excelencia tenía indicado en el primer oficio del mismo citado día 23 que queda inserto a la letra.”

Y no era época diferente a otras en la manifestación de la miseria humana ante la tragedia del prójimo, ya que en las páginas 238 y 239 destaca: “…y tanto más cuanto era ciertamente corto el número de los médicos (aun habiéndose habilitado extemporáneamente por el Real Protomedicato algunos practicantes, y concediéndoles licencia de curar para el de los enfermos: y habiendo precedido el que se oyesen reclamos de los comisionados, sobre que algunos facultativos no querían encargarse de la cura medicinal de los pobres contagiados, sino pactando una paga exorbitante. Y lo mismo hicieron ciertos cirujanos, y sangradores seducidos de aquel pésimo ejemplo… Una de ellas fue, la que con fecha de 28 de octubre propuso a la superioridad, reclamando sobre la alteración de precios, que sentían los vecinos comisionados en las mantas, jergas, frazadas y otras manufacturas de la tierra, que servían para ropa de abrigo de la pobre gente, y (para) los frailes (tejidos) groseros para sus mortajas. Cuyo caro costo dificultaba en gran manera los socorros y los disminuía. En vista de lo cual muy luego con la misma fecha ordenó Su Excelencia a la Noble Ciudad cuidase de que los precios de los citados efectos no subiesen a un excesivo grado, dando cuenta inmediatamente con los casos particulares que se pudiesen observar para que se tomasen por el gobierno de las providencias más oportunas al remedio.”

Al final, en la página 242, con llamada de atención nota 15 concluye: ““En las de Puebla de los Ángeles, Valladolid y Guanajuato, imitando a ésta capital en lo posible, se obró con el mismo fervor y empeño en la asistencia y curación de los pobres contagiados. Y se sabe que los ilustrísimos señores obispos Don Victoriano López y Don Juan Ignacio de la Rocha, dieron pruebas y ejemplos dignísimos de su paternal compasión y misericordia erogando largas limosnas por todas partes y coadyuvando de todas maneras al socorro de los miserables, animados del mismo celo y espíritu que nuestro amado ilustrísimo Metropolitano.”

En Salud Pública de México, Biblioteca Virtual en Salud [20] encontramos: “…Según Humboldt la vacuna antivariólica fue introducida en México en enero de 1804 por el Dr. Murphy, quien la trajo de la América Septentrional en más de una ocasión. El 25 de abril del mismo año se obtuvo también de La Habana, Cuba, por el Dr. Juan Arbolayera y el Licenciado José María Navarro, quienes vacunaron siete niños de la casa de expósitos, a cinco de los cuales les prendió. El 30 del mismo mes también llegaron a México (ciudad) varias personas inoculadas de brazo a brazo, enviadas por el Ayuntamiento de Veracruz, temerosos de que la linfa en cristales llegase inactiva. Estas personas vinieron al cuidado de la Dra. María Pérez.

“La expedición del Dr. Francisco Javier Balmis [21] salió del puerto de La Coruña el 30 de noviembre de 1803 en la corbeta María Pita, con 22 niños a bordo, al cuidado de una enfermera de la casa de expósitos de dicha ciudad y de otro personal de enfermeros, y los niños fueron vacunados de brazo a brazo durante la travesía con el fin de conservar la vacuna. Llegada a Puerto Rico en 1804, la expedición se dividió: una parte dirigió a la América del Sur, al mando de don José Salvany, siguiendo el curso del río Magdalena, hacia Bogotá, y desde allí, cruzando los Andes en pleno invierno, se dirigió a Lima, capital del Virreynato del Perú (sic). La otra parte, al mando del mismo Balmis, se dirigió primero a Venezuela (La Guaira, Caracas, Maracaibo), pasó luego a La Habana y más tarde al Yucatán, donde desembarcó en el puerto de Sisal. En el Carmen se subdividió la parte dirigida por Balmis. Su ayudante, Francisco Pastor, partió con órdenes de llegar a Tabasco, pasar a Villahermosa y desde allí, remontando el lisumacinta (sic, por Usumacinta), bajar a Ciudad Real de Chiapas y, finalmente, a Guatemala. Balmis se dirigió a Veracruz, de donde se trasladó a Puebla para seguir a la Ciudad de México. Dice la Gaceta de México que salieron a recibirle el intendente, señor Conde de la Cadena, el Obispo de la Diócesis y el Ayuntamiento. El niño portador de la vacuna fue llevado a la Catedral en el coche del Obispo. Allí los recibió el cabildo eclesiástico, y el coro de la catedral cantó un solemne Te Deum. Dos días más tarde, en presencia del Intendente y del Obispo, fueron vacunadas 230 personas, labor que continuó en los días siguientes, al mismo tiempo que en el palacio arzobispal se instalaba la ‘Junta para la conservación y propagación de la vacuna’.

