El hombre descalzo.
VÍctor Manuel López Wario
“… en tanto que haya aquí un emperador, habrá un imperio…”
Carlota I de México. 1
Perdura en la historia lusitana la afirmación de que el Rey
don Sebastián I de Portugal (“el Encoberto”)
―místico
e impulsivo salvador de la cristiandad―, no murió en la desastrosa batalla a
orillas del rio Mejazen de la ardiente y cercana Alcazarquivir, aquel funesto 4
de agosto del 1578. El sebastianismo
encontró espacio en la poesía y voz de los trovadores para la imperecedera esperanza
de los portugueses de un regreso del decimosexto monarca portugués en los
momentos de crisis y penalidades.
Poco
después de las 2 de la tarde del día 10 de abril de 1919, Emiliano Zapata caía
muerto por el impacto de 7 a 9 balas de fusil, la mayoría de ellas hirió
el pecho del general revolucionario. Y ante el cuerpo del muerto a traición,
expuesto por dos días en los portales del Palacio Municipal de Cuautla,
Morelos, acudieron decenas de personas para atestiguar que ése
era el general Miliano. De ahí lo
llevaron al panteón municipal en donde depositaron los restos. No obstante las
evidencias físicas, el pueblo esperanzado afirmó que el cadáver mostrado era
el de un su compadre y que el verdadero general cabalgaba en el lejano espacio
de las tierras árabes.
El
apóstol Santiago (Yago, “el mayor”), tras evangelizar en España (¿?), murió decapitado
por espada durante el tiempo de Herodes Agripa. Su cuerpo, trasladado a España
por dos de sus discípulos, Atanasio y Teodoro, quedó en una fosa sobre la que el
rey Alfonso II (“el casto”) ordenó
construir la catedral de Compostela (Campus
Stellae ―Campo
de estrellas―).
Este apóstol ―ahora hábil jinete― retoma toda su vitalidad para arrimar
el hombro a los hispanos y así vencer a los moros en Clavijo (844), y todavía,
afanoso, vino a tierras americanas a luchar en favor de los nuevos espacios conquistados
en nombre de Carlos I.
Poco antes de las 9 de la mañana
del 7 de diciembre de 1815, un destacamento de soldados llevó
al mariscal de Francia Michael Ney a los Jardines de Luxemburgo, en Paris, para
fusilarle. Dos son las versiones resultantes: 1º. el ajusticiado era un doble a
modo y, 2º. fue acto “montado” entre “hermanos masones”. Años después, en 1848
(o el 15 de noviembre de 1846), un profesor (¿de francés?) en la Universidad de
Carolina del Sur (o en el Davidson Collage, de North Carolina) con nombre Peter
Stuart (o Stewart) Ney moría y según lo asentado, sus últimas palabras fueron: “Soy Ney, el mariscal de Francia”, o según
otros: “Bessières
está muerto, la Vieja Guarda está muerta, ahora, por favor, dejadme morir.”
2
A los héroes destacados en las
naciones chicas, en los poblados grandes, en los vastos imperios, en los períodos
críticos en la historia de las naciones, a la vez de perder sus humanos
defectos, adquieren un espíritu prístino elevado a toda semejanza humana, les
negamos el fin de sus días terrenales, van de una esperanza dolida a la certeza
infundada de su perpetuación vital, y, para ello, les concebimos un resquicio
de salvación y un espacio para una vida sin ajetreos a la espera de su regreso
en los momentos difíciles. Si algo nos falla, si no resulta comprobable su
continuación en la vida, los montamos en su Babieca, lo armamos y vestimos
bélicamente para triunfar en su última batalla a la manera de Ruy Díaz de Vivar
o sobre unas andas ricamente adornadas para el Cihuacóatl mexica, el señor
Tlacaélel, ambos bendecidos con la ficción que triunfa sobre lo lógico y evade la
norma de conducta en sus comunidades.
El enigma de
Maximiliano de México (1ª, 2ª y 3ª parte) con firma del profesor Francisco
M. de las Heras y Borrero 3, recupera de trasmano y da cuerpo a las
múltiples interrogantes y afirmaciones aparecidas deshilvanadamente en diversas
fuentes respecto al antes y después de las siete y cinco minutos del 19 de
junio de 1867 para la tragedia en el Cerro de las Campanas.
