La vacuna en México.
Víctor
Manuel López Wario
la destrucción y el estupor derivados
del estallido de la pólvora de los cañones, de los arcabuces y las escopetas; la
invulnerabilidad proporcionada por las brillantes armaduras y resistentes armas
metálicas; la alianza con las comunidades hartas de una tributación
exorbitante; el sorprendente binomio de hombre/venado en el combate; la impotencia,
destrucción y derrota de los dioses ancestrales; la incomprensible finalidad
del combate: para el invasor la muerte y destrucción del contrario, para los
mexica la captura del enemigo; la apetencia por el oro y la plata de los recién
llegados; la asimilación con los enviados divinos del esperado Quetzalcóatl a
fin de consumar la profecía, obnubiló la razón de los locales —aunque, al
parecer, prontamente superada—; a todo lo anterior lo apuntalaba rigurosamente
un enemigo desconocido, silencioso, invisible, en contra del cual la
herbolaria, la magia y los ritos nada podían, un contrario con el que los
propios invasores ignoraban contar en su beneficio: la viruela.
“La viruela
llegó en 1520 con un individuo enfermo, supuestamente un esclavo africano,
cuando los eviados del gobernador de Cuba se presentaron en la Vera Cruz
intentando detener a Cortés… Hecha epidemia, la enfermedad se desató con tanta
fuerza y se difundió con tal rapidez que obró activamente en contra de la
resistencia de la sitiada Tenochtitlan matando a muchos de sus defensores,
incluido el propio huey tlahtoani
Cuitlahuac… En 1545 otra enfermedad, aparentemente sarampión —… los documentos
la mencionan como cocoliztli, que es
una palabra náhuatl aplicable casi a cualquier enfermedad masiva—, volvió a
arrasar de manera generalizada durante tres años… Entre 1576 y 1581 Nueva
España se vio arrasada por una tercera gran epidemia —llamada en la época matlazáhuatl—, esta vez, al parecer, de
tifo exantemático…” [1].
El número de muertes derivadas de las epidemias ante las cuales no había
defensa varían enormemente de fuente a fuente: “… la población mesoamericana
quedó reducida después de 1581 a una cifra inferior a los dos millones de
habitantes…” [2],
tragedia humana de gran magnitud si consideramos que: “Algunos historiadores
argumentan que en 1520 el mundo mesoamericano contaba con veinticinco millones
de habitantes y aún más (lo cual es bastantemente discutible); otros sostienen
que sólo eran seis o siete millones. Pero está comprobado que en 1550 había
quedado sólo con alrededor de tres o cuatro millones…” [3],
lo cual, de cualquier manera es una desventura humana de enormes proporciones.
viruela. (Del b. lat. uariōla, y este del lat. varus, barro, postilla. RAE.
Vacuna, del latín uaccīna (m) uacca, en
latín “vaca”, deviene del nombre latino uariōla
uaccīna “viruela vacuna” (plural: uariōla
uaccīna). Vacuna es la traducción del latín uaccīna.
“La
palabra variola la acuñó un obispo suizo, Marius de Avenches, en el año 570 de
nuestra era. Proviene de la voz latina varus,
que significa marca en la piel.” [4]
“Edward
Jenner no fue quien descubrió que las lecheras que se contagiaban de la viruela
de las vacas adquirían inmunidad contra esa enfermedad. Esta conseja popular se
conocía bien en las áreas rurales europeas y posiblemente también en México. La
primera vez que Jenner oyó algo acerca de esto fue a la edad de 13 años, cuando
trabajaba en el consultorio del doctor Daniel Ludlow, en un pueblo cercano a la
ciudad de Bristol. Jenner estudió medicina en Londres y posteriormente retornó
a su hogar, donde estableció un consultorio. Su interés por la viruela de las
vacas y su relación con la inmunidad contra la viruela nunca decayó.” [5]
“Durante
el siglo XVII las epidemias se suceden con un intervalo de unos dieciséis años;
en 1733 ocurrió una epidemia a cuyos destrozos hizo referencia el viajero von
Humboldt; ésta fue eclipsada por la de 1769 (también mencionada por Humboldt),
que causó, en la ciudad de México solamente, más de 9.000 defunciones. Diez
años más tarde, o sea el año 1779, hubo otra epidemia a consecuencia de la cual
murieron 44.086 personas, a pesar de los cuidados del virrey Martín Mayorga y
del arzobispo Alonso Núñez de Haro.” [6]
En
“La Epidemia de Viruela de 1779 Origen
del Hospital de San Andrés.” [7],
la Historiadora Sonia C. Flores Gutiérrez asienta: “La epidemia de 1779
comienza en la ciudad de México, hacia el 20 de agosto de ese año,
manteniéndose latente hasta el mes de octubre, cuando se propaga con mayor
fuerza y rapidez. En ese año había llegado a la ciudad el nuevo virrey
interino, Martín de Mayorga, quien se enfrentó, además de la emergencia
ocasionada por la epidemia, con el estado de guerra debido al conflicto declarado
por España y Francia contra Inglaterra, lo cual traía como consecuencia el
tener que estar organizando tropas defensivas contra posibles invasiones,
además del envío de fuertes cantidades a la península, para el sostenimiento de
la guerra.
“Cuando se
desató la terrible epidemia, que alcanzó a más de 44 mil personas y ocasionó la
muerte de más del 20% de las víctimas, el virrey Martín de Mayorga contaba con
pocos recursos económicos para hacer frente a tal situación. En esa época
funcionaban varios hospitales en la ciudad de México y uno de los principales,
al que llegaba la mayoría de los contagiados, era el Hospital de San Juan de
Dios, donde se recibían 250 enfermos diariamente para los cuales las camas,
medicinas y alimentos eran insuficientes; el resto de los establecimientos
hospitalarios de la ciudad se encontraba en peores condiciones que éste; todos
estaban abarrotados y había cadáveres hasta en las calles. Por tales motivos,
la atmósfera que se respiraba en la capital de la Nueva España era abrumadora,
la falta de atención médica adecuada obligó a la gente a recurrir al socorro de
la asistencia divina y como en los siglos anteriores, plegarias y procesiones
inundaron la ciudad.