“Balmis continuó su viaje y su labor en Querétaro, Guanajuato, León, Aguascalientes, Zacatecas, Durango, etc(étera). A Chihuahua llegó el 21 de mayo de 1804, donde el cirujano Jaime Curva vacunó al primer niño. A los pocos meses el número de personas vacunadas en el interior de la hasta entonces casi despoblada provincia de Nueva Vizcaya, era superior a 2.500.

“A Guadalajara llegó el 7 de agosto del mismo año, gracias a los esfuerzos de don Vicente Carro y de don José Francisco Araujo, médico de la península de la antigua California. Llegó Balmis a Monterrey, Alta California, en tiempo del gobernador Arrillaga y, a Sonora, siendo gobernador el General Terán Conde. Mediante gratificaciones a los padres y bajo promesa de que serían educados por cuenta del erario público, Balmis consignó niños en México para llevar la vacuna a las Filipinas. Desde allí fueron devueltos al punto de origen, mientras Balmis se trasladaba a Cantón y Macao y regresaba a España.

“Conmueven este largo peregrinaje alrededor del mundo, la fe y el tesón de los encargados de tan meritoria misión, a los que no arredraron continuos sacrificios. Balmis murió, al parecer pobre, en 1820. Su obra merece ser colocada en el mismo rango que el descubrimiento, las conquistas y los viajes continuos de los religiosos encargados de la evangelización de los indios.” [22]

En El discurso independentista y la nueva mujer mexicana [23] su autora, Martha Porras de Hidalgo sanciona en  Los inicios de una práctica médica: la vacuna en Puebla durante la época de las Reformas Borbónicas (1797-1804) página 117, de Eduardo Gómez Haro: [24] “Vacuna Balmis. El 20 de Septiembre de 1804 llegó a nuestra ciudad la <<Real Expedición Filantrópica>>; siendo recibida, en el puente de México por el señor gobernador  e intendente, por el señor obispo y por el H. Ayuntamiento de la ciudad. El director de la expedición recibió, en unión de los miembros de la misma, una serie de agasajos; el Ayuntamiento de la ciudad designó al director Francisco Javier Balmis, en cabildo abierto, regidor honorario. El mismo cuerpo edilicio nombró a los señores regidores Ignacio María de Victoria y José Ignacio Romero, Alférez y Alguacil Mayor respectivamente y el señor obispo a dos capitulares para que se encargaran de la conservación de la vacuna. La aplicación de la misma fue gratuita y los miembros de la expedición enseñaron a los facultativos poblanos el cultivo y repartición de vidrios de linfa entregándose quinientos ejemplares del libro: Tratado Histórico de la Vacuna.”

            En seguida de ese extracto, Martha Porras de Hidalgo comenta en la página 157: “En la provincia frecuentemente se aquilata exageradamente a los extraños con menosprecio de los mismos coterráneos, aunque algunos de éstos sean verdaderos valores; tal sucedió con la aplicación de la vacuna. Consta en los archivos del Ayuntamiento de Puebla que el 24 de abril del mismo año el doctor José María Pérez, veracruzano radicado en Puebla, había aplicado ya la vacuna, pero el facultativo era mexicano y muy poco caso se le hizo, en cambio, los honores y la admiración fueron para la mencionada ‘Expedición Filantrópica’.”

            El doctor Dr. Francisco Xavier Balmis y Berenguer responsable de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (conocida como Expedición Balmis, en su honor), nació en Alicante (España). El 2 de diciembre de 1753, con escala previa en La Habana (Cuba), llega poco después a la Ciudad de México en donde reconocido como primer cirujano en el Hospital de San Juan de Dios. En esta institución estudió los remedios para enfermedades venéreas (hoy denominadas “infecciones de transmisión sexual”), que le serviría para publicar más tarde el Tratado de las virtudes del agave y la begonia (Madrid, 1794).