Las
aparentes dudas surgen de un cúmulo de supuestos, tergiversaciones,
añadidos, hipótesis y sospechas más deseadas que fundamentadas: un intercambio
de cartas secretas entre el presidente Juárez y el derrotado Emperador ―aquí, la
afirmación no da mayor información en cuántas y dónde quedaron esas “cartas
secretas” ―; la pertenencia de ambos a la hermandad de los masones; la
ausencia de Maximiliano en el tribunal de su juicio por la admitida disentería del
prisionero o para sustraerle del teatro de los hechos; la muy reducida comitiva
que acompañó a los sentenciados al lugar de su fusilamiento―la cifra varía
enormemente, o acudieron sólo una veintena de testigos autorizados o la tropa
mantuvo a distancia a los curiosos y cercanos al archiduque y a los generales
Mejía y Miramón―; los “oscuros motivos” para que el acta de defunción del
Emperador de México ―sin mencionar las correspondientes a los Generales Tomás
Mejía y Miguel Miramón― la asentaran las autoridades mexicanas aparentemente un
mes después del hecho; el tiempo transcurrido entre el momento de retirar el
cuerpo del sacrificado del Cerro de las Campanas y su entrega para la
repatriación 4; otras más: las ostensibles diferencias anatómicas entre
el Maximiliano en vida y el cuerpo deteriorado por el pésimo manejo y el doble embalsamado
y la conjeturada afirmación (¿?) dolorida y tajante de su madre, Sofía de
Baviera, al llegar los restos a Austria para depositarlos en el convento de los
capuchinos en Viena, Austria: “¡Este no es mi hijo!” o “¡Llévenselo,
éste no es!” 5 Con
base a esas aseveraciones atadas con la imaginación y con desprecio a la
realidad documentada, surge la primera afirmación un tanto “deslumbrante”: Benito Juárez mató
al Emperador de México, pero, tal vez, no a Maximiliano de Habsburgo, hecho
―¿en
verdad?―
inexcusable entre hermanos masones. Cabe aclarar que a don Benito Juárez García
le iniciaron en la logia de “El espejo de las virtudes” correspondiente al rito
de York durante el año de 1833 o 1834 en Oaxaca ―o, posteriormente el 15 de enero de
1847, en la ciudad de México en la Logia “Independencia No. 2” 6―,
en tanto, quien fuera el segundo emperador de México para unos pertenecía a
alguno de los grupos masones ―hecho no comprobado― regidos por el Antiguo y
Aceptado Rito Escoces o al “Gran Oriente de Francia” o, “suscrito” para
favorecer intereses de grupo.
Justo Armas aparece en El
Salvador poco antes de 1871, vive en una casa de su propiedad y poseía “decenas de auténticos objetos pertenecientes
al Emperador Maximiliano.”, además “su parecido físico con el emperador era
asombroso” (¿?), y por si algo faltara para la tranquilidad emocional del
indultado en secreto, hasta allá llegó
“La Paloma” (¿?), la bella mexicana enamorada de Maximiliano, ya monja y con el
nombre de “Hermana Trinidad”. 7
Por otra parte, queda la
afirmación de un acuerdo entre Juárez y el Habsburgo en el sentido de salvarle
la vida en tanto el segundo lo mantuviera en secrecía, convenio aceptado por
ambos. En este punto, la discreción no fue lo prioritario en el devenir, ya que
Rolando Deneke ―con el apoyo de la Fundación María Escalón de Núñez― asienta
que entre los años 1914 y 1915, Justo Armas ―el supuesto Maximiliano de
Habsburgo encubierto en El Salvador―, recibió en un hotel de en la ciudad
de San Salvador a una embajada venida de Viena a fin de devolverle su posición
al trono de Austria dada la grave enfermedad de su hermano Francisco José, a
ellos ―toda
esta charla desarrollada en alemán― respondería Armas: “La persona a la que ustedes se refieren es
precisamente la que me hizo firmar en contra de mi voluntad un pacto en el que
yo y mi descendencia renunciábamos al reinado. Yo soy un hombre viejo, estoy
cansado y lo único que quiero es que me dejen en paz.”, exclamaría un tanto airado el culto, elegante y poliglota Justo
Armas, ―quien
por cierto, creó y dirigía una empresa de alquiler de servicios de banquetes e
instruía a las jerarquías salvadoreñas en asuntos de protocolo―.