“Ante la
carencia de atención médica para el pueblo y la urgente necesidad de dar alivio
a los afectados por la epidemia de viruela, tan devastadora que en dos meses
había producido ya grandes estragos en la población, el Arzobispo Alonso Núñez
de Haro y Peralta, preocupado porque la epidemia avanzaba y que los recursos
eran insuficientes para atender a los cientos de necesitados, se dio a la tarea
de organizar un hospital improvisado en el edificio del ex colegio de San
Andrés, donde un año antes se fundara lo que quiso ser un hospital general,
pero que ‘se redujo a un hacinamiento de militares enfermos’, convirtiéndolo en
un gran refugio donde el pueblo encontrara consuelo espiritual y físico.
“Por su parte
el virrey de Mayorga tomó diversas medidas para ayudar a controlar la
enfermedad, dio su aprobación al doctor José Ignacio Bartolache, su consejero,
para publicar un pequeño folleto de 8 páginas, titulado: Instrucción que puede
servir para que se cure a los enfermos de las viruelas epidémicas que ahora se
padecen en México; también con la aprobación del virrey y la del Real Tribunal
del Protomedicato, el doctor Enrique Morel inició, en esos días, una campaña de
variolización como método preventivo, sin encontrar apoyo de ningún médico,
aunque sí obtuvo respuesta de algunos religiosos y militares. El conocimiento
de la variolización, probablemente fue adquirido por el doctor Morel, de la
obra del padre Feijoo [8],
que ilustraba sobre las novedades extranjeras en su Teatro Crítico Universal. [9]
“Mientras
tanto San Andrés se habilitó para funcionar con un poco más de 300 camas,
aunque las pretensiones del arzobispo Núñez de Haro eran las de contar con 500
camas bien atendidas, y estuvo atendido por sacerdotes, médicos, cirujanos y
empleados que ayudaban al cuidado adecuado de los enfermos. El arzobispo pidió
al virrey que el Tribunal del Protomedicato ordenara el envío de tres médicos,
un cirujano y un sangrador, con obligación de pasar visita tres veces al día a
los enfermos recluidos a causa del contagio. Hacia el mes de abril de 1780, la
epidemia empezó a disminuir y a su desaparición —su duración fue de un año y
cuatro meses— este improvisado nosocomio fue organizado de acuerdo a la Real
Cédula de Carlos III, dada el 8 de junio de 1760, en la que ordenaba la
construcción de un hospital general que siguiera los lineamientos del Hospital
de la Pasión, erigido en Madrid y regido por una junta de gobierno
completamente laica; por tal motivo, el virrey Martín de Mayorga resolvió
conceder el edificio de San Andrés para el establecimiento de ese hospital
general en el que se atendería a hombres y mujeres de todas las enfermedades,
exceptuando el mal de San Lázaro o lepra, el gálico o sífilis y la demencia,
males que ya eran atendidos en hospitales especialmente destinados para ello.
También se recibirían en él, a los militares procedentes del Hospital de
Nuestra Señora de los Desamparados o de San Juan de Dios, en donde la atención
era casi nula y a los indios rechazados en el Hospital Real de Naturales, por
falta de lugar.
“Desde
entonces el Hospital General de San Andrés se convirtió en modelo de
establecimiento hospitalario de su tipo, puesto que en él se atendía la mayoría
de los padecimientos que aquejaban a la población de ambos sexos de la época. A
esta institución se le considera como el último nosocomio fundado en el México
virreinal y al mismo tiempo el primero que representa la idea moderna del
funcionamiento de un hospital general.” [10]
En lo que
ahora es parte de la larga avenida denominada Eje Central Lázaro Cárdenas [11],
a una cuadra hacia el sur de la Torre Latinoamericana y del enorme espacio
ocupado en su tiempo por el convento de San Francisco, flanqueado por las calles
de Artículo 123 y Victoria —la de Dolores a su espalada— queda una pobre evidencia
de lo que fuera el “Hospital de San José de los Naturales”, fundado en 1529
para la asistencia, hospedaje y evangelización a los indios de la capital y
áreas vecinas. Dicha institución estuvo en servicio durante la época colonial,
y dejó de funcionar en 1822…” [12]
En dicho espacio, derivado de las obras de construcción de la línea 8 del
Metro, las excavaciones correspondientes permitieron el estudio y rescate de
algunas restos humanos. De los localizados en algunos de los osarios “…podemos
deducir que la mayoría de estos individuos fueron víctimas de las epidemias y
hambrunas frecuentes en Nueva España.” [13]
Al hablar de
los 430 restos humanos localizados en el espacio del antiguo Hospital Real de
Naturales, Salvador Pulido Méndez asienta: “El porqué de la gran cantidad de
entierros en esta zona se explica desde tres perspectivas: a) es posible que la
mayor parte de los individuos allí depositados provengan de los decesos
causados por las diversas epidemias que asolaron la región… Las epidemias se
presentaron en la región con frecuencia desde la Conquista… en 1691 y 1692…
1695… 1736 y 1779…” [14]
Por su parte,
en El
virrey Martín de Mayorga y las medidas contra la epidemia de viruela de 1779 [15],
Virginia Guzmán Monroy asienta: “En 1779 se registró una de las
epidemias de viruela más mortíferas del siglo XVIII que afectó principalmente a
la ciudad de México. A diferencia de otros brotes epidemiológicos, éste se
caracterizó por las novedosas y trascendentes medidas tomadas por el gobierno
virreinal encaminadas a mitigar y controlar los efectos del brote.