Al regresar a España obtuvo el título de médico personal de Carlos IV, persuadió al monarca de enviar una expedición a América para propagar la recién descubierta vacuna de la viruela. Balmis y Josep Salvany i Lleopart fueron el alma de la expedición salida del puerto de La Coruña el 30 de noviembre de 1803. De continuó a Puerto Rico, Puerto Cabello, Caracas, La Habana, Mérida, Veracruz y la Ciudad de México. La vacuna llegó a lugares remotos en el norte (Texas) y a Nueva Granada en el sur. En el transcurso de la expedición, el doctor Salvany llevó la vacuna a América del Sur —hasta Chiloé— en la actual República de Chile, el territorio más austral bajo el dominio español en el Pacífico.

Para ubicarla en su justa dimensión, entendamos que la vacuna “bajaba” ya desde el norte (Alaska [25]) en una expedición patrocinada por el imperio ruso en lo que algunos historiadores consideran una forma de penetración y colonización, ante lo cual y para imponer una frontera septentrional a tales incursiones sobre el vasto territorio americano, posesión de España desde 1775 cuando Bruno de Hezeta [26] y Francisco Bodega y Quadra [27] en nombre del rey [28] realizaron los actos simbólicos correspondientes para afirmar el predomino territorial. De ese pasado violento quedan todavía algunos nombres hispanos en Alaska: Valdez, la ciudad de Córdoba y el glaciar Malaspina[29], asentada y ampliada por la Primera Compañía Franca de Voluntarios de Cataluña (cuerpo del ejército colonial español formado por voluntarios catalanes creado en 1767) que ya había participado en la exploración de California. Parte de esta Compañía fortificó la isla de Nutka [30] y el resto continuó la exploración para fundar Cordova [31] y tomar posesión de otras tierras. Así, la vacuna “oficialmente” llegó a tierras americanas literalmente “a hombros de niños” (niños vacuníferos) huérfanos. De hombro a hombro, con el lapso de asimilación por el organismo, el líquido de las pústulas lo inoculaban de un contagiado a otro sano, con la única dificultad de agrupar nuevos expósitos o huérfanos y continuar su trayecto en las complejas tierras americanas.

El 15 de abril de 1805, tras una dificultosa travesía de 67 días —excedido el máximo de 50 jornadas—, una nave con un grupo de niños mexicanos llegó a Manila (Filipinas[32]) con la cura para la viruela.

De los nombres citados e innúmeros en el anonimato quedan sólo algunos para denominar calles o poblaciones, perdido el origen, el significado y la trascendencia de su hacer dificultoso en favor de los intereses económicos de su sociedad y en beneficio de los pobladores de los vastos espacios por dominar. Y cabe la consideración perogrullesca: ningún avance en la sociedad de los hombres es obra individual en un momento específico, es suma de experiencias y errores en procura del perfeccionamiento práctico y de la ciencia en el espacio y en el tiempo. Además, hasta donde es posible afirmar, en la Ciudad de Puebla no hay una pequeña calle con el nombre de “Doctor José María Pérez”, el veracruzano radicado en Puebla que anticipara por poco a la “Expedición filantrópica” en la aplicación de la vacuna contra la viruela.