Una de las líneas desviadas para afirmar de la permanencia
de la sangre Habsburgo la asienta Enrique Lardé, quien establece que Justo Armas no
era otro más que Rudolf de Habsburgo, hijo de Elizabeth Amalie Eugenie Herzogin
in Bayern (Sissi) y de Franz Joseph I. En la realidad Rudolf murió junto con
Maria Vetsera en el Palacio de Mayerling de manera poco clara ―la versión común
es “suicidio doble”―. No obstante, queda la afirmación de que Rudolf, salvado
misteriosamente, vino a Chile y ahí engendró ―de manera adulterina― al doctor
Enrique Lardé Arthés (10 de junio de 1899-30 de julio de 1993) o que,
Maximiliano/Justo Armas, usurpó el nombre de su sobrino Rudolf al enamorar a la
madre de quien supuestamente declaró que de aquella unión nació una creatura y:
“Yo soy ese niño”. (En el caso de que el doctor Lardé Arthés realmente
profiriera semejante afirmación, la mitificación en la sustitución del padre
seria asunto de otra naturaleza.) Aquí, lastimosamente, no importaría el
prestigio de los ancestros si de esa manera queda uno ligado, aunque sea
mediante un borrón, en las casas aristocráticas y coronadas del viejo mundo. ¿O
Justo Armas fue el archiduque Johann Salvator de Habsburgo, sobrino de
Maximiliano que tras renunciar a sus derechos heredados ―expulsado de la
familia por su posición política― viaja con la bailarina inglesa Milly Stubel a
bordo del barco Santa Margarita comprada por el ex archiduque, nave naufragada
sin sobrevivientes en Cabo de Hornos? Pero ¡no!, el ahora conocido con el
nombre de Juan Orth salvó la vida junto con su Milly Stubel e iniciaron una
nueva vida en Entre Ríos, Yeruá, Chaco y en Córdoba en diferentes etapas. Como
sea, la sangre real de los Habsburgo deberá de quedar en tierras americanas.
El estudio comparativo respecto a la
grafía de Justo Armas y de Maximiliano (a partir de copias) realizada en
Florida, EUA, concluyó que los trazos analizados corresponden a la misma
persona en dos edades de su vida: juventud y vejez. Desafortunadamente no hay
mayor información del cómo, cuándo y qué material recibió el análisis
correspondiente, ni en dónde y cuándo, concretamente, y por quién surgió el ahora
desacreditado veredicto. Otra evidencia fallida fue la correspondiente al estudio
de ADN a partir de una muestra recogida a Elizabeth de Habsburgo de Mithofer,
desgraciadamente las muestras tomadas al cadáver de Justo Armas resultaron
estropeadas. No obstante, para Rosa Valdelomar que sigue muy de cerca el
trabajo del doctor Francisco Manuel de las Heras y Borreros: “la prueba… dio
positiva.” 8 En tanto que para Carlos Lavín 9 los
estudios de grafología y de ADN, ambos resultaron positivos. En una larga serie
de aportes, la afirmación queda, persiste y crece en número y apasionamiento
sin dar espacio a la razón ni a las contradicciones “documentadas”.
El final del trabajo del doctor de las
Heras resulta alucinante si nos atenemos a la redacción: “Nosotros, a la vista
de las circunstancias concurrentes en esta historia, hacemos la apuesta, desde
luego arriesgada, de que Justo Armas bien podría ser el Archiduque Maximiliano
de Habsburgo, emperador de México… Benito Juárez, respetado el juramento
masónico, mató al Emperador Maximiliano pero respetó la vida del archiduque
Maximiliano de Habsburgo”. Y remata con una aseveración esperanzadora: “No
obstante, como en tantos otros casos, las pruebas de ADN tendrán la última
palabra.”