“El documento
que se presenta, titulado ‘Manifiesto que hace la muy noble y muy leal imperial
ciudad de México. Capital de la Nueva España de lo obrado en la epidemia de
viruelas que infestó este reino en los años de 1779 y 80. Con la historia de
las providencias políticas tomadas en esta razón a beneficio del público para
la asistencia socorro y curación de los enfermos’… “Es un bello manuscrito de
45 fojas, que presenta buen estado de conservación. El libro de registro de
entrada de documentos y colecciones del archivo histórico no tiene la
información referente a cómo llegó el manuscrito que nos ocupa ni cuándo se
integró a la Colección Antigua; sin embargo, en una primera foja adicionada al documento
se puede leer al margen izquierdo la siguiente inscripción: ‘Rafael de Soto
adquirió, México 20 de junio de 1875’; además, en la foja 4 conserva adherido
un antiguo sello que contiene inscrito con tinta china el número de inventario:
XI-10-53205. Este tipo de sello les fue colocado a los manuscritos del
primigenio repositorio de documentos que conformaban la sección de manuscritos
y obras raras del Museo Nacional, y que a partir de 1944 se integraron al
Archivo Histórico del INAH organizado por la historiadora Eulalia Guzmán, quien
denominó a esa colección ‘Colección Antigua’.
“La
información que contiene el documento está dividida en tres partes que
corresponden a los que el autor denominó ‘tiempos’ y que están relacionados con
la evolución de la epidemia: en el ‘Primer Tiempo. Principio de la Epidemia’,
se da cuenta de cómo los primeros brotes fueron detectados en el hospital de
Nuestra Señora de los Desamparados [16]
y que su prior, el fraile Joaquín Izquierdo, dio aviso al recién llegado virrey
Martín de Mayorga. Ante el alarmante aumento de casos que continuó reportando
ese hospital, el virrey decidió convocar a Cabildo extraordinario el mes de
octubre de 1779. Reunidos el domingo 17 de ese mes se procedió a determinar las
medidas de que da cuenta el manuscrito, muchas de ellas resultaron
trascendentes para la ciudad de México en particular y en general en la
política que en ésta y siguientes epidemias se tomó en materia de salud
pública.
“Por su
novedad e importancia destacan las siguientes medidas.
“1) La
inoculación o variolización, parece fue un método utilizado por primera vez en
China, donde se pulverizaban las costras obtenidas en gente enferma y las
introducían por la nariz de nuevos infectados. El método llegó a la Nueva
España con el auspicio del doctor José Ignacio Bartolache y Díaz de Posada
(1739-1790) y fue utilizado de manera aún incipiente durante la epidemia de
1779, gracias a la participación del doctor Enrique Esteban Morel, quien se
encargó de presentar el proyecto a las autoridades virreinales. Según varios
autores esta fue la primera vez que se aplicó tal método en el continente
americano. En el Manifiesto también se menciona que el doctor Bartolache
presentó al gobierno un documento titulado ‘Instrucción que puede servir para
que se cure a los enfermos de las viruelas epidémicas que ahora se padecen en
México desde fines del estío en el año corriente de 1779, el cual lo publicó
Felipe de Zúñiga y Ontiveros ese mismo año de 1779. De dicho documento se
hicieron varios ejemplares que se distribuyeron en la ciudad de México; un
ejemplar se conserva en el Archivo General de la Nación, en el Ramo Hospitales,
vol. 71.
“2) Se apoyó
con recursos extraordinarios provenientes del gobierno y del sector acomodado
de la sociedad civil a los hospitales de Nuestra Señora de los Desamparados,
atendido por la orden de San Juan de Dios; el de San Hipólito, Betlemitas y Jesús
Nazareno; con dichos recursos se ampliaron las enfermerías y boticas, se
aumentó el número de camas y se dotó con lo necesario para enfrentar la
contingencia. De manera especial hay que destacar la entrega que el gobierno
virreinal hizo al arzobispado de México del antiguo colegio de San Andrés para
establecer un hospital que atendiese a los afectados por la epidemia; sin
embargo, pasada la emergencia el hospital fue convertido en el primer nosocomio
general de la ciudad de México, adaptando salas para diferentes especialidades
y para la investigación médica. El hospital de San Andrés, fundado por el
arzobispo Alonso de Núñez de Haro y Peralta en 1779, funcionó como hospital
general hasta el siglo XIX.
“3) Se
instruyó al gobierno de la ciudad de México para construir uno o dos
camposantos extramuros. En el ‘Segundo tiempo. Progreso de la Epidemia’ se
pusieron en práctica los acuerdos tomados por el virrey, el Cabildo y el
Arzobispado, pero se añade que para mejor control de la difícil situación que
afrontaba la población ante el alarmante aumento de casos.
“1) La ciudad,
incluidos sus ‘arrabales’ y los extramuros de la Piedad y Guadalupe, se dividió
en 157 cuarteles y en distritos que fueron atendidos y vigilados por 517
seglares y 519 eclesiásticos. La tarea de dicha división recayó en el Regidor
Decano, José Ángel de Cuevas Aguirre y Avendaño. Casi al finalizar su gobierno,
en 1782, el virrey Martín de Mayorga decretó que la ciudad de México quedase
dividida políticamente en 8 Cuarteles Mayores y 32 Menores.
“2) Aunque el
documento señala que entre las medidas acordadas entre el virrey y el cabildo
de la ciudad estuvo la edificación de uno o dos camposantos extramuros,
únicamente menciona uno, el que se edificó en el sitio denominado San Salvador
el Seco y que la elección del predio destinado a recibir los cadáveres
infectados estuvo a cargo del doctor Bartolache, el regidor Juan Lucas de
Lassaga y el maestro alarife Alonso Iniestra. Sin embargo, el autor del
documento no incluyó la información referente a que ese mismo año y a
consecuencia de la epidemia de 1779, también se edificó el cementerio de Santa Paula
[17],
muy cercano al recién fundado hospital de San Andrés. Pasada la epidemia, el
panteón se convirtió en general y funcionó como tal hasta 1836 en que se trazó
la actual colonia Guerrero. Por lo anterior podemos afirmar que con la
edificación de los cementerios de San Salvador el Seco —al sur— y el de Santa
Paula —al norte—, no sólo se dio cumplimiento a lo dispuesto por las
autoridades virreinales sino que, además, esta epidemia marcó la necesidad de
percibir a los cementerios con un sentido encaminado a proteger a la población
más en su salud física que en la espiritual. En 1787 el rey Carlos III expidió
una cédula mediante la cual ordenó la secularización de los camposantos que dio
lugar a la edificación de los ‘panteones ilustrados’.