Referencias:
[1] Bernardo García Martínez. El cataclismo demográfico de la Conquista. Arqueología Mexicana, número 74, pp. 58 a 71.
[2] Ídem.
[3] Ibídem.
[4] comoves.unam.mx
[5] Ídem.
[6] bvs.insp.mx/rsp/artículos, consultado el 21 de julio del 2015.
[7] Sonia C. Flores Gutiérrez. Archivo Histórico de la Facultad de Medicina. Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina. facmed.unam.mx/publicaciones/gaceta/ago2596/viruela consultado el 21 de julio del 2015.
[8] “Benito Jerónimo Feijoo. Es el filósofo español más importante del siglo XVIII, y se le considera introductor del ensayo filosófico escrito en lengua española. Benito Jerónimo Feijoo Montenegro nació en 1676 (en Casdemiro, Orense), y en 1690 tomó el hábito de San Benito, una de las órdenes católicas, en el monasterio de San Julián de Samos. Estudió en los colegios de Lérez (Pontevedra) y en el monasterio de San Vicente de Salamanca. A partir de 1709, y durante más de medio siglo, residió en Asturias, en el colegio benedictino de San Vicente de Oviedo (edificio actualmente ocupado por el Museo Arqueológico Provincial y por la Facultad de Psicología), donde murió en 1764. Está enterrado en el crucero de la Iglesia de la Corte, que se abre precisamente sobre unos de los patios del antiguo convento, que lleva ahora su nombre: Plaza de Feijoo. La época de su mayor actividad literaria empieza al final de su profesorado, del que se retiró a los sesenta y tres años, después de ejercerlo durante cuarenta años. Contaba ya cincuenta años cuando, sin moverse prácticamente de Oviedo (no sobrepasaba entonces esta ciudad los cinco mil habitantes), inició Feijoo la publicación de ensayos filosóficos sobre todo género de materias, para desengaño de errores comunes. Su crítica filosófica, realizada desde el conocimiento del estado de las ciencias, la técnica y la filosofía de su tiempo, tuvo que soportar los ataques más virulentos tanto desde la atrevida ignorancia de arcaicos y pedantes escolares (enquistados otrora como agora en muchas cátedras universitarias) como desde posiciones supuestamente ilustradas. Entre 1726 y 1740 publicó los nueve volúmenes del Teatro crítico universal (el nono, suplemento de los ocho anteriores, refundido en ediciones posteriores), y entre 1742 y 1760 los cinco volúmenes de Cartas eruditas (contaba pues 84 años cuando apareció este último volumen), además de otras obras, sobre todo defensivas frente a los ataques recibidos. Desde noviembre de 1998 están disponibles en internet sus obras completas, por lo que hoy leer a Feijoo desde cualquier lugar del mundo ya no entraña mayores dificultades. Sólo con ojear los títulos de sus discursos y cartas se puede apreciar la rica variedad de asuntos sobre los que trató…” as.filosofia.net/Feijoo, consultado el 21 de julio del 2015.
[9] En ocho tomos, aparte de múltiples discursos y cartas.
[10] Sonia C. Flores Gutiérrez. Obra citada. Consultado el 5 de agosto del 2015.
[11] En su momento con tres denominaciones diferentes. De norte a sur: Santa María la Redonda, San Juan de Letrán y Niño Perdido, a más de otros nombres adjudicados en pequeños tramos. 
[12] Abigail Meza, Socorro Báez. Paloepatología y demografía en el Hospital Real de los naturales. pp. 53-67. De fragmentos y tiempos. Instituto de Antropología e Historia, Subdirección de Salvamento Arqueológico, 1994.
                “Hipotéticamente, el Hospital de los Naturales atendía únicamente a indígenas del altiplano y valle de México, por lo que era obligatorio tanto para capellanes como para médico el dominio de lenguas indígenas como el otomí y el náhuatl. Se consideraba que fue una de las instituciones más eficientes en la asistencia a individuos no blancos durante la Colonia; en él se realizaban autopsias desde 1576 para tratar de encontrar las causas de muerte entre los indígenas y se buscó integrar la medicina europea con los conocimientos indígenas, principalmente los relacionados con la herbolaria.
                “Este hospital contaba con ocho salas, dos médicos, dos cirujanos y alrededor de 300 pacientes en el siglo XVII. Económicamente se sostenía principalmente con tributo real, ya que estaba a cargo de la Corona.”
[13] Ídem. Página 65.
[14] Salvador Pulido Méndez. Arqueología de Eje Central Lázaro Cárdenas de la Ciudad de México. Notas de las excavaciones arqueológicas de la Línea 8 del Metro. Pp. 37- 52. De fragmentos y tiempos. Instituto de Antropología e Historia, Subdirección de Salvamento Arqueológico, 1994.