Y si quedara algún resquicio de duda
he aquí un argumento de peso: el Justo Armas de la historia previa a su llegada
a El Salvador, prometió a la Virgen del Carmen caminar de ahí en adelante
descalzo después de salvarle la vida en un naufragio, y con respecto al nombre este
surge supuestamente de un documento de don Benito Juárez en donde queda, con
redacción un tanto forzada: “El archiduque Fernando Maximiliano José de Austria
fue hecho justo por las armas el 19 de junio de 1867...". De ahí el
personaje tomaría, con aberrante ingenuidad, su nombre final: Justo Armas. De
tal documento, Rolando Deneke no deja referido en dónde encontró tal comunicado
de Juárez, o, al menos, sus seguidores no lo asientan. Y así, la “historia” nos
lleva de un “tal vez” a un “podría ser” con la evidencia en circunstancias forzadas y
de poco sustento.
Con fecha del 4 de abril del 2015,
titulado “No se hagan bolas, a
Maximiliano si lo fusilaron…”, Rodrigo Borja Torres, deshoja toda la gran cadena
de ficción y fantasía tejida más con un anhelo novelesco que con argumentos
firmes y probados. 10
De cualquier manera, si Justo Armas
muere en 1936 y Maximiliano nace el 6 de julio de 1832, sería de 104 años la
trayectoria de vida de Justo Armas y no de 114. Los orígenes del descalzado
Justo Armas están en otro lugar alejados de esa fantasía arrebatada, a menos
que la falacia reporte un beneficio para alguien en particular. Triste,
sumamente dolorosa la suerte del archiduque Ferdinand Maximilian Joseph Maria
von Habsburg-Lothringen y de Marie Charlotte Amélie Augustine Clémentine
Léopoldine de Sax-Coburgo-Gotha ―cada uno con su tragedia― los efímeros
emperadores de México: Maximiliano I y Carlota I, pero, la imaginación desatada
poco beneficio lleva a la Historia misma y a la de los supuestamente auxiliados.
Al término de su vida, Justo Armas solicita
los sacramentos de la confesión y la extremaunción por el arzobispo Alfonso
Belloso Sánchez 11 a quien ―según “testigos presenciales”― confía su
verdadera identidad. Al morir, el arzobispo, tras una inclinación de cabeza ―o
genuflexión, para otros―, sin dar la espalda al recién fallecido exclamo: ¡Ha muerto un emperador! Para corregir
poco después ante la perplejidad de los presentes: ¡Ha muerto como un príncipe! De ahí, a la confirmación de que Justo
Armas fuera el liberado Maximiliano demandaba sólo el deseo de que así lo fuera.
Para otras fuentes la afirmación del prelado fue de otro tono: ―¡Ha muerto un santo y un gran personaje!
El
acta de defunción.
A Justo Armas lo sepultaron en la tumba de la familia del
vicepresidente Gregorio Arbizú, en el Cementerio de los Ilustres en San
Salvador, capital del país. Mayo 29, 1936 [fecha en la tumba]. Es a Refugio
Pinto de Arbizú, viuda de Enrique Arbizú Pinto [hijo de don Gregorio Arbizú], a
quien Justo Armas lega sus bienes tras la muerte de Enrique quien fuera su
primer beneficiario.
Al final, todo es un cuaderno con
apariencia de clave morse. 12 No existió otra oportunidad para el
fallido emperador, ni acuerdo ni perspectiva para su salvación. Dejar la
cordura en argumentos sujetos a la deseada posibilidad, a más de traición a la
verdad parcial, es engañar a los demás con una aseveración anclada en la aceptación
irrestricta alejada a toda comprobación.
Cerremos estas especulaciones con el
aporte de don Gabriel A. Ramírez Clará. 13 En su trabajo recalca la
poca asistencia en el momento del sacrificio a la vez que anota la presencia de
dos testigos de invaluable veracidad, ambos sumamente cercanos al emperador
Maximiliano: Felix Constantin Alexander Johann Nepomuk zu Salm-Salm y aquel que
fuera valet, cocinero o criado particular, el húngaro Jösef Tüdöz, “de porte
alto, recio y con las características que debe poseer, persona alguna para
estar en la cercanía del Emperador”.