“3) El doctor
José Ignacio Bartolache publicó su ‘Instrucción para curar la enfermedad de la
viruela que se padece en México…’. En el relato del ‘Tercero y Último Tiempo.
Declinación y fin de la Epidemia’, no podría faltar la intervención divina, de
manera que trata cómo el 22 de noviembre, por la tarde, se sacó en procesión al
Cristo de Santa Teresa, acto al que asistieron: Virrey, Arzobispo y Cabildo,
quedando con ello ‘[…]el pueblo muy consolado y satisfecho[…]’, pues desde ese
mes hasta el de diciembre del siguiente año de 1780 ‘[…] ya era bien sensible
su declinación[…]’.
“Para
finalizar, este manuscrito es un documento cuya importancia radica en que a
través de su contenido nos permite identificar a la epidemia de viruela de 1779
como el hecho que dio lugar a medidas que introdujeron cambios trascendentales
en la ciudad de México tanto a nivel urbano como de políticas en materia de
salud pública.
“A nivel
urbano: 1) La división de la ciudad en cuarteles permitió la adecuada
organización de las autoridades civiles y religiosas con una muy activa
participación de la sociedad civil; el éxito de su funcionamiento debió ser
determinante en la decisión del virrey Mayorga cuando en 1782 decretó la
división política de la ciudad en 8 Cuarteles Mayores y 32 Menores, y 2) los
cementerios extramuros de la ciudad edificados y administrados por la autoridad
civil y no religiosa.
“En salud
pública: 1) el antiguo colegio de San Andrés convertido en el primer Hospital
General, con salas dedicadas a diferentes especialidades; 2) la incipiente
introducción del método de la inoculación, que fue aplicado de manera formal en
la epidemia de 1797 y que derivó en la aplicación de la vacuna contra la
viruela descubierta en 1796 por el doctor inglés Eduardo Jemmer (sic por
Jenner) e introducida en México por el doctor Francisco Javier de Balmis [18]
el año de 1804, y 3) se destaca la importancia de higienizar la ciudad mediante
el barrido y lavado de calles, así como la limpieza de acequias.”
A
continuación, algunos extractos interesantes habidos en el cuerpo del documento
fechado en la Sala Capitular de México, octubre de 1780, con firma de Don
Francisco Antonio Crespo. [19]
En las pagina
235 a 236, referente a la actuación de la sociedad civil: “En las mismas, el
mismo día (el 23 de octubre) y a la hora, se ocupaba el Ayuntamiento pleno, en
proponer a Su Excelencia como conveniente y necesaria una barredura y
exportación de basuras extraordinaria, además de la corriente en todo tiempo:
como también el que se publicase por Bando 8 que los dueños de tiendas de
pulpería pusiesen luminarias en sus pertenencias, de leña y ocote, y otras
materias comunes y baratas, pero así mismo propias del caso, para purgar el
aire; y que los vecinos, como igualmente interesados, ejecutasen lo mismo
durante la epidemia; prohibiéndose con graves penas el que se subiesen de
precio aquellos materiales.”… “Y en efecto se publicó el Bando, encabezado del
Corregidor y Regidores Diputados de la Mesa de Propios, el día 24 inmediato,
incluyéndose en él, además de las providencias del riego y aseo general de las
calles y de las luminarias, con perfume, por toda la ciudad, la de que se
quemasen las esteras, trapos y demás despojos de los enfermos y de los
cadáveres como Su Excelencia tenía indicado en el primer oficio del mismo
citado día 23 que queda inserto a la letra.”
Y no era época
diferente a otras en la manifestación de la miseria humana ante la tragedia del
prójimo, ya que en las páginas 238 y 239 destaca: “…y tanto más cuanto era
ciertamente corto el número de los médicos (aun habiéndose habilitado
extemporáneamente por el Real Protomedicato algunos practicantes, y
concediéndoles licencia de curar para el de los enfermos: y habiendo precedido
el que se oyesen reclamos de los comisionados, sobre que algunos facultativos
no querían encargarse de la cura medicinal de los pobres contagiados, sino
pactando una paga exorbitante. Y lo mismo hicieron ciertos cirujanos, y
sangradores seducidos de aquel pésimo ejemplo… Una de ellas fue, la que con
fecha de 28 de octubre propuso a la superioridad, reclamando sobre la
alteración de precios, que sentían los vecinos comisionados en las mantas,
jergas, frazadas y otras manufacturas de la tierra, que servían para ropa de
abrigo de la pobre gente, y (para) los frailes (tejidos) groseros para sus
mortajas. Cuyo caro costo dificultaba en gran manera los socorros y los
disminuía. En vista de lo cual muy luego con la misma fecha ordenó Su
Excelencia a la Noble Ciudad cuidase de que los precios de los citados efectos
no subiesen a un excesivo grado, dando cuenta inmediatamente con los casos
particulares que se pudiesen observar para que se tomasen por el gobierno de
las providencias más oportunas al remedio.”
Al final, en
la página 242, con llamada de atención nota 15 concluye: ““En las de Puebla de
los Ángeles, Valladolid y Guanajuato, imitando a ésta capital en lo posible, se
obró con el mismo fervor y empeño en la asistencia y curación de los pobres contagiados.
Y se sabe que los ilustrísimos señores obispos Don Victoriano López y Don Juan
Ignacio de la Rocha, dieron pruebas y ejemplos dignísimos de su paternal
compasión y misericordia erogando largas limosnas por todas partes y
coadyuvando de todas maneras al socorro de los miserables, animados del mismo
celo y espíritu que nuestro amado ilustrísimo Metropolitano.”