[15] Virginia Guzmán Monroy*El virrey Martín de Mayorga y las medidas contra la epidemia de viruela de 1779. Transcripción paleográfica de Mariana Zamora Guzmán. Páginas 224 a 227. cnmh.inah.gob.mx/boletin/boletines consultado el 20 de julio del 2015.
[16] “Cronológicamente, un recorrido por los acontecimientos del Hospital que sigue haciendo historia.
 En la segunda mitad del siglo XVI, la Nueva España era una ciudad destrozada y abandonada, exceptuando los templos y los palacios de los conquistadores, el entorno era insalubre como lo demuestran las epidemias sufridas en la población, propiciando desprotección de niños abandonados en las puertas de los templos y conventos así como en la vía pública.
“El Hospital de la Mujer es fundado en 1582 por el Doctor Pedro López, con el nombre de Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados. El médico solicitó la ermita donde había estado la aduana, a fin de hacer de ella un hospital para atender a la población más necesitada de la época, que eran los Indios, Negros, Mestizos y Mulatos.
“Es importante hacer notar que es justamente en el Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados, donde, desde la época de su fundación, se formó la primera Asociación de Damas para ayuda de los enfermos.” hdelamujer.salud.gob.mx/historia Consultado el 8 de agosto del 2015. Actualmente es el espacio del Museo Franz Mayer.
[17] “Varios panteones han guardado un lugar en la historia mexicana gracias a los vicios y virtudes que acompañaron a sus moradores en vida y quienes encontraron en algunos cementerios la paz y tranquilidad necesarias para dormir el sueño de los justos. Uno de los más famosos en el siglo XIX fue el cementerio de Santa Paula —en la actual Colonia Guerrero; Paseo de la Reforma, Moctezuma, Mosqueta y Camelia—.
“Había sido fundado hacia 1784, pero operaba desde 1779 año en que la viruela volvió a cobrar numerosas víctimas entre la población de escasos recursos (¿cuarenta mil víctimas?). El hospital de San Andrés era el propietario y ante la grave crisis de salud, dispuso un espacio para los pacientes que lamentablemente no respondían al tratamiento médico y cuya única alternativa era rendirle honores a la muerte. Así decidió erigirse el cementerio en las afueras de la ciudad (en lo que hoy es parte del Paseo de la Reforma norte, enfrente del inmueble que por años ocupó la Carpa México) medida necesaria para evitar que los vientos contaminaran el ambiente citadino.
“El cementerio contaba con su capilla —consagrada al Salvador—; tenía su retablo, un altar para la celebración de la misa y curiosamente treinta y cinco sepulcros para particulares que quisieran ser enterrados allí como un acto de humildad. No era un cementerio general ni abierto al público. Durante años sólo fueron sepultados ahí, los enfermos del hospital de San Andrés. Sin embargo, en uno de aquellos sepulcros se cumplió la última voluntad del benefactor Manuel Romero de Terreros, conde de Regla y fundador del Monte de Piedad: sus restos encontraron el descanso eterno entre la misma gente a la que siempre trató de socorrer.
“La capilla del camposanto de Santa Paula tenía su campana para anunciar al Vicario la entrada de los cadáveres, a los cuales bendecía junto con las sepulturas y celebraba las exequias. Para evitar que la ciudad fuera testigo de las tristes procesiones y dolorosos cortejos fúnebres los entierros se realizaban por la noche.
“Los años transcurrieron y Santa Paula cambió como todo el país, cuando México nació a la vida independiente. En 1836 fue declarado cementerio general y todas las personas que fallecían en la ciudad de México debían ser enterradas en él. Se decía que era ‘el mejor cementerio de toda la República… en él se supo reunir la lúgubre hermosura, con la salubridad, decencia y aseo’.
“Como última morada, Santa Paula fue el lugar de moda durante varios decenios. En 1842 un hecho insólito le dio mayor importancia. ‘La mañana del 27 de septiembre se hizo un brillante entierro, desconocido, para nuestros mayores, del miembro de un hombre vivo aún, al que concurrió, por la novedad y rareza de la función, la gente más ilustre de México, y un inmenso pueblo atraído de la novedad de este singular espectáculo’. El acontecimiento no fue otro que la inhumación de la pierna de Santa Anna perdida en combate en 1838. Dos años después, del cementerio de Santa Paula, la gente exhumó la pierna de su otrora héroe, para arrastrarla por toda la ciudad.