En el testimonio del Dr. Szender Ede,
queda: “Hay poca literatura sobre la historia verídica de Maximiliano y ninguna
de su fusilamiento (sobre todo en Europa), ya que los 4 únicos testigos
presenciales No Mexicanos (dos diplomáticos de Prusia [¿?], un comerciante
(Carlos Stefan y un médico húngaro (yo) hasta ahora no lo publicaron.” 14
En el espacio correspondiente al
testimonio de don José Luis Blasio deja: “Ambos (Antonio Grill ―camarista de su
majestad― y Jösef Tüdöz) habían presenciado el fusilamiento de Maximiliano,
ambos habían empapado sus pañuelos en la sangre de aquel príncipe que murió con
tanto valor y deseaban cuanto antes volver a Viena y llevar a la madre del
soberano esas piadosísimas reliquias…”. De Tüdöz queda el consenso acerca de
sus modales cultivados, su educación y vasta cultura aunadas a su discreción y
el conocimiento y práctica de su natural lengua húngara, el alemán, para
entenderse con Maximiliano, y el castellano, para atender las cosas locales en
el espacio del Imperio Mexicano.
Más adelante, Ramírez Clará, establece
una hipótesis que surge necesariamente para
la seguridad y sobrevivencia de Jösef Tüdöz, “acogerse” a un nuevo
nombre en tiempos de violencia y venganzas entre mexicanos y en contra de los
extranjeros presentes y participantes en el derruido edificio del Imperio, de
las partidas de bandoleros y de los grupos de desertores. Así, localiza a un
Josef Justo Raphael Palacio Armas, nacido el 13 de agosto de 1805 en Santa Fe,
Guanajuato, Guanajuato, México, hijo de Julián Palacio y de Paulina Armas.
(Para su verosimilitud en cuanto a edad y físico asienta que el propio Jösef
Tüdöz nació el 2 de febrero de 1822 en Tiszaigar, Heves, Hunagry, hijo de
Mihály Tüdöz y Ersebet Kolosvári ―diecisiete años de diferencia entre el Armas
guanajuatense y el húngaro―), que, ante varias posibilidades, aparentemente
decide partir hacia el puerto de Acapulco y de ahí buscar una nueva oportunidad
de vida en Sudamérica.
Cita en seguida una entrevista al
señor Ricardo Arbizú Bosque, sobrino de don Gregorio Arbizú, quien ―este
último― “adoptara” al recién llegado a El Salvador (con el apoyo del capitán
general Gerardo Barrios ―masón también―), familia ésta que “heredaron los bienes
y secretos del aristocrático personaje”. “Al morir Enrique Arbizú Pinto, Justo
Armas, cambió el legado a la esposa, dejándola como heredera de los bienes.” Aquí,
además de reiterar la costumbre (o “manda”) de “caminar descalzo (“con talco en
los pies”) en las calles de San Salvador”, añade la de ir “vestido de blanco”.
En el Acta de Defunción queda: “No.
1068. JUSTO ARMAS, varón de ciento catorce años de edad, soltero, negociante,
originario de Austria y en este domicilio, condición legal ignorada; falleció
de nefritis crónica, a las diez horas diez minutos del día de hoy, en el barrio
el centro de esta ciudad, con asistencia médica del doctor Ignacio Hernández.
No dejó bienes. Dio estos datos Roberto Arbizú y firmó.
“Alcaldía Municipal de San Salvador,
Cuscatlán, Veinte y nueve de Mayo de Mil novecientos Treinta y seis.”
(El contenido de esta Acta contradice
la secrecía del acuerdo. Destruye el valor de los supuestos documentos
probatorios de la nueva identidad mexicano-salvadoreña y fija el origen del
recién fallecido en Austria, no en Hungría. Además, resulta extraña la
afirmación en cuanto a la edad al morir sin dejar bienes, máxime cuando es don
Roberto Arbizú quien aporta los datos y firma el documento. Un testamento
asentado en 1922 ante el abogado Alberto Mena hecho por un Justo Armas de 82
años desdice la carencia de recursos y bienes del mencionado y deja en voz del
testador su niñez en San Antonio Texas al cuidado de “una señora y un sacerdote
austriacos”, su paso por Tampico al “amparo de una familia española hacendada y
muy rica que se apellidaba De Armas”. Así, este Justo Armas testador, de 82
años, nació en 1840, en tanto, el Justo Armas fallecido en 1936, tendría por
año de su nacimiento el de 1832 y de bienes, algo sumamente alejado al término
“no dejó bienes”.)