En Salud
Pública de México, Biblioteca Virtual en Salud [20]
encontramos: “…Según Humboldt la vacuna antivariólica fue introducida en México
en enero de 1804 por el Dr. Murphy, quien la trajo de la América Septentrional
en más de una ocasión. El 25 de abril del mismo año se obtuvo también de La
Habana, Cuba, por el Dr. Juan Arbolayera y el Licenciado José María Navarro,
quienes vacunaron siete niños de la casa de expósitos, a cinco de los cuales
les prendió. El 30 del mismo mes también llegaron a México (ciudad) varias
personas inoculadas de brazo a brazo, enviadas por el Ayuntamiento de Veracruz,
temerosos de que la linfa en cristales llegase inactiva. Estas personas
vinieron al cuidado de la Dra. María Pérez.
“La expedición
del Dr. Francisco Javier Balmis [21]
salió del puerto de La Coruña el 30 de noviembre de 1803 en la corbeta María
Pita, con 22 niños a bordo, al cuidado de una enfermera de la casa de expósitos
de dicha ciudad y de otro personal de enfermeros, y los niños fueron vacunados
de brazo a brazo durante la travesía con el fin de conservar la vacuna. Llegada
a Puerto Rico en 1804, la expedición se dividió: una parte dirigió a la América
del Sur, al mando de don José Salvany, siguiendo el curso del río Magdalena,
hacia Bogotá, y desde allí, cruzando los Andes en pleno invierno, se dirigió a
Lima, capital del Virreynato del Perú (sic). La otra parte, al mando del mismo
Balmis, se dirigió primero a Venezuela (La Guaira, Caracas, Maracaibo), pasó
luego a La Habana y más tarde al Yucatán, donde desembarcó en el puerto de
Sisal. En el Carmen se subdividió la parte dirigida por Balmis. Su ayudante,
Francisco Pastor, partió con órdenes de llegar a Tabasco, pasar a Villahermosa
y desde allí, remontando el lisumacinta (sic, por Usumacinta), bajar a Ciudad
Real de Chiapas y, finalmente, a Guatemala. Balmis se dirigió a Veracruz, de
donde se trasladó a Puebla para seguir a la Ciudad de México. Dice la Gaceta de
México que salieron a recibirle el intendente, señor Conde de la Cadena, el
Obispo de la Diócesis y el Ayuntamiento. El niño portador de la vacuna fue
llevado a la Catedral en el coche del Obispo. Allí los recibió el cabildo
eclesiástico, y el coro de la catedral cantó un solemne Te Deum. Dos días más
tarde, en presencia del Intendente y del Obispo, fueron vacunadas 230 personas,
labor que continuó en los días siguientes, al mismo tiempo que en el palacio
arzobispal se instalaba la ‘Junta para la conservación y propagación de la
vacuna’.
“Balmis
continuó su viaje y su labor en Querétaro, Guanajuato, León, Aguascalientes,
Zacatecas, Durango, etc(étera). A Chihuahua llegó el 21 de mayo de 1804, donde
el cirujano Jaime Curva vacunó al primer niño. A los pocos meses el número de
personas vacunadas en el interior de la hasta entonces casi despoblada
provincia de Nueva Vizcaya, era superior a 2.500.
“A Guadalajara
llegó el 7 de agosto del mismo año, gracias a los esfuerzos de don Vicente
Carro y de don José Francisco Araujo, médico de la península de la antigua
California. Llegó Balmis a Monterrey, Alta California, en tiempo del gobernador
Arrillaga y, a Sonora, siendo gobernador el General Terán Conde. Mediante
gratificaciones a los padres y bajo promesa de que serían educados por cuenta
del erario público, Balmis consignó niños en México para llevar la vacuna a las
Filipinas. Desde allí fueron devueltos al punto de origen, mientras Balmis se
trasladaba a Cantón y Macao y regresaba a España.
“Conmueven
este largo peregrinaje alrededor del mundo, la fe y el tesón de los encargados
de tan meritoria misión, a los que no arredraron continuos sacrificios. Balmis
murió, al parecer pobre, en 1820. Su obra merece ser colocada en el mismo rango
que el descubrimiento, las conquistas y los viajes continuos de los religiosos
encargados de la evangelización de los indios.” [22]
En El discurso independentista y la nueva mujer
mexicana [23]
su autora, Martha Porras de Hidalgo sanciona en Los
inicios de una práctica médica: la vacuna en Puebla durante la época de las
Reformas Borbónicas (1797-1804) página 117, de Eduardo Gómez Haro: [24]
“Vacuna Balmis. El 20 de Septiembre de 1804 llegó a nuestra ciudad la
<<Real Expedición Filantrópica>>; siendo recibida, en el puente de
México por el señor gobernador e
intendente, por el señor obispo y por el H. Ayuntamiento de la ciudad. El
director de la expedición recibió, en unión de los miembros de la misma, una
serie de agasajos; el Ayuntamiento de la ciudad designó al director Francisco
Javier Balmis, en cabildo abierto, regidor honorario. El mismo cuerpo edilicio
nombró a los señores regidores Ignacio María de Victoria y José Ignacio Romero,
Alférez y Alguacil Mayor respectivamente y el señor obispo a dos capitulares
para que se encargaran de la conservación de la vacuna. La aplicación de la
misma fue gratuita y los miembros de la expedición enseñaron a los facultativos
poblanos el cultivo y repartición de vidrios de linfa entregándose quinientos
ejemplares del libro: Tratado Histórico de la Vacuna.”
En
seguida de ese extracto, Martha Porras de Hidalgo comenta en la página 157: “En
la provincia frecuentemente se aquilata exageradamente a los extraños con
menosprecio de los mismos coterráneos, aunque algunos de éstos sean verdaderos
valores; tal sucedió con la aplicación de la vacuna. Consta en los archivos del
Ayuntamiento de Puebla que el 24 de abril del mismo año el doctor José María
Pérez, veracruzano radicado en Puebla, había aplicado ya la vacuna, pero el
facultativo era mexicano y muy poco caso se le hizo, en cambio, los honores y
la admiración fueron para la mencionada ‘Expedición Filantrópica’.”