“Santa Paula también albergó hombres y mujeres que se brindaron por la causa mexicana, como la insurgente Leona Vicario o varios de los patriotas que combatieron a los norteamericanos y cayeron en defensa de México en las batallas de Molino del Rey y el Castillo de Chapultepec en septiembre 1847 como Lucas Balderas o Felipe Santiago Xicoténcatl.
“Los mejores años del cementerio se fueron apagando a mediados del siglo XIX. Hacia 1869 el gobierno de la ciudad de México ordenó su clausura para dar cabida a nuevos cementerios. El crecimiento de la ciudad, las construcciones y los caminos terminaron por borrar los últimos vestigios de Santa Paula y la mayoría de sus moradores.” El cementerio de Santa Paula. bicentenario.com.mx Consultado el 6 de agosto del 2015.
[18] “En 1803, Carlos IV, Rey de España, decidido a terminar con la viruela en sus colonias americanas, resolvió reclutar a 24 niños huérfanos que nunca habían tenido viruela. Hizo que a dos de ellos se les vacunara y se les embarcara, junto con el resto del grupo, rumbo a sus colonias americanas. Con las secreciones del primer par de niños vacunados se inoculó a otro par de los huérfanos; diez días después, y antes de que sanaran, se inoculó al par siguiente con las secreciones del primer par, y así sucesivamente, hasta que llegaron a América. Con este procedimiento de brazo a brazo se pudo llevar vacuna fresca a todas las colonias españolas, y en poco tiempo la vacunación se popularizó en todo el planeta.” comoves.unam.mx
[19] Virginia Guzmán Monroy*El virrey Martín de Mayorga y las medidas contra la epidemia de viruela de 1779. Transcripción paleográfica de Mariana Zamora Guzmán. Páginas 235 a 242. cnmh.inah.gob.mx/boletin/boletines consultado el 20 de julio del 2015.
[20] bvs.insp.mx/rsp/artículos, consultado el 20 de julio del 2015.
[21] Ídem. Aquí el autor o autores sugieren: Para más detalles sobre esta ejemplar expedición véase el trabajo del Dr. Miguel E. Bustamante en el BOLETÍN de febrero, 1949, pp. 188-191.
[22] bvs.insp.mx/rsp/artículos, consultado el 21 de julio del 2015.
[23] Apartado “Sucesos importantes acaecidos durante la Independencia en Puebla”. Páginas 153 a 175. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (Dirección de Fomento Editorial) y la Asociación de Mujeres Periodistas y Escritoras de Puebla (AMPEP), 2010.
[24] Puebla, BUAP, Colegio de Historia, 2000.
[25] El nombre de "Alaska" proviene de la palabra aleutiana alaxsxaq, cuyo significado es, literalmente, "tierra firme" o “tierra grande”, según versiones encontradas.
[26] Bruno de Heceta (o Hezeta) y Dudagoitia (Bilbao, 1744 - 1807). Oficial naval español, exploró la costa del océano Pacífico de la zona norte de la Alta California (actualmente Estados Unidos y Canadá), enviado por el 46º virrey de Nueva España, Antonio María de Bucareli y Ursúa, Henestrosa y Lasso de la Vega, para afirmar la soberanía española en respuesta a los rumores sobre que habría asentamientos rusos allí.
[27] Juan Francisco de la Bodega y Quadra. Oficial criollo limeño de la Armada española. Navegó desde el puerto de San Blas, en el actual México. De 1774 y 1788 exploró la costa del Océano Pacífico del noroeste de América hasta Alaska.
[28] Cuando los países rivales, entre ellos Gran Bretaña y Rusia, ésta  por medio de La Compañía rusa de América, comenzaron a mostrar interés en Alaska en el siglo XVIII, el rey Carlos III de España organizó varias expediciones a la región para intentar colonizarla 
[29] Por Alessandro Malaspina y Melilupi —españolizado Alejandro Malaspina— (Mulazzo, 5 de noviembre de 1754 - Pontremoli, 9 de abril de 1809), Marino nacido en el ámbito de la nobleza italiana sirvió en  España con grado de brigadier de la Real Armada, célebre por protagonizar uno de los grandes viajes científicos de la era ilustrada, la llamada Expedición Malaspina (1788-94).
[30] Nootka o Nuca, en inglés Nootka Island.
[31] Topónimo de origen hispano cuya ubicación corresponde más al Norte en la actualidad.
[32] Originalmente el nombre de Filipinas correspondía a las islas de Leyte y Sámar, nombre impuesto por el  explorador español Ruy López de Villalobos en honor al entonces Príncipe de Asturias. El nombre derivó en generalización para referir a todas “Las Islas Filipinas” que conforman el archipiélago.

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