Tema para libros, novelas, notas periodísticas en diversas lenguas
y ambientes, claro que resulta atractiva e inquietante la historia avalada por
quince años de investigación por el arquitecto Rolando Ernesto Deneke (fallecido
en agosto del 2009) que aseveró: “Un estudio antropológico de comparación
cráneo-facial hecho por una antropóloga costarricense dio resultados positivos…
En nuestro último viaje a Austria conseguimos una muestra de sangre de una
pariente de Maximiliano por línea materna directa para poder llevar a cabo la
prueba que dio positiva. Como positivo fue también el estudio grafológico que
se realizó en Florida comparando la letra de Armas con la del archiduque.” 15
Así de tajantes las afirmaciones carentes de nombres y referencias para
cotejar, inutilizadas, desacreditadas y con oferta de mucho en la carencia de
todo.
Por otra parte, el argumento repetido
insaciablemente del “asombroso” parecido de Justo Armas ya sea con el emperador
Maximiliano o con Rudolf de Habsburgo o con el príncipe Johann Salvator de
Habsburgo (prognatas en mayor o menor grado) o con el húngaro Jösef Tüdöz…
sobre todo en el caso de Maximiliano, es un deseo inmoderado de perpetuación o
autoengaño. No hay ninguna certeza tras el nombre del salvadoreño Justo Arenas
de origen austriaco ―según el acta de defunción― como muchos de los europeos
que cruzaron el Atlántico con finalidad de aventura y un mejor futuro. Con la
información disponible resulta una irresponsabilidad imponer un nombre y/o una
realidad anterior diferentes al hombre cuyas circunstancias son afirmaciones con
velo de misterio. Por un principio de dignidad y respeto, para alejar toda
especulación sin fundamento que arrumba los afanes de los historiadores serios
alejados a un acuerdo desde el origen de los hechos que implicaría un gran
número de involucrados para un secreto que por tal dejaría de serlo. Sin la
finalidad de zaherir prestigio ni sensibilidad alguna, el esclarecimiento ―si lo
hubiera para los hechos de aquel 19 de junio de 1867 en el Cerro de las
Campanas― conviene a los gobiernos de México, Francia, Austria, Estados Unidos
de Norteamérica y El Salvador, estas naciones ―y hasta el propio Vaticano― no
necesitan, en lo absoluto, quedar en entredicho ante la simplificación de un
asunto que tiene complejidades mayúsculas en sus prolegómenos, en su desarrollo
y en sus consecuencias.
Notas
1.- Doralicia Carmona. Fernando
Maximiliano José María de Habsburgo-Lorena. memoriapoliticademexico.org Visitado el 15 de marzo del 2018.
2.- De inicio, lo “críptico” de esta segunda afirmación extraña ya
que el mariscal Jean-Baptiste Bessières ―si fuera a quien menciona el
moribundo―murió el 1 de mayo de 1813 (33 o 35 años antes). Bessières, estuvo al
mando de la Vieja Guardia y queda un tanto relegado en la recopilación gloriosa
de Napoleón. Perteneció al círculo cercano al emperador de los franceses y
aparece en seguida de Ney en la mesa de bronce conmemorativa a la victoria de
Austerlitz con trece de los generales napoleónicos, la mayoría de ellos
llegarían a Mariscal. Fotografía insertada en The horizon book of the age of Napoleon, página 166 de Christopher
Herold. American Heritage Publishing Co., Inc. 1963.
3.- M. de las Heras y Borrero, Presidente de la Diputación de la
Casa Troncal de Caballeros Hijosdalgo de los Doce Linajes de Soria, El enigma de Maximiliano de México (1ª.
2ª y 3ª parte). docelinajes.org Visitado
el 3, 4, 12, 13 y 14 de marzo del 2018.