El
doctor Dr. Francisco Xavier Balmis y Berenguer responsable de la Real
Expedición Filantrópica de la Vacuna (conocida como Expedición Balmis, en
su honor), nació en Alicante
(España). El 2 de diciembre de 1753, con escala previa en La Habana (Cuba),
llega poco después a la Ciudad de México en donde reconocido como primer
cirujano en el Hospital de San Juan de Dios. En esta institución estudió los
remedios para enfermedades venéreas (hoy denominadas “infecciones de
transmisión sexual”), que le serviría para publicar más tarde el Tratado de las
virtudes del agave y la begonia (Madrid, 1794).
Al regresar a
España obtuvo el título de médico personal de Carlos IV, persuadió al monarca
de enviar una expedición a América para propagar la recién descubierta vacuna
de la viruela. Balmis y Josep Salvany i Lleopart fueron el alma de la
expedición salida del puerto de La Coruña el 30 de noviembre de 1803. De continuó
a Puerto Rico, Puerto Cabello, Caracas, La Habana, Mérida, Veracruz y la Ciudad
de México. La vacuna llegó a lugares remotos en el norte (Texas) y a Nueva
Granada en el sur. En el transcurso de la expedición, el doctor Salvany llevó
la vacuna a América del Sur —hasta Chiloé— en la actual República de Chile, el
territorio más austral bajo el dominio español en el Pacífico.
Para ubicarla
en su justa dimensión, entendamos que la vacuna “bajaba” ya desde el norte
(Alaska [25])
en una expedición patrocinada por el imperio ruso en lo que algunos
historiadores consideran una forma de penetración y colonización, ante lo cual
y para imponer una frontera septentrional a tales incursiones sobre el vasto
territorio americano, posesión de España desde 1775 cuando Bruno de Hezeta [26]
y Francisco Bodega y Quadra [27]
en nombre del rey [28]
realizaron los actos simbólicos correspondientes para afirmar el predomino
territorial. De ese pasado violento quedan todavía algunos nombres hispanos en
Alaska: Valdez, la ciudad de Córdoba y el glaciar Malaspina[29],
asentada y ampliada por la Primera Compañía Franca de Voluntarios de Cataluña
(cuerpo del ejército colonial español formado por voluntarios catalanes creado
en 1767) que ya había participado en la exploración de California. Parte de
esta Compañía fortificó la isla de Nutka [30]
y el resto continuó la exploración para fundar Cordova [31]
y tomar posesión de otras tierras. Así, la vacuna “oficialmente” llegó a
tierras americanas literalmente “a hombros de niños” (niños vacuníferos)
huérfanos. De hombro a hombro, con el lapso de asimilación por el organismo, el
líquido de las pústulas lo inoculaban de un contagiado a otro sano, con la
única dificultad de agrupar nuevos expósitos o huérfanos y continuar su
trayecto en las complejas tierras americanas.
El 15 de abril
de 1805, tras una dificultosa travesía de 67 días —excedido el máximo de 50
jornadas—, una nave con un grupo de niños mexicanos llegó a Manila (Filipinas[32])
con la cura para la viruela.
De los nombres
citados e innúmeros en el anonimato quedan sólo algunos para denominar calles o
poblaciones, perdido el origen, el significado y la trascendencia de su hacer dificultoso
en favor de los intereses económicos de su sociedad y en beneficio de los
pobladores de los vastos espacios por dominar. Y cabe la consideración
perogrullesca: ningún avance en la sociedad de los hombres es obra individual
en un momento específico, es suma de experiencias y errores en procura del
perfeccionamiento práctico y de la ciencia en el espacio y en el tiempo.
Además, hasta donde es posible afirmar, en la Ciudad de Puebla no hay una
pequeña calle con el nombre de “Doctor José María Pérez”, el veracruzano
radicado en Puebla que anticipara por poco a la “Expedición filantrópica” en la
aplicación de la vacuna contra la viruela.
[1] Bernardo
García Martínez. El cataclismo
demográfico de la Conquista. Arqueología Mexicana, número 74, pp. 58 a 71.
[2] Ídem.
[3] Ibídem.
[4] comoves.unam.mx
[5] Ídem.
[6] bvs.insp.mx/rsp/artículos, consultado el
21 de julio del 2015.
[7] Sonia C.
Flores Gutiérrez. Archivo Histórico de la Facultad de Medicina. Departamento de
Historia y Filosofía de la Medicina. facmed.unam.mx/publicaciones/gaceta/ago2596/viruela
consultado el 21 de julio del 2015.
[8] “Benito
Jerónimo Feijoo. Es el filósofo español más importante del siglo XVIII, y se le
considera introductor del ensayo filosófico escrito en lengua española. Benito
Jerónimo Feijoo Montenegro nació en 1676 (en Casdemiro, Orense), y en 1690 tomó
el hábito de San Benito, una de las órdenes católicas, en el monasterio de San
Julián de Samos. Estudió en los colegios de Lérez (Pontevedra) y en el
monasterio de San Vicente de Salamanca. A partir de 1709, y durante más de
medio siglo, residió en Asturias, en el colegio benedictino de San Vicente de Oviedo
(edificio actualmente ocupado por el Museo Arqueológico Provincial y por la
Facultad de Psicología), donde murió en 1764. Está enterrado en el crucero de
la Iglesia de la Corte, que se abre precisamente sobre unos de los patios del
antiguo convento, que lleva ahora su nombre: Plaza de Feijoo. La época de su
mayor actividad literaria empieza al final de su profesorado, del que se retiró
a los sesenta y tres años, después de ejercerlo durante cuarenta años. Contaba
ya cincuenta años cuando, sin moverse prácticamente de Oviedo (no sobrepasaba
entonces esta ciudad los cinco mil habitantes), inició Feijoo la publicación de
ensayos filosóficos sobre todo género de materias, para desengaño de errores
comunes. Su crítica filosófica, realizada desde el conocimiento del estado de
las ciencias, la técnica y la filosofía de su tiempo, tuvo que soportar los
ataques más virulentos tanto desde la atrevida ignorancia de arcaicos y
pedantes escolares (enquistados otrora como agora en muchas cátedras
universitarias) como desde posiciones supuestamente ilustradas. Entre 1726 y
1740 publicó los nueve volúmenes del Teatro crítico universal (el nono,
suplemento de los ocho anteriores, refundido en ediciones posteriores), y entre
1742 y 1760 los cinco volúmenes de Cartas eruditas (contaba pues 84 años cuando
apareció este último volumen), además de otras obras, sobre todo defensivas
frente a los ataques recibidos. Desde noviembre de 1998 están disponibles en
internet sus obras completas, por lo que hoy leer a Feijoo desde cualquier
lugar del mundo ya no entraña mayores dificultades. Sólo con ojear los títulos
de sus discursos y cartas se puede apreciar la rica variedad de asuntos sobre
los que trató…” as.filosofia.net/Feijoo,
consultado el 21 de julio del 2015.