4.- “Consumado el acto de estruendosa justicia nacional, el
cadáver de Maximiliano fue pedido por el Ministro de Austria, M. de Lago, por
el Capitán de la fragata Elizabeth, Mr. Groeller, y por el Barón Magnus, á
todos se les negó. Poco más tarde se presentó en México el Vice Almirante [Wilhelm
von] Tegethoff, el vencedor del combate naval de Lissa, y cuando Lerdo de
Tejada le preguntó con qué carácter se presentaba, respondió: «He pensado que
el Gobierno mexicano preferiría que yo no trajese misión oficial alguna, sino
que me presentase como un embajador de familia, invocando la humanidad, la
piedad… Vengo de parte de la Archiduquesa Sofía.»
'Era la
súplica de una madre, formulada por la boca de un héroe' dice de la Gorge. Ni
la conmovedora sencillez de la súplica, añade; ni la grandeza del enviado, ni
la ancianidad de una mujer inconsolable, obtuvieron el consentimiento. Las
democracias tienen algunas veces singulares durezas, Juárez exigió una
solicitud oficial del Austria ó una solicitud escrita de la familia del
Archiduque. Obligado de esta suerte, el Jefe de Gabinete de Viena, Mr. Beust,
se humillo hasta formulara una solicitud que parecía el reconocimiento del
nuevo orden de cosas. Entonces, y sólo entonces, se ablando la formulista
Republica.
“Aquello, sin embargo, no era una
exigencia, sino un homenaje mismo á la desgracia y el reconocimiento del
carácter sagrado de un cadáver.
“Juárez no podía disponer de los
restos de Maximiliano sin estar autorizado competentemente por el Gobierno de
Austria ó por la familia de Hapsbourg; no podían bastar recados ni enviados
privados. Aquel cadáver no se podía entregar sin incurrir en falta, al primero
que lo pidiese.
“Tampoco se debía prescindir de la
majestad del Gobierno, y por tanto, era preciso que se acatase su autoridad por
medio de una solicitud escrita y respetuosa. Así lo reclamaba el decoro de la
Nación.” Luis Pérez Verdía. Impresiones de un libro. Maximiliano intimo por D. José Luis Blasio. Guadalajara, Imp. De
«El Regional».― Ocampo Núm. 9, 1905, páginas 122 y 123. cgdigital.dgb.uanl.mx Visitado el 28 de marzo del 2018.
5.- Leo Gabriel, Periodista y antropólogo de nacionalidad
austriaca. Programa Esta noche, con
el tema “El mito de Maximiliano I de
México ¿Fue fusilado o murió años después en El Salvador? A manera de
presentación para un documental por realizar en El Salvador, México y Austria. 22
de mayo del 2014. confidencial.com.ni
de Nicaragua. Visitado el 28 de marzo del 2018.
6.- Io Q. H. Cuauhtémoc D. Molina García. Logia CONCORDIA No. 1
Xalapa, Veracruz, México. Gran Logia “Unidad Mexicana” AA. LL. AA. diariomasonico.com Visitado el 28 de
marzo del 2018.
7.- Ya metidos en mitos, los autores omiten, tan sólo para
equiparar y descartar la otra historia de salvación recogida por Fernando del
Paso en su Noticias del Imperio (página
410, 8ª. Impresión, febrero de 1996, Editorial Diana, S. A. de C. V.), esta vez
en la supuesta pluma de Carlota. En este otro supuesto el fusilado es un
personaje anónimos con barbas postizas en tanto que, el Maximiliano real,
cortadas o recortadas o afeitadas las barbas, sale del país con el indulto
secreto de don Benito Juárez por Chihuahua con destino a Arizona, un millón de
pesos ―de entonces― facilitados por el mismo Presidente, en compañía de
Concepción Sedano y la Princesa Agnes zu Salm-Salm, sus cuatro perros habaneros.
Bajarán por barco hasta llegar al Brasil en donde transcurriría el resto de su
vida con su personalidad disimulada. Esta otra historia carece de veracidad ya
que, Agnes con su esposo Felix, liberado poco después, regresan a Europa en
donde, para sanear las finanzas familiares redactan sus memorias durante el
efímero 2º.Imperio Mexicano. Por otra parte, hasta la presencia real de
Concepción Sedano “la india bonita”, es motivo de estudios e hipótesis en
cuanto a su realidad tangible y amorosa con el archiduque Habsburgo. Concepción
Sedano aparece ya como hija del jardinero, ya como hija de un empleado de
gobierno como lo deja asentado José Luis Blasio ―secretario privado del
emperador― en su Maximiliano intimo
(1905) en donde deja como rumor la historia de tal romance. Retomado por el
equipo de investigadores de Enrique Krauze en página 150 Juárez y Maximiliano, Héroes de Carne y Hueso, Historia para Todos,
Instituto Nacional de Antropología e Historia, Conaculta y Banamex, julio de
2010.
8.- Rosa Valdelomar. “El
archiduque Maximiliano no fue fusilado: murió en El Salvador con 104 años y el
nombre de Justo Armas.” abc.es
Visitado el 12 y 20 de marzo del 2018.
9.- Carlos Lavín. La tinta
del cronista: que Maximiliano no fue fusilado ―II―, fechado el 18 de julio
del 2015. diariodemorelos.com
Visitado el 14 de marzo del 2018.
10.- Rodrigo Borja Torres. “No
se hagan bolas, a Maximiliano si lo fusilaron…”. elblogderuyelhistoriador.blogspot.mx Visitado el 12 de marzo del
2017
11.- Monseñor José Alfonso Belloso y Sánchez. 30 de octubre de
1873-9 de agosto de 1938. El Salvador, San Salvador. Eclesiástico salvadoreño,
sexto obispo y segundo arzobispo (1928-1938) en la Republica de El Salvador.
12.- Anamari Gomíz. La vida
por un imperio. Ediciones B México, S. A. de C. V. 2016.
13.- Gabriel A. Ramírez Clará, Justo
Armas y Jösef Tüdöz armasytudos.blogspot.mx
Visitado el 14 y 15 de marzo del 2018.
14.- Dr. Szender Ede. Hungría y el Mundo. 18 de junio de 1867. La muerte del emperador Maximiliano. Traducción
al español del artículo que apareció el 18 de junio de 1867 en el periódico
“Hungría y el Mundo” por el Dr. Szender Ede, quien acompañó al ejército
Franco-Belga en 1865 bajo el mando del General Bazaine y vivió en México por 10
años. Publicado aquí con el amable permiso de Eduardo Wallentin.” cmmayo.com Visitado el 26 de marzo del
2018. (En el texto del doctor Szender Ede, no hay una mínima duda de la
identidad de los tres personajes ajusticiados: el general Tomas Mejía, el
general Miguel Miramón y el emperador Maximiliano de Habsburgo, en este orden por
su posición en el paredón).
Don José C.
Valadés, en su Maximiliano y Carlota en
México (Editorial Diana, 2ª. Impresión, marzo de 1977), pagina 396 y 398,
anota, por acompañantes del fracasado segundo emperador de los mexicanos a: el
obispo, el padre [Agustín] Fisher ―a quien entregó su reloj―, [Jösef] Tüdöz
(aquí identificado como Tudos).
Por su fallecimiento, al obispo
Bernardo Garate López Arizmendi (1864-1866) le sucede don Ramón Camacho García
(1869-1884), por lo que, si así sucedió, quien acompañara a Maximiliano fue el
canónigo don Manuel Soria y Breña, gobernador de la diócesis con carácter de
Vicario Capitular hasta el 22 de junio de 1868. diocesisqro.org y accioncatolicaqueretaro.wordpress.com
Visitados el 26 de marzo del 2018.
El padre
Agustín Fischer, de nacionalidad alemana, aunque aparece lloroso ante
Maximiliano en su despedida antes del fusilamiento en el Cerro de las Campanas,
al parecer no estaba en Querétaro en la derrota y el pasaje temporal del juicio
y suplicio. Quien estaba junto a Maximiliano fue el padre Soria, es decir, es
el mismo don Manuel Soria y Breña mencionado más arriba.
15.- Rosa Valdelomar. Obra citada. El nombre de la doctora
costarricense es Roxana Ferllini Timms ―informa Rodrigo Borja Torres―aparentemente
a partir de fotografías de Maximiliano y de Justo Armas.
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