[9] En ocho tomos,
aparte de múltiples discursos y cartas.
[10] Sonia C.
Flores Gutiérrez. Obra citada. Consultado el 5 de agosto del 2015.
[11] En su momento con
tres denominaciones diferentes. De norte a sur: Santa María la Redonda, San
Juan de Letrán y Niño Perdido, a más de otros nombres adjudicados en pequeños
tramos.
[12] Abigail Meza,
Socorro Báez. Paloepatología y demografía
en el Hospital Real de los naturales. pp. 53-67. De fragmentos y tiempos.
Instituto de Antropología e Historia, Subdirección de Salvamento Arqueológico,
1994.
“Hipotéticamente,
el Hospital de los Naturales atendía únicamente a indígenas del altiplano y
valle de México, por lo que era obligatorio tanto para capellanes como para
médico el dominio de lenguas indígenas como el otomí y el náhuatl. Se
consideraba que fue una de las instituciones más eficientes en la asistencia a
individuos no blancos durante la Colonia; en él se realizaban autopsias desde
1576 para tratar de encontrar las causas de muerte entre los indígenas y se
buscó integrar la medicina europea con los conocimientos indígenas,
principalmente los relacionados con la herbolaria.
“Este
hospital contaba con ocho salas, dos médicos, dos cirujanos y alrededor de 300
pacientes en el siglo XVII. Económicamente se sostenía principalmente con
tributo real, ya que estaba a cargo de la Corona.”
[13] Ídem. Página
65.
[14] Salvador
Pulido Méndez. Arqueología de Eje Central
Lázaro Cárdenas de la Ciudad de México. Notas de las excavaciones arqueológicas
de la Línea 8 del Metro. Pp. 37- 52. De fragmentos y tiempos. Instituto de
Antropología e Historia, Subdirección de Salvamento Arqueológico, 1994.
[15] Virginia
Guzmán Monroy*El virrey Martín de Mayorga y las medidas contra la epidemia de
viruela de 1779. Transcripción paleográfica de Mariana Zamora Guzmán. Páginas
224 a 227. cnmh.inah.gob.mx/boletin/boletines
consultado el 20 de julio del 2015.
[16] “Cronológicamente,
un recorrido por los acontecimientos del Hospital que sigue haciendo historia.
En la segunda mitad del siglo XVI, la Nueva
España era una ciudad destrozada y abandonada, exceptuando los templos y los
palacios de los conquistadores, el entorno era insalubre como lo demuestran las
epidemias sufridas en la población, propiciando desprotección de niños
abandonados en las puertas de los templos y conventos así como en la vía
pública.
“El Hospital de la Mujer es fundado en
1582 por el Doctor Pedro López, con el nombre de Hospital de Nuestra Señora de
los Desamparados. El médico solicitó la ermita donde había estado la aduana, a
fin de hacer de ella un hospital para atender a la población más necesitada de
la época, que eran los Indios, Negros, Mestizos y Mulatos.
“Es importante hacer notar que es
justamente en el Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados, donde, desde
la época de su fundación, se formó la primera Asociación de Damas para ayuda de
los enfermos.” hdelamujer.salud.gob.mx/historia
Consultado el 8 de agosto del 2015. Actualmente es el espacio del Museo Franz
Mayer.
[17] “Varios
panteones han guardado un lugar en la historia mexicana gracias a los vicios y
virtudes que acompañaron a sus moradores en vida y quienes encontraron en
algunos cementerios la paz y tranquilidad necesarias para dormir el sueño de
los justos. Uno de los más famosos en el siglo XIX fue el cementerio de Santa
Paula —en la actual Colonia Guerrero; Paseo de la Reforma, Moctezuma, Mosqueta
y Camelia—.
“Había sido
fundado hacia 1784, pero operaba desde 1779 año en que la viruela volvió a
cobrar numerosas víctimas entre la población de escasos recursos (¿cuarenta mil
víctimas?). El hospital de San Andrés era el propietario y ante la grave crisis
de salud, dispuso un espacio para los pacientes que lamentablemente no
respondían al tratamiento médico y cuya única alternativa era rendirle honores
a la muerte. Así decidió erigirse el cementerio en las afueras de la ciudad (en
lo que hoy es parte del Paseo de la Reforma norte, enfrente del inmueble que
por años ocupó la Carpa México) medida necesaria para evitar que los vientos
contaminaran el ambiente citadino.
“El cementerio
contaba con su capilla —consagrada al Salvador—; tenía su retablo, un altar
para la celebración de la misa y curiosamente treinta y cinco sepulcros para
particulares que quisieran ser enterrados allí como un acto de humildad. No era
un cementerio general ni abierto al público. Durante años sólo fueron
sepultados ahí, los enfermos del hospital de San Andrés. Sin embargo, en uno de
aquellos sepulcros se cumplió la última voluntad del benefactor Manuel Romero
de Terreros, conde de Regla y fundador del Monte de Piedad: sus restos
encontraron el descanso eterno entre la misma gente a la que siempre trató de
socorrer.
“La capilla del
camposanto de Santa Paula tenía su campana para anunciar al Vicario la entrada
de los cadáveres, a los cuales bendecía junto con las sepulturas y celebraba
las exequias. Para evitar que la ciudad fuera testigo de las tristes
procesiones y dolorosos cortejos fúnebres los entierros se realizaban por la
noche.
“Los años
transcurrieron y Santa Paula cambió como todo el país, cuando México nació a la
vida independiente. En 1836 fue declarado cementerio general y todas las
personas que fallecían en la ciudad de México debían ser enterradas en él. Se
decía que era ‘el mejor cementerio de toda la República… en él se supo reunir
la lúgubre hermosura, con la salubridad, decencia y aseo’.
“Como última
morada, Santa Paula fue el lugar de moda durante varios decenios. En 1842 un
hecho insólito le dio mayor importancia. ‘La mañana del 27 de septiembre se
hizo un brillante entierro, desconocido, para nuestros mayores, del miembro de
un hombre vivo aún, al que concurrió, por la novedad y rareza de la función, la
gente más ilustre de México, y un inmenso pueblo atraído de la novedad de este
singular espectáculo’. El acontecimiento no fue otro que la inhumación de la
pierna de Santa Anna perdida en combate en 1838. Dos años después, del
cementerio de Santa Paula, la gente exhumó la pierna de su otrora héroe, para
arrastrarla por toda la ciudad.
“Santa Paula
también albergó hombres y mujeres que se brindaron por la causa mexicana, como
la insurgente Leona Vicario o varios de los patriotas que combatieron a los norteamericanos
y cayeron en defensa de México en las batallas de Molino del Rey y el Castillo
de Chapultepec en septiembre 1847 como Lucas Balderas o Felipe Santiago
Xicoténcatl.
“Los mejores
años del cementerio se fueron apagando a mediados del siglo XIX. Hacia 1869 el
gobierno de la ciudad de México ordenó su clausura para dar cabida a nuevos
cementerios. El crecimiento de la ciudad, las construcciones y los caminos
terminaron por borrar los últimos vestigios de Santa Paula y la mayoría de sus
moradores.” El cementerio de Santa Paula. bicentenario.com.mx
Consultado el 6 de agosto del 2015.
[18] “En 1803,
Carlos IV, Rey de España, decidido a terminar con la viruela en sus colonias
americanas, resolvió reclutar a 24 niños huérfanos que nunca habían tenido
viruela. Hizo que a dos de ellos se les vacunara y se les embarcara, junto con
el resto del grupo, rumbo a sus colonias americanas. Con las secreciones del
primer par de niños vacunados se inoculó a otro par de los huérfanos; diez días
después, y antes de que sanaran, se inoculó al par siguiente con las
secreciones del primer par, y así sucesivamente, hasta que llegaron a América.
Con este procedimiento de brazo a brazo se pudo llevar vacuna fresca a todas
las colonias españolas, y en poco tiempo la vacunación se popularizó en todo el
planeta.” comoves.unam.mx
[19] Virginia
Guzmán Monroy*El virrey Martín de Mayorga y las medidas contra la epidemia de
viruela de 1779. Transcripción paleográfica de Mariana Zamora Guzmán. Páginas
235 a 242. cnmh.inah.gob.mx/boletin/boletines
consultado el 20 de julio del 2015.
[20] bvs.insp.mx/rsp/artículos, consultado el
20 de julio del 2015.
[21] Ídem. Aquí el
autor o autores sugieren: Para más detalles sobre esta ejemplar expedición
véase el trabajo del Dr. Miguel E. Bustamante en el BOLETÍN de febrero, 1949,
pp. 188-191.
[22] bvs.insp.mx/rsp/artículos, consultado el
21 de julio del 2015.
[23] Apartado
“Sucesos importantes acaecidos durante la Independencia en Puebla”. Páginas 153
a 175. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (Dirección de Fomento
Editorial) y la Asociación de Mujeres Periodistas y Escritoras de Puebla
(AMPEP), 2010.
[24] Puebla, BUAP,
Colegio de Historia, 2000.
[25] El nombre de
"Alaska" proviene de la palabra aleutiana alaxsxaq, cuyo significado es, literalmente, "tierra
firme" o “tierra grande”, según versiones encontradas.
[26] Bruno de
Heceta (o Hezeta) y Dudagoitia (Bilbao, 1744 - 1807). Oficial naval español,
exploró la costa del océano Pacífico de la zona norte de la Alta California
(actualmente Estados Unidos y Canadá), enviado por el 46º virrey de Nueva
España, Antonio María de Bucareli y Ursúa, Henestrosa y Lasso de la Vega, para
afirmar la soberanía española en respuesta a los rumores sobre que habría
asentamientos rusos allí.
[27] Juan Francisco
de la Bodega y Quadra. Oficial criollo limeño de la Armada española. Navegó
desde el puerto de San Blas, en el actual México. De 1774 y 1788 exploró la
costa del Océano Pacífico del noroeste de América hasta Alaska.
[28] Cuando los
países rivales, entre ellos Gran Bretaña y Rusia, ésta por medio de La Compañía rusa de América,
comenzaron a mostrar interés en Alaska en el siglo XVIII, el rey Carlos III de
España organizó varias expediciones a la región para intentar colonizarla
[29] Por Alessandro
Malaspina y Melilupi —españolizado Alejandro Malaspina— (Mulazzo, 5 de
noviembre de 1754 - Pontremoli, 9 de abril de 1809), Marino nacido en el ámbito
de la nobleza italiana sirvió en España
con grado de brigadier de la Real Armada, célebre por protagonizar uno de los
grandes viajes científicos de la era ilustrada, la llamada Expedición Malaspina
(1788-94).
[30] Nootka o Nuca,
en inglés Nootka Island.
[31] Topónimo de
origen hispano cuya ubicación corresponde más al Norte en la actualidad.
[32] Originalmente
el nombre de Filipinas correspondía a las islas de Leyte y Sámar, nombre
impuesto por el explorador español Ruy
López de Villalobos en honor al entonces Príncipe de Asturias. El nombre derivó
en generalización para referir a todas “Las Islas Filipinas” que conforman el
archipiélago.